Cine como música

Rhapsody on a Theme from a House Movie (Lorne Marin, 1972)

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En la sesión del pasado 2 de febrero, Cineinfinito abordó la obra de un cineasta canadiense perteneciente a la llamada Escarpment School (escuela de la escarpadura), constituida en los años 70 y que agrupa también, entre otros, a Rick Hancox, George Semsel, Philip Hoffman, Richard Kerr o Mike Hoolboom –nombres que no figuran inscritos en la gran Historia del cine, lo que no debería ser un motivo para seguir ignorándolos. Hablar de escuela puede resultar equívoco para un tipo de cine que tiene poco de académico: en realidad se trata de un grupo de cineastas cuyo vínculo es haber asistido a las cursos de cine de Rick Hancox en el Sheridan College de Ontario.

Lorne Marin, como los románticos, empezó muy joven, y el cine lo abandonó también demasiado pronto: su última película data de sus 29 años. Su destino es particularmente trágico para un cineasta, ya que sufre un proceso degenerativo de origen genético conocido como síndrome de Usher, que conduce a una pérdida progresiva de la visión y el oído.

La primera película de la sesión que le dedicó Cineinfinito se presenta como una serie de variaciones sobre un tema de House Movie, la película de Rick Hancox que vino a estas páginas hace un año. Sobre ella, Philip Hoffman, otro de los cineastas del grupo, escribió este texto:

“House Movie” es una elegante película personal en la que la cámara envolvente y melancólica de Hancox aparece como testigo delicado de la ruptura con su compañera Barbara. La película esquiva los inconvenientes típicos de las películas personales por su planteamiento conceptual. Las actividades del día a día en la casa parecen registradas desde el punto de vista de la casa misma, y así un distanciamiento “objetivo” impregna la pieza. Cuando vi la película en 1977 me sugirió que las películas podían ser como música, en el sentido en que la música sugiere estados de ánimo más que narración, ritmo más que argumento. Pero la historia de una vida está ahí, subterránea, en “House Movie”. A través de un estribillo de rupturas y reconciliaciones y mudanzas por varias casas, la pareja sucumbe al progresivo ensombrecimiento de su relación. En esta película, como en la vida, el cambio sobreviene de forma lenta y repetitiva.

Recuerdo una entrevista con Rick Hancox que se publicó en el periódico local cuando yo estaba en la Universidad. En ella observaba que si los romanos hubieran hecho películas, nos interesarían más sus películas caseras que sus largometrajes.

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La película de Lorne Marin es una película casera, pero también otra cosa; desde su mismo título, recoge la sugerencia musical de la que años después hablaría Hoffman, tomando de House Movie de Hancox el adagio de la Segunda sinfonía de Rachmaninov. Lo que en principio, según el propio autor, estaba concebido como un ejercicio formal (la película consiste en breves planos fijos de la calle en que vivía entonces el cineasta unidos por fundidos encadenados para crear un movimiento propio de la película, al margen de todo movimiento exterior), se convierte, quizá por la carga emocional de ese fondo sonoro, por la superposición de su ritmo con el creado por el montaje de las imágenes, en un vislumbre de la misteriosa conexión entre las personas y los espacios en que viven, en la estela de la cautivadora película de Hancox.

La descripción del procedimiento, muy sencillo en sí mismo, no da idea de la experiencia de ver la película: es como si Lorne Marin desanduviera el camino de la evolución del cine para volver, por otros medios, de forma no mimética, a sus orígenes experimentales, a la era de la linterna mágica, al espíritu de Georges Méliès (que figura en la lista de agradecimientos de otra de sus películas). La utiización sistemática del fundido encadenado difumina el antagonismo de presencia y ausencia; vemos y dejamos de ver a los escasos transeúntes, a las siluetas que aparecen detrás de una ventana, como si la cámara nos trasladara al punto de vista de los edificios y los objetos, testigos mudos del paso fugaz de los seres humanos.

El movimiento puntillista de la película de Marin evoca la quietud llena de sugerencias de las casas de Colorado Springs que Robert Adams fotografió en su libro The New West, y también, con mayor sintonía geográfica, el poema que William Carlos Williams dedicó a Nantucket:

Flores tras la ventana
azules y amarillas

veladas por visillos blancos–
Olor a limpio–

El sol del atardecer–
En la bandeja de vidrio

un jarro de cristal, el vaso
boca abajo junto a

una llave– Y la
blanca cama inmaculada

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A diferencia de Hancox, Marin evita toda referencia narrativa y autobiográfica, y se limita a registrar solo la piel exterior, las fachadas y umbrales, los números de las casas, las señales, los coches aparcados, el espacio público; y sin embargo la parte sugiere el todo. Su siguiente película, la más compleja Second Impressions, de 1975, nos introducirá en la casa del cineasta, cuyas ventanas se convertirán en pantallas sobre las que, por la noche, se proyectan fragmentos de esta y otras películas suyas, como visiones mágicas y obsesivas.


