Un millón de universos

Harry Hooton (Arthur & Corinne Cantrill, 1970)

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En un manifiesto por un cine futurista, publicado en L’Italia futurista el 11 de septiembre de 1916 por Marinetti, Bruno Corra, Settinelli, Arnaldo Ginna, Balla y Remo Chiti, podemos leer:

En la película futurista entrarán como medios de expresión los elementos más dispares: desde el motivo de la vida real a la mancha de color, de la línea a las palabras en libertad, de la música cromática y plástica a la música de objetos. Será por lo tanto pintura, arquitectura, escultura, