El adulterio en el corazón

Nada más empezar la anteúltima novela de Enrique Vila-Matas, Kassel no invita a la lógica, el narrador recibe una invitación telefónica para acudir a una cena en la que un matrimonio de millonarios irlandeses le dará a conocer “de una vez por todas, la solución al misterio del universo“; el nombre de la pareja de millonarios es McGuffin.

Pero pongámonos un poco serios para la siguiente cita:

Oísteis que fue dicho: No cometerás adulterio.
Pero yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en el corazón.” (Mateo 5, 27-28)

michael-dreyer

La sensación que transmite el cine de Hitchcock es que da estas palabras por ciertas (1); a pesar de las máscaras y las maniobras de distracción (mcguffins) que el cineasta adoptó ante los productores y el público para mantener ocultas sus verdaderas intenciones, estas irían siendo desenterradas sucesivamente, como el cadáver de Harry, por la crítica formalista (Cahiers), la filosófica (Deleuze, Daney), la de género (Mulvey), e incluso por algún biógrafo cotilla (Spoto). Hitchcock no es más sádico ni perverso que cualquiera de nosotros, sino que siguió el camino apuntado por Elias Canetti (“Quien realmente quiera saberlo todo, lo mejor que puede hacer es aprender de sí mismo. No deberá tratarse con miramientos, sino más bien como si fuese otra persona: no con menos, sino con mucha más dureza”); en sus películas, el acto sigue siempre al pensamiento, y no existen (salvo Emmanuel Balestrero, ese Job moderno con los rasgos de Henry Fonda) falsos culpables. No se trata aquí de si la culpa original viene de Eva y Adán, la voluntad, el inconsciente, o la corteza “reptiliana” del cerebro; con independencia de cómo la nombremos, el cine de Hitchcock se centra en esa zona oscura, que él trata de mirar con la mayor claridad posible.

Buñuel comparte el mismo designio, aunque de forma menos secreta; es fácil poner en relación a los dos cineastas, que se tomaron muy en serio (con una seriedad que incluye el humor) la analogía publicitaria del cine y los sueños. Las películas de Hitchcock son como sueños en que las riendas de la conciencia se aflojan, aunque no el miedo a las consecuencias de quebrantar su ley; la mera posibilidad de un deseo prohibido es el primer paso para su consecución –tal vez por ello las secuencias expresamente oníricas de sus películas (Spellbound, Vértigo), sueños en segundo grado, adolecen de artificio y exceso de reconstrucción.

El ateísmo militante del autor de La edad de oro y Nazarín no es incompatible con una ética humanista que, en muchos aspectos, está próxima a los principios básicos de la moral cristiana (al margen de la esperanza en una recompensa sobrenatural); pero existe una brecha esencial, un abismo ético insalvable en las palabras citadas de Jesús de Nazaret. En las películas de Buñuel queda meridianamente claro que una ética que admita esas palabras en su sentido literal solo puede conducir a la santidad o a la neurosis, y que aquella no es más que una de las formas que puede adoptar esta; para la fe surrealista de Buñuel (una religión sin dioses, cuyos profetas fueron Sade y Fourier, Freud su precursor y Breton su evangelista), la imaginación es nuestro único territorio de libertad, el único que no puede someterse a ninguna norma o conciencia de culpa. La joven lo muestra de forma inequívoca, oponiendo a los personajes de Traver y Miller: ambos desean a Evvie, pero una cosa es pensar, y otra bien distinta hacer.

En realidad, el opuesto de Buñuel no es Hitchcock sino los fariseos para los que una película puede suponer un motivo de escándalo, por promover en el espectador disturbios y deseos a los que no habría llegado por sí mismo; este punto de vista, cuya ingenuidad no excluye la violencia, transfiere al cineasta que no se conforma con filmar motivos etéreos propios de “almas bellas” la culpa del espectador que se identifica con los deseos de los protagonistas.

Se podrá acusar a Hitchcock y Buñuel de cualquier cosa antes que de ingenuidad; más allá de sus diferencias formales y de credo, en la obra de ambos resulta esencial la conexión entre potencia y acto, porque para ellos el misterio del universo, el único que merece la pena investigar, reside en el interior de la mente; para los dos cineastas, la manzana de la tentación es también el fruto del árbol del conocimiento; hay que probarlo, con un mordisco real o imaginado, inocente o culpable, para no engañarnos sobre lo que somos.


(1) Incidentalmente, y aplicando el mismo razonamiento desde otro punto de vista, se comprende la coherencia de la obsesión de Hitchcock por el control absoluto, su sueño de que las películas se hicieran solas a partir del storyboard.