Las imágenes de las películas de Lorne Marin y Rick Hancox proceden de cineinfinito. Las fotografías de Robert Adams de ahornmagazine.com y artblart.com

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Seis camaradas

Comrades (Bill Douglas, 1986)

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Tan alejada del cine novelesco para públicos burgueses de James Ivory como del laborismo de trinchera de Ken Loach, la última película de Bill Douglas no traza tampoco una tercera vía entre aquellos polos del cine británico –y prueba de ello fue su fracaso comercial y su caída posterior en el olvido, del que la ha rescatado el Cine Club de la Filmoteca de Cantabria el pasado 13 de enero.

Ese fracaso puede explicarse porque Comrades no es lo que parece, y se aparta del patrón que iguala a tantas películas épicas sobre temas históricos diversos; su finalidad primera no es abanicar la buena conciencia de los espectadores mediante un relato cerrado con una cadena perfecta de causas y consecuencias, envuelto en música melódica y emotiva. Aquí el espejo a lo largo del camino se ha quebrado; aunque no en pedazos minúsculos e imposibles de recomponer (no se trata de una película de vanguardia), la narración no deja de ser oblicua y fragmentaria. En ocasiones hay que esperar hasta casi el final de la película para comprender determinados detalles, y algunos giros de la trama no se explican nunca. Pero Bill Douglas cree en el cine como medio de conocimiento de la realidad y nos entrega, si tenemos paciencia para llegar al final, un mensaje claro e inequívoco: la solidaridad es la única vía para solucionar la injusticia social. Los parias que optan por la lucha individual siguen el juego de los poderosos, que tienen los triunfos en la mano  –y que no pueden permitirse la piedad, porque siempre hay por encima otros aún más poderosos.

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En una película que abunda en sermones y discursos, Douglas tiene buen cuidado de no caer en la retórica ni el melodrama autocomplaciente. Después de haber puesto en escena su propia vida, el cineasta se vuelve hacia unos remotos sucesos de 1830 en busca de una suerte de pureza primitiva, presentando su película como cine antes del cine: un espectáculo de linterna mágica, dioramas, siluetas, títeres –esas artes a las que se refirió Walter Benjamin en su evocación del Panorama imperial  al que asistía en su infancia en Berlín hacia 1900 (y que fue llevado al cine, en su versión vienesa, por Max Ophüls en Carta de una desconocida): “Las artes que aquí perduraban aparecieron con el siglo diecinueve. No demasiado temprano, pero a tiempo para dar la bienvenida al romanticismo burgués. En 1838, Daguerre inauguró su Panorama en París. A partir de entonces, estas cajas relucientes, acuarios de lo lejano y del pasado, tienen su lugar en todos los paseos de moda. Allí, como en pasajes y quioscos, ocuparon a snobs y artistas antes de convertirse en cámaras donde, en el interior, los niños hicieron amistad con el globo terrestre.”

No se trata de una coincidencia arqueológica o pintoresca: la idea que subyace en Comrades es que precisamente en este momento histórico los oprimidos pudieron llegar a ser conscientes de su condición gracias a la aparición de la imagen animada; la película de Douglas se inscribe como un eslabón más en esa cadena, y nos recuerda, a través de imágenes sencillas, bellas pero no idealizadas, que sería posible vivir de otro modo, escapar de la jaula como el pájaro del disco giratorio; y no lo hace en forma de parábola política, sino afilando el lápiz para que la precisión del dibujo nos permita reconocer en una realidad exótica algunos detalles de nuestra propia experiencia. Como escribió también Benjamin: “Lo que hacía extraños aquellos viajes era que los mundos lejanos no siempre fueran desconocidos, y que las añoranzas que despertaban en mí no fueran siempre de las que hacen tentador lo desconocido, sino de las otras, más dulces, por regresar al hogar”.

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Pero Comrades deja un sabor agridulce: en la segunda parte el personaje central del niño tiene poco que ver con el modelo dickensiano, y termina por unirse, dialécticamente, a un siniestro hacendado con efigie de Nosferatu que, en su aparición final, tan lleno de resentimiento como de escayolas y vendas, muestra en su muñeca la C de los convictos: ambos, en su lucha individualista por mejorar, son convictos del sistema, en contraste con la C de los camaradas.

