El juego más peligroso

La joven (Luis Buñuel, 1960)

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Algunos estudiosos o amantes del cine de Buñuel han celebrado esta película de apariencia modesta como la más lograda de toda su larga y cambiante carrera: esta es una elección que puede estar condicionada por predilecciones de género o de formato de producción, pero que no debe ser tomada como provocadora o caprichosa. Lejos de los interiores de la alta burguesía, de los sueños y cuchillos surrealistas, de las querencias literarias y las vidas de santos (con todas las comillas que se quieran) que jalonan la obra de Buñuel, La joven es una película perfecta, en la que la gravedad de los temas (el racismo, la corrupción de la inocencia) no da pie a discursos morales sino a un relato absorbente de desarrollo imprevisible, en el que la vocación de claridad no retrocede ante tabúes ni prejuicios, y ello sin cargar las tintas, sin ninguna nota falsa.

Rodada entre Robinson Crusoe y El ángel exterminador (cuyo título inicial era Los náufragos de la calle Providencia), La joven puede adscribirse al género que fundó la célebre novela de Defoe. La isla en que transcurre la acción es un territorio intermedio entre la realidad y el mito, una especie de modelo a escala reducida de la sociedad humana, de sus relaciones de atracción, miedo y poder, plantado en medio de la naturaleza; al mismo tiempo, la isla es una negación de la idea de paraíso, desde su mismo umbral en el que aparece inscrita la ley como amenaza.

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Respecto a Robinson Crusoe, La joven añade una dimensión adicional de complejidad mediante la incorporación de un personaje femenino: una Eva adolescente (Evvie, Key Meersman) que reparte manzanas tanto a Viernes (el negro fugitivo Traver, interpretado por Bernie Hamilton) como a Robinson (Miller, el guardián de la reserva, un malencarado Zachary Scott): este probará por mediación de ella el fruto del árbol del conocimiento, lo que determinará su evolución moral.

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Los motivos del racismo y la violación de mujeres adolescentes están en el origen del cine clásico americano: El nacimiento de una nación, Lirios rotos; pero Buñuel los aborda de una manera que nada tiene que ver con la victoriana de Griffith. Pasado más de medio siglo, la descripción de la corrupción y la hipocresía que contiene La joven se mantiene eternamente joven, como los que captaron otros cineastas objetivos –Pabst en sus películas con Louise Brooks, o Dreyer en Dies Irae. En un territorio que parece tomado de El malvado Zaroff, Buñuel esquiva toda tentación de cincelar una fábula humanista gracias a su infalible instinto, nutrido de humor poético, amor por la paradoja y total despreocupación por lo que Nietzsche llamaba “la moral del rebaño” (1).

Aunque se la ha comparado, por sus conexiones temáticas, con Matar a un ruiseñor, La joven está más próxima de algunas películas americanas de Renoir (Aguas pantanosas, por el escenario, y The southerner, escrita también por Hugo Butler y con la que comparte actor protagonista, aunque el carácter de sus respectivos personajes no puede ser más opuesto); los animales que acompañan los márgenes de las historias humanas evocan La noche del cazador, de Charles Laughton, mientras que, por su aspecto físico e inexpresividad, Key Meersman recuerda a las adolescentes de Bresson (Au hazard Balthazar, Mouchette): algunas de sus imágenes tienen la misma mezcla de perversidad e inocencia que las de Jean Seberg besando a un niño en Lilith, de Robert Rossen –pero Buñuel instaura el clima onírico al margen de sutiles efectos fotográficos, con una claridad digna de un prosista francés del siglo XVIII.

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La agudeza de la mirada de Buñuel destaca en el juego de las asociaciones: Miller entra en escena matando a un conejo, del que más tarde se come unos filetes junto con un par de huevos fritos; Traver, hambriento, devora un cangrejo vivo que consigue pescar en el mar; lo mismo que hace con una gallina un mapache que irrumpe por la noche en el gallinero; implícitamente, todas estas imágenes remiten también a la relación de Miller y Evvie, y dejan claro que el cineasta no cree de ninguna manera en la bondad ligada al “estado de naturaleza”.

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Ello no quiere decir que confíe más en una posible bondad nacida de la civilización, la cual se resume en dos visitantes: el viejo Jackson, más racista aún que Miller, y el pastor Fleetwood (Claudio Brook), que cuando va a bautizar a Evvie no se descubre los pies, sino que entra al río en calcetines. La película cobra otra dimensión a través del paralelismo entre la escena de la violación y la del bautismo de Evvie: como quien no quiere la cosa, Buñuel muestra con precisión cómo los dos hombres toman con ella las mismas precauciones, los mismos rodeos hipócritas.