La imagen de ilustración no procede de la obra de Hitchcock ni de Buñuel, sino de Dreyer: Michael (1925).

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9 pensamientos en “El adulterio en el corazón

  1. jadsmpa79

    Sin jugar a psicólogo, pienso que en Hitchcock luchaban la culpa (arraigada en él gracias a su herencia catolica) y un soterrado, pero fuerte, deseo de transgredirla. Buena parte de su éxito se debe a que supo trasladar ese combate al subconsciente del público, haciéndolo cómplice de sus fantasías. Pero desde que la culpa fue desterrada por la modernidad, tengo la sensacion de que el carisma de Hitch ha menguado un poco, como si al espectador se le hubiera hurtado una clave de su cine. ¿Lo entenderán las próximas generaciones?

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    1. elpastordelapolvorosa Autor de la entrada

      Si ya resulta complicado comprender los gustos actuales (en la medida en que se apartan de nuestros cánones personales), intentar predecir los futuros es una tarea imposible. En todo caso, parece dudoso que podamos llegar a una sociedad que no sea represora en alguna medida (Freud dedicó a ello su ensayo “El porvenir de una ilusión”, y Buñuel sugirió que la libertad es, por mucho que los tiempos cambien, un fantasma); así que pienso que los conflictos esenciales de las películas de Hitchcock seguirán siendo comprensibles –quizá con la excepción de “Falso culpable”.

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  2. jesus cortes

    Tampoco las películas románticas saldrán muy bien paradas al paso que vamos y eso supongo que condena para la eternidad a una de mis tres actuales preferidas, “Under Carpicorn”, que no ha contado nunca con el respaldo de su otra gran película de amor, “Vertigo”.

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  3. jadsmpa79

    Me alegraría equivocarme, pero creo que el cordón umbilical que unía a Hitchcock con el público se ha resquebrajado un tanto. O ya no es tan consistente como antaño. Y mientras su figura se convierte en pieza de museo (o de televisión), sus películas se dejan de ver, mientras el público se conforma con tener una vaga noción de ellas, sustentada sobre lugares comunes y parodias. Eso por no hablar de la corriente antihitchcockiana en curso.

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  4. elpastordelapolvorosa Autor de la entrada

    Cuando en la filmoteca de Cantabria se proyectan películas de Hitchcock la respuesta del público sigue siendo muy buena, al igual que sucede con el cine negro, algunos clásicos mudos, etc., pero es cierto que no se ve una renovación generacional. En los últimos años se han organizado sesiones matinales para alumnos de bachillerato (en las que se han proyectado “Psicosis” y “La ventana indiscreta”) pero, por lo que he oído, las nuevas generaciones parecen sufrir el mismo prejuicio que sus abuelos: las películas de Hitchcock pueden ser para ellos un buen pasatiempo, quizá ahora con un punto de arqueología, pero no manifestaciones de un arte refinado y popular al mismo tiempo, con muchos otros niveles y posibilidades de acercamiento.

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  5. elpastordelapolvorosa Autor de la entrada

    Por cierto, Jesús: ¿cuáles completan tu trío de favoritas de Hitchcock, junto a “Under Capricorn”?

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  6. jesus cortes

    “Vertigo”, “Topaz” y “Under Carpicorn” son las tres que prefiero. Las dos últimas han ido con los años subiendo y encaramándose por encima de “North by Northwest”, “The wrong man”, “Psycho” y “Notorious”, que son las que habían acompañado arriba y abajo por épocas siempre a la primera.
    Sigo pensando de todas formas que hay ocho o nueve obras maestras suyas de un nivel inalcanzable para casi todos los demás y no tengo el menor síntoma de ese raro mal del antihithcockianismo que tiene que ser muuuuy aburrido padecer.

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  7. jadsmpa79

    Ni tú ni yo ni el responsable de esta página, pero habrás leído/oído lo mismo que yo en ciertos foros. No a todo el mundo le gusta Hitchcock, hay quien incluso lo detesta cordialmente o lo considera sobrevalorado. Ellos se lo pierden. Nadie me ha preguntado pero “Vértigo” y “Topaz” también figuran en cabeza de mis preferencias, junto a “The Birds”, “Psycho”, “Rear Window”… No sigo… Y quisiera romper una lanza por la moderna, repulsiva, descomunal y poco citada “Frenzy”.

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  8. elpastordelapolvorosa Autor de la entrada

    Gracias por las aportaciones. Además de las que citáis, yo añadiría “Marnie” y “El hombre que sabía demasiado” (la versión del 56), aunque hace mucho que no las veo. A diferencia de Buñuel, Hitchcock supo reinventarse en los 70 y no tiene películas realmente fallidas ni bajones de nivel en ningún periodo.

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