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Fuentes de las imágenes: criterionforum.org / dvdclassik.com / shangols.canalblog.com/ marlasmovies.blogspot.com / dvdbeaver.com

Dentro del cristal

Trapline (Ellie Epp, 1976)

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Los antiguos pensaban que los lugares tenían sus espíritus protectores, representados en algunas tradiciones bajo figuras de adolescentes: genius loci, domovói, zashiki warashi… El título de la obra de Ellie Epp que hemos podido ver gracias a Cineinfinito presenta la estructura de la propia película (una serie de planos fijos que transcurren con tempo variable, pero en general reposado) como una línea de trampeo concebida para asediar, en un sentido obviamente metafórico, el espíritu de una antigua casa de baños en Londres: un espacio entre el agua y el cielo (este último se hace presente a través del amplio tragaluz de la cubierta); un espacio público concebido para el placer, al que la cineasta se aproxima en un momento de decadencia, preludio de su futura desaparición.

Las imágenes de Trapline raramente muestran presencia humana (esencialmente, niños al borde de la adolescencia), pero la banda de sonido incluye huellas más abundantes de esa presencia, como una figuración poética de lo que queda de las personas que frecuentan un lugar cuando se ausentan de él. Así, la disociación de imagen y sonido añade una dimensión adicional (el tiempo) a la representación de un espacio que se construye de forma predominante a través de imágenes deshabitadas, paisajes interiores: escenas en negro, líneas refractadas sobre las que el agua ondula creando fascinantes ritmos visuales, cabinas, escaleras, reflejos luminosos que palpitan como un corazón humano.

Supongo que todos hemos tenido la experiencia de pararnos a mirar esas ondulaciones y reflejos en el agua, y sin embargo el cine –que ha tendido a privilegiar lo excepcional antes que lo cotidiano– rara vez ha explotado su fascinación; dentro del cine clásico, el ejemplo que primero viene a la cabeza es un momento justamente célebre de Cat people de Jacques Tourneur:

La película de Ellie Epp es como una elongación de la escena de Tourneur; sus colores son tan exquisitos como los matices del blanco y negro fotografiados por Nicholas Musuraca, pero carece de suspense y de un hilo narrativo que mantenga unidas las piezas. Sin embargo, Trapline transmite una sensación de plenitud y placidez, como si participara de la ingravidez de los reflejos y ecos que registra, de la decisión con que un nadador silencioso surca las aguas. Como ocurre en Cat people, hay algo escondido en las imágenes, algo que no se muestra y que constituye su núcleo esencial; pero aquí ese misterio concierne directamente a la autora y al espectador, ya que no existen personajes que hagan de mediadores.

Ellie Epp ha escrito: “Cuando trato de pensar sobre la metáfora, lo que en realidad quiero saber es cómo pensar sobre el hecho de que una parte de lo que soy permanece en la oscuridad”. La metáfora convive con la sinécdoque en Trapline, una película que no incluye ningún plano general de la casa de baños, ni siquiera de la piscina; todas las imágenes son fragmentos de una realidad más amplia, a la que remiten sin mostrarla directamente.

La ausencia de relato convierte el problema de la duración (¿cuándo cortar cada plano?) en una cuestión matemática antes que literaria, en la que la sensibilidad prima sobre el sentido. A este respecto la autora ha dejado escrito estas palabras: “Técnicamente la duración es algo muy particular. Cuando sigues viendo algo que no cambia demasiado te estabilizas en su interior, cambias, te vuelves sensible, cruzas un umbral, algo sucede. Es útil para cualquiera aprender a hacer esto. Es una fuente inagotable de placer y conocimiento. Y sin embargo es frecuente que sea lo más difícil para las personas que no saben que se trata de una convención. Es como si fuera el refinamiento fundamental de los cineastas experimentales. Todos tenemos que aprenderlo. Probablemente todos recordamos en qué película lo aprendimos. Yo lo hice con Hotel Monterey, que Babette Mangolte fotografió para Chantal Akerman. Casi una hora, una lentitud extrema. Allí hice el paso. Fue un éxtasis. En esto consiste: la atención profunda es en sí misma extática.”

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La película se vuelve hacia sí misma: lo esencial de ella no es el motivo aparente, la descripción de una piscina o una casa de baños. En otro lugar, Ellie Epp ha dicho que viendo Hotel Monterey comprendió lo que quería hacer: la idea de “utilizar una película para diseñar un cambio en la conciencia”.

La atención que reclama Ellie Epp tiene una connotación erótica que resulta claramente perceptible en Trapline, aunque sería inútil tratar de justificar esa percepción; en lugar de ello, prefiero recurrir una vez más a las palabras de la autora, que en este caso se refieren a otra de sus películas, Bright and dark: “describir el erotismo de las mujeres como pasivo implica una estúpida equiparación entre atención y pasividad. La atención profunda es intensamente activa. Recibir una caricia es tan activo como darla –a veces más activo, más lleno de habilidad y de consecuencias. La atención erótica no es un cuenco vacío desde el que el tacto se vierte o en el que se introduce; es más bien como una antena viviente con un millón de fibras que investigan activamente el espacio de una caricia a través de su forma y significado”.