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Buñuel nunca cae en la candidez de hacer de sus personajes portavoces de ideas propias: filma siempre desde fuera, como a través de una ventana, sin tomar partido –pero en absoluto con indiferencia, como demuestra su fidelidad a algunas imágenes recurrentes (los pies y los muslos femeninos, las gallinas). Por otra parte, La joven contiene algunas de las soluciones puramente cinematográficas más bellas de toda su obra, como el encadenado entre la imagen de Miller que extiende una manta sobre la cama de Evvie y la panorámica sobre el fugitivo Traver a la orilla del mar, que parece prolongar el movimiento anterior.

En todo caso la mirada de Buñuel se revela incluso en el plano más simple: irreverente y ajena a todo intento de redención o síntesis integradora. Como en algunas películas de Rossellini y Bresson, los comportamientos éticos extremos no se representan aquí con fines sensacionalistas, sino como un medio de alcanzar el conocimiento. Miller nos da ejemplo, analizándose a sí mismo en comparación con Traver.

Lichtenberg escribió: Os entrego este librito como un espejo para que os observéis a vosotros mismos, no para que observéis a otros como con unos impertinentes. Esta es también la forma de ver las películas de Buñuel, cuyo objetivo (como recordó Pedro Costa en su visita a Santander hace unos días) es hacernos recordar, aunque sea de forma indirecta, a través de un plano o un fragmento de plano, que no vivimos en el mejor de los mundos posibles.

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Vista en la Filmoteca de Cantabria el 9 de octubre de 2016

(1) Pío Baroja escribió en el prólogo de su novela César o nada estas palabras que no han perdido actualidad (lo que demuestra que hemos cambiado poco desde 1910), y que me parece que también sirven para acompañar a La joven:

La ética es un mal sastre para vestir las carnes de la realidad.
Las ideas de lo bueno, de lo lógico, de lo justo, de lo consecuente, son demasiado genéricas para presentarse completas en la Naturaleza.
El individuo no es lógico, ni bueno, ni justo; es nada más, por la fuerza de la fatalidad de los hechos, por la influencia de la desviación del eje de la Tierra, o por cualquier otra cosa igualmente divertida. Todo lo individual se presenta siempre mixto, con absurdos de perspectiva y contradicciones pintorescas, contradicciones y absurdos que nos chocan porque intentamos someter a los individuos a principios que no son los suyos.
Si en vez de llevar corbata y sombrero hongo llevarámos plumas y un anillo en la nariz, todas nuestras nociones morales cambiarían.
La gente de hoy, alejada de la Naturaleza y de los anillos nasales, vive en el artificio de una armonía moral que no existe más que en la imaginación de esos sacerdotes ridículos del optimismo que predican desde las columnas de los periódicos. Esta armonía imaginaria hace aborrecer las contradicciones, las incongruencias de lo individual; por lo menos, impulsa a no comprenderlas.

Fuentes de las imágenes: lbunuel.blogspot.com / deeperintomovies.net / alchetron.com / slantmagazine.com

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2 pensamientos en “El juego más peligroso

  1. Roberto Amaba

    Hola, qué tal,

    Muy buen texto y muy de acuerdo en gran parte de las cosas. En otras no, como lo de “película perfecta”, además de que no existen creo que esta es terriblemente imperfecta. ¡Por eso es tan buena!, por eso genera tanto “pensamiento”. Si existiera la película perfecta solo podrías decir certezas y describir su construcción porque no dejaría cabos sueltos. Con esta nos podríamos tirar años discutiendo, convencernos los unos a los otros, terminar defendiendo cada uno las ideas que en un principio dijo rechazar…

    Creo que apenas cuenta entre las de Buñuel porque sigue siendo incómoda. La volví a ver hace meses y pensé en el escándalo que montarían los meapilas y las hordas fanáticas de turno si se pusiera en un horario decente en televisión.

    Un saludo.

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    1. elpastordelapolvorosa Autor de la entrada

      Gracias, Roberto.

      Acepto la matización: la perfección entendida como ausencia de conflicto solo conduce a la tautología; e incluso hablar de ella en relación con alguien tan alejado de cualquier norma apolínea como Buñuel suena extraño. A lo que me refería imperfectamente es a la adecuación entre punto de partida y resultados: Buñuel apura su material y consigue que cada plano transmita una idea bien precisa, y que la suma de todas esas ideas dé un resultado abierto.

      Como dices, el logro de la película queda rubricado por su capacidad para escandalizar; mientras que en el caso de Rossellini, que también trabajó las paradojas morales (“El milagro”, “Europa’51”, “La paura”), un espectador poco atento probablemente pasará de largo pensando que se trata de malas películas, creo que “La joven” generaría otro tipo de desprecio.

      Un saludo

      Responder

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