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Todas las citas e imágenes provienen del libro sobre la cineasta editado por Mike Hoolboom, que puede descargarse gratuitamente aquí.

El arte bajo la plutocracia

 

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Este es el título de una conferencia pronunciada por William Morris en Oxford en 1883 (publicada en castellano por Pepitas de calabaza). En ella, el autor establece un diagnóstico de la situación del arte y plantea la tesis de que sus problemas están relacionados con los de la sociedad; de modo que se requiere una transformación de esta para que pueda recuperarse el sentido de la belleza que nutre el arte en sus dos manifestaciones: la intelectual, dirigida únicamente al espíritu, y la artesanal o decorativa, que satisface también necesidades materiales.

Es discutible extrapolar estas ideas a un arte industrial y capitalista (en la mayor parte de sus manifestaciones) como el cine, pero creo que resulta productivo leer una parte de la exposición de Morris pensando en el desarrollo posterior de una historia que él, que falleció en 1896, no pudo intuir. En comparación con la fragmentación y el personalismo actual, y pese a todas sus contradicciones internas, el cine clásico consiguió ser un arte cooperativo y popular, con una tradición compartida entre el público y sus artífices, en una línea próxima a lo que soñaba Morris; esto le proporciona, desde un punto de vista seguramente ingenuo, un valor simbólico equiparable al del ferrocarril: el de ser un residuo romántico en el núcleo mismo de la civilización industrial.

Muchos hombres de talento y de genio se dedican, en la actualidad, a realizar obras de arte intelectual, pintura y escultura principalmente. No es asunto mío, ni aquí ni en otro lugar, criticar sus obras, pero el tema que me ocupa me obliga a decir que quienes se dedican a las artes intelectuales se dividen en dos grupos, el primero compuesto por hombres que en cualquier época del mundo hubieran ocupado una posición relevante en su oficio; el segundo, por hombres que ocupan su posición de caballeros-artistas bien por accidente de nacimiento, bien por su diligencia, laboriosidad u otras cualidades semejantes que no guardan relación alguna con sus dotes artísticas. Creo que las obras que producen estos últimos son de poco valor para el mundo, aunque nutran un mercado floreciente y su posición no sea digna ni beneficiosa; sin embargo, y en su mayoría, no deben ser culpados personalmente, puesto que en muchos casos poseen auténticas dotes artísticas, aunque no sean grandes, y probablemente no habrían tenido éxito en ninguna otra actividad. Son, en realidad, buenos trabajadores decorativos, viciados por un sistema que les obliga a ambiciosos esfuerzos individualistas, al aislarles de toda oportunidad de cooperación con otros, de mayor o menor capacidad, para la producción del arte popular.

Respecto al primer grupo de artistas, aquellos que ocupan su lugar con todo merecimiento y enriquecen el mundo con sus obras, debemos decir que son muy pocos. Estos hombres, que han logrado la maestría en su oficio mediante increíbles esfuerzos, sufrimientos y preocupaciones, gracias a sus cualidades anímicas y a su fuerza de voluntad, no pueden por menos que producir algo de valor. Sin embargo, también ellos son víctimas del sistema que insiste en el individualismo y prohíbe la cooperación. Porque, en primer lugar, se les aísla de la tradición, de esa maravillosa y casi milagrosa acumulación de la experiencia de todas las épocas, de la que los hombres se sienten partícipes sin ningún esfuerzo de su parte. El conocimiento del pasado, y la simpatía que los artistas actuales sienten hacia él lo han adquirido, por el contrario, gracias a su propio y agotador esfuerzo personal; y como ya no existe esa tradición que les ayudaría en la práctica del arte y se ven muy lastrados en la carrera por tener que aprenderlo todo desde el principio, cada cual por su cuenta, así también –y esto es lo peor– la ausencia de esta tradición les priva de la existencia de un público que comprenda su trabajo y lo aprecie.

Dejando a un lado a los propios artistas y a unas cuantas personas que también serían artistas de haber tenido oportunidades y suficientes dotes manuales y oculares, no hay en el público de nuestros días ningún conocimiento real del arte, y existe escaso amor por él. Nada salvo, en el mejor de los casos, ciertas vagas inclinaciones, que no son sino el fantasma de esa tradición que en otros tiempos ligaba al público con los artistas. De ahí que los artistas se vean obligados a expresarse, por así decir, en un lenguaje que el pueblo no entiende. Claro está que no es culpa suya. Si intentaran, como algunos sugieren, rebajar su nivel para llegar al público y trabajar de un modo destinado a satisfacer al coste que fuera esas vagas inclinaciones de hombres que ignoran el arte, echarían por la ventana sus dotes especiales, y traicionarían la causa del arte, que tienen el deber y la gloria de servir. No tienen otra opción que llevar a cabo su trabajo individual, sin ningún auxilio del presente, estimulados por el pasado, pero avergonzados e incluso en cierto modo obstaculizados por él; deben mantenerse a un lado, como si fuesen los poseedores de un misterio sagrado que, pase lo que pase, deben, como mínimo, salvaguardar a toda costa.

¡Qué duda cabe de que tanto sus propias vidas como su obra se ven perjudicadas por este aislamiento. Pero ¿cómo podremos valorar el detrimento que esto supone para el pueblo? ¡Que existan grandes hombres viviendo y trabajando en su seno y que este ignore la misma existencia de sus obras, y sea incapaz de entenderlas si puede llegar a verlas!

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Las imágenes proceden de: hechosdehoy.com / unostiposduros.com

 

Una barca sobre el océano

Límite (Mário Peixoto, 1931)

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Dicen que no se puede trazar el límite entre el “yo” y la sociedad. ¡Qué ingenuidad! Los robinsones se encuentran no solo en las islas desiertas, sino también en las ciudades populosas. Es verdad que no se visten con pieles de animales y no tienen al lado al negro Viernes, por eso nadie los reconoce. Pero Viernes y las pieles son lo menos importante; no son ellos los que convierten a un hombre en Robinson. La soledad, el abandono, un mar inmenso e infinito en el que no se vislumbra una vela en decenios, ¿acaso son pocos nuestros contemporáneos que viven en esas condiciones? ¿Y acaso no son robinsones para los cuales la gente se ha convertido en un recuerdo lejano, difícil de distinguir de los sueños?
Lev Shestov: Apoteosis de lo infundado

Límite ha dejado de ser una película mítica de la que se hablaba sin haberla visto (Sadoul, Glauber Rocha); pero para apreciarla en toda su magnitud es algo más que un lujo verla en pantalla grande, en una sesión como la que le dedicó cineinfinito el pasado 19 de noviembre.

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Esta película, el fruto más exótico de la vanguardia francesa de finales de los años 20, es singular desde su misma inspiración: como una planta epífita, no arraiga en el suelo de la “realidad” (en su sentido más restringido), sino en el tronco de otra planta –en este caso, una fotografía de André Kertesz: la imagen del rostro de una mujer rodeado por las manos esposadas de un hombre, con los puños cerrados. Una variación sobre esta fotografía aparece en el inicio y el final de la película, enmarcando su transcurso.

Podemos intuir cuál es el camino de la mano derecha y el de la izquierda: el matrimonio burgués y el trabajo mecánico en contraposición al ostracismo social y el océano sin límites. Lo que parece claro es que cualquiera de los dos caminos conduce lejos del anhelo de infinito, al menos en la “realidad” objetiva; de ahí la aspiración a crear una nueva realidad (como aquel otro americano en París, Vicente Huidobro), de ver lo nunca visto, en lugar de lo de siempre –en este punto hay que mencionar también al extraordinario director de fotografía, Edgar Brasil.

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En el cine los límites más inmediatos vienen establecidos por el encuadre de cada plano; Peixoto consigue sorprender siempre en este aspecto, y eso que la película tiene ya más de ochenta años. Como ocurre con la música de Debussy, ninguna regla de composición determina lo que vendrá a continuación: geometrías dignas de Rodchenko, barridos que nos llevan a la abstracción, travellings que siguen la línea de los aleros o el dosel de los árboles, o ese plano único en el que el hombre cae misteriosamente junto a los alambres de espino –la cámara parte de su pie y emprende una panorámica ascendente que se pierde en la claridad del cielo, y luego vuelve hacia abajo, hasta encontrar una mano posada en la tierra.

La película de Peixoto es mucho más rica de lo que puede sugerir cualquier comentario sobre ella; puede evocar asociaciones ligadas al espíritu de su época, desde El ángelus de Millet, que tanto obsesionaría a Dalí, hasta la máquina de coser de Lautréamont, pero las desborda porque está desplegada hacia el futuro; vista hoy, hace pensar no solo en esas referencias históricas, o en el Epstein de Finis terrae, sino también en Brakhage o Kiarostami –Shirin aparece prefigurada en la escena que demuestra que la huida de la prisión también puede conseguirse a través de la risa liberadora que proporciona el cine (Chaplin).

Límite carece de tierra firme narrativa: incluso cuando abandona la barca a la deriva para mostrar imágenes de un pasado tan enigmático como el presente, es como si los personajes llevaran ya tanto tiempo mecidos por el vaivén de las olas que hubieran perdido el hábito de caminar sobre la tierra; la película presta mucha atención a dónde ponen sus pies –una atención de la que ellos carecen por entero, cuando caminan por las aceras elevadas de una vieja ciudad colonial, por terrenos embarrados o playas desoladas, o se introducen directamente en el agua quitándose las medias y los calcetines, remangándose el vestido y los pantalones: ¿el amor como un doble suicidio simbólico?

La luz moldea los cuerpos (que se transforman en formas arborescentes, palmeras, postes de luz), da profundidad a los rostros, dibuja oleajes en los cabellos. La película progresa mediante asociaciones visuales, en lugar de someterse a la ley de la causalidad, como si fuera un poema simultaneísta: por ejemplo, las jambas de una puerta, las hojas de un libro o un periódico, las tijeras abiertas y los dos palitos que maneja obsesivamente el hombre de la barca.

Las músicas de Satie, Debussy, Stravinsky y Prokofiev no eran en 1931 tan evidentes como pueden parecer ahora; la peculiar armonía que crean con las imágenes nos recuerda que las películas pueden aspirar legítimamente a la condición de la música como alternativa a la literatura, a la autonomía frente al relato y la palabra, a ser sentidas en lugar de entendidas.

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Fuentes de las imágenes: abcine.org.br / dvdbeaver.com / stellasenra.com / cineinfinito-cineinfinito.blogspot.com

Andantino

Au hasard Balthazar (Robert Bresson, 1966)

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La idea de Au hasard Balthazar proviene, como es habitual en Bresson, de Dostoievski: en El idiota, el príncipe Myshkin relata cómo, durante su periodo de convalecencia en Suiza, se recuperó de su enfermedad (una epilepsia que, después de los ataques, le sumía en una profunda atonía): “la circunstancia que la eliminó fue escuchar el rebuzno de un asno que se hallaba tendido en el suelo, en la plaza del mercado. El asno me impresionó vivamente; verlo me causó, no sé por qué, un placer extraordinario… Y mi cerebro recobró en el acto su lucidez.” Su interlocutora responde: “Un asno. ¡Qué raro! … Aunque, después de todo, no tiene nada de raro. Muchas personas sienten cariño hacia los asnos. Eso se veía ya en los tiempos mitológicos.”

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En el capítulo siguiente, el príncipe cuenta su felicidad al estar con los niños del pueblo. Al principio ellos no le hacían mucho caso, pero esto cambió por su relación con una chica pobre y desgraciada llamada María, a la que los niños perseguían para reírse de ella. El príncipe consiguió cambiar esta actitud: “en breve todos los niños llegaron a amarla, y a experimentar a la vez un repentino afecto por mí (…) Cuando los adultos me reprochaban el no ocultar nada a los chiquillos y el hablarles como si fueran personas mayores, yo respondía que era vergonzoso mentirles. Además –añadía–, a pesar de todas las precauciones, ellos llegarán siempre a saber lo que nos empeñamos en ocultarles, con la diferencia de que lo sabrán de un modo que excite su imaginación, mientras que conmigo ese peligro no existe.”

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Lo mismo podría decir Bresson: con él ese peligro no existe. La sombra de Dostoievski se proyecta también sobre el tema central de la película: la corrupción de la inocencia. Hoy está mal visto entre los cinéfilos hablar sobre el contenido de las películas de Bresson (lo mismo que ocurre con las de Ingmar Bergman): parece una involución hacia los cineclubs de la España de los 60, los premios de la Oficina Católica Internacional del Cine y los comentarios sobre el estilo “trascendental” de Paul Schrader. Pero tratar de glosar el logro formal (indiscutible) del cine de Bresson al margen de su contenido es un camino sin salida, salvo que uno se convierta en poeta, como Jonas Mekas en su reseña de Une femme douce. (1)

“Juzgar la belleza es difícil. Aún no me siento con fuerzas para hacerlo. La belleza es un enigma”, decía Myshkin en El idiota.

Las películas de Bresson tratan de preservar el misterio de las cosas, de impedir que las contradicciones se junten; Marie (como después, de forma aún más evidente, Mouchette) desciende del Edmund de Alemania, año cero. (2)

Ninguna explicación causal o psicológica nos facilitará la comprensión de los sucesos de Au hasard Balthazar, que parecen actos gratuitos (como el crimen de El extranjero de Camus): por qué el padre de Marie oculta sus cuentas, por qué Marie se entrega a Gérard, por qué Gérard y sus compañeros presionan la conciencia de culpa de Arnold, por qué Arnold maltrata a Balthazar después de haberlo salvado, por qué Marie vuelve a la casa ocupada por la banda de Gérard después de comprometerse con Jacques. Tratar de explicar estos actos recurriendo al cliché de los “pecados capitales” es explicar muy poco. Como ocurre con las películas que hacía Bergman en los años 60, parece claro que Bresson pretende reflejar el mundo después de la muerte de Dios. Siguiendo el esquema habitual de las novelas de Dostoievski, los críticos han interpretado la película como una confrontación de seres humanos ofuscados por sus pasiones con una alegoría de la Pasión de Cristo, en este caso rebajada de toda trascendencia y sentimentalismo bajo la figura de Balthazar; sin que esa confrontación conduzca a ningún cambio de actitud, ninguna conversión, ninguna síntesis en el marco del relato. Esa interpretación puede ayudar a comprender a posteriori el porqué de Bresson, de su proceso creativo, pero no los porqués de Marie, de su padre, de Jacques, de Gérard, de Arnold, mientras vemos Au hasard Balthazar. Sería un error simplificar la dificultad de la película interpretándola como una alegoría: al contrario, su dificultad es la que reviste toda interpretación de lo real –aunque en las películas de Bresson la realidad nunca aparece registrada de modo transparente, sino desmenuzada y reconstituida, después de haber pasado por fríos alambiques.

Bresson dijo que la originalidad consiste en pretender hacer lo mismo que los demás sin conseguirlo. Aunque pocos cineastas parecen más impermeables que él a la influencia exterior, la irrupción de la nouvelle vague, o los cambios sociales que la hicieron posible, tuvieron consecuencias sobre su obra: el cine, después de A bout de souffle, entró en una nueva era, la de “la pérdida de su inocencia y magia natural”, para volverse, según Jacques Lourcelles, “más triste, menos creativo, más consciente de sí mismo”. La evolución en el cine de Bresson no afecta esencialmente a la vertiente formal (cuyas bases aparecen ya bien establecidas en Le journal d’un curé de campagne), sino al contenido: sus películas se van haciendo cada vez más agrias y desesperanzadas, y si André Bazin hubiera vivido podría haberlas incluido en una nueva edición, muy ampliada, de su “cine de la crueldad”. Más allá de estas conexiones de época, me gusta conjeturar que Bresson conoció y llevó a su terreno rasgos de estilo de un cineasta tan alejado de su sensibilidad como Jacques Demy: en concreto, cómo la cámara registra los encuentros y desencuentros azarosos de los personajes; y también la repetición de breves ráfagas musicales a lo largo de la película (por ejemplo, el andante de la séptima sinfonía de Beethoven en Lola), un recurso que tomaría también Godard.

En Au hasard Balthazar, el motivo musical recurrente es el tema principal del andantino de la sonata D 959 de Schubert. Bresson convierte al wanderer, ese arquetipo romántico de Schubert, Goethe y Friedrich, en un burro. El animal tiene una dignidad superior a la de los humanos porque, a diferencia de estos, es capaz de mantener la inocencia. Los títulos de crédito funcionan como un comentario, el único que el autor se permite, pero que no tiene carácter verbal: nos instalan en la caída, el descenso lleno de disonancias de la sección central del movimiento, cuyo clima trágico contrasta de forma radical con la serenidad infinitamente nostálgica de las secciones extremas (las que escucharemos a lo largo de la película; generalmente en su primera aparición al inicio del movimiento, aunque también en una ocasión aparece en la forma variada que adopta en la reexposición final: a partir de 6’57 en la versión adjunta). En los títulos de crédito, el pasaje central de la caída (a partir de 3’22) se ve interrumpido por los rebuznos inarticulados del burro: en ese choque se resume toda la dialéctica de la película.


(1) Aunque Bresson no es Dostoievski, hay que recordar que este último fue siempre enemigo del esteticismo formal: “La belleza es cosa terrible y espantosa. En el seno de la belleza, las dos riberas se juntan y todas las contradicciones coinciden.” (Los hermanos Karamazov). En Demonios, la moral puramente estética revela su capacidad de corrupción en las figuras de Stepan Fiodorovich (“No se puede vivir sin belleza”) y su hijo el cínico Piotr Stepanovich, que solo muestra pasión verdadera cuando le dice a Stavogrin: “Eres bello como un ídolo”.

(2) André Bazin escribió sobre Alemania, año cero: “el neorrealismo tiende a devolver al film el sentido de la ambigüedad de lo real. La preocupación de Rossellini ante el rostro del niño en Alemania, año cero es justamente la inversa de la de Kuleshov ante el primer plano de Mosjukin. Se trata de conservar su misterio.” Como si tratara de ilustrar estas palabras, Bresson introdujo en Au hasard Balthazar una variante del experimento de Kuleshov: se trata de la escena en que el burro llega al circo, y “mira” a los animales allí enjaulados (un tigre, un oso, un chimpancé, un elefante).

Fuentes de las imágenes: bfi.org / c1n3.org

Los hijos del limo

Lucky Star (Frank Borzage, 1929)

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Las películas más representativas de la obra de Frank Borzage se caracterizan por su visión del amor como una fuerza redentora, casi milagrosa: al contrario que en la poesía mística, el amor humano no aparece en ellas como metáfora de la unión divina sino como una realidad terrena que, por su intensidad, adquiere una proyección sobrenatural. Algunos críticos lo han conectado con la concepción del amor de André Breton y los surrealistas, herederos del movimiento romántico en el siglo XX, y de hecho las películas de Borzage podrían encuadrarse, en primera instancia, entre los espectáculos ingenuos que aquellos admiraban como contenedores de una verdad más profunda que las manifestaciones refinadas de la cultura burguesa.

El motivo de la “redención por amor”, procedente del Fausto de Goethe, se convirtió en un tópico del romanticismo y acabó llegando al cine (1): se trata de una de las grandes líneas de fuerza del melodrama, en la que se inscriben, además de las principales películas de Borzage (entre las que figura Lucky Star), otras posteriores de otros cineastas que mantienen esa visión del amor como una fuerza imprevisible que eleva a los miembros de la pareja por encima de sí mismos: Candilejas, An affair to remember, On dangerous ground (entre otras de Ray), Some came running, El apartamento… En las antípodas de esta concepción está la tendencia de la “degradación por amor”, que procede de novelas como Cumbres borrascosas, y que resultaría tan fructífera en el cine negro y en la obra de Hitchcock, Visconti, Renoir o Lang; y más lejos aún el escepticismo moderno ante los milagros (que solo los admite, en este caso de buena gana, en nombre de la voluntad individual bajo los principios de la autoayuda).

En Lucky Star el amor de los protagonistas, Mary (Janet Gaynor) y Tim (Charles Farrell) no es un amor a primera vista, o quizá lo es a un nivel más allá de la superficie, si pensamos que pegarse (unos azotes en el culo) y morderse es la única forma de tocarse que los dos jóvenes tienen a su alcance cuando la película los reúne por primera vez. Las ventanas y la puerta de la casa de Tim encuadran a los miembros de la pareja, que ignoran la fuerza que los incita a superar esos umbrales y los atrae el uno hacia el otro. Tim, un hombre de recursos, cuya ética le permite hacer frente a la adversidad, es el que primero adquiere conciencia de esa fuerza –cuando Mary lo abraza por primera vez, de forma inocente, para agradecerle un regalo, y la cámara muestra su rostro mientras el de ella permanece oculto, sus ojos primero llenos de arrobo e inmediatamente después de pánico.

primer abrazo

Más que la sorpresa narrativa, ese cine mudo tardío que se resiste a abandonar la escena busca la delicadeza y la exactitud del gesto, y las encuentra maravillosamente en la obra de Borzage, uno de sus mayores artífices, como vía de acceso para retratar la intimidad y la dignidad esencial de las personas; esta película nunca recurre a espejos deformantes, y refleja en todo momento a sus personajes, incluso cuando adoptan hábitos de picaresca, con la limpidez de un arroyo de montaña.

objetos

Quizá por ello la película puede parecernos hoy ingenua, pero no lo es desde el punto de vista narrativo: el espectador siempre sabe más que los personajes, y el suspense está centrado en las reacciones de ellos más que en las revueltas de la trama. Las circunstancias externas aparecen reducidas a lo esencial, y la acción transcurre en un decorado de cuento, en el que Mary es como una especie de patito feo al que Tim eleva a su condición de cisne mediante una limpieza tanto física como espiritual: ambos aspectos están unidos. Como sucede en los cuentos, la inocencia del tono no implica ingenuidad de fondo, y el discurrir del relato demuestra que no siempre obedecer a una madre es la regla moral más acertada; por otra parte, el ascenso de Mary hacia su mejor yo la coloca, precisamente, en situación de máximo peligro (la salvación y la corrupción están solo separadas por una carrera contra el reloj, en las circunstancias más difíciles, sobre la nieve bella y siniestra al mismo tiempo). El desenlace guarda aún un giro que se resume en el penúltimo intertítulo, y que completa el sentido de la película con tanta precisión como belleza, en tanto que los amantes se abrazan bajo la nieve en un extremo del encuadre, ya sin la separación y el miedo de su primer abrazo, mientras el tren de la amenaza se pierde en la distancia.

abrazo final


(1) Aquí hay que hacer una referencia especial a Murnau y su Fausto, pero también Nosferatu y Amanecer.

Lucky Star puede verse, junto a otras muchas joyas, algunas bien conocidas y otras ignotas, oscuras referencias en las viejas historias del cine, en la filmoteca on line de Ediciones Shangrila.

Las imágenes proceden de: mubi.com / dvdclassik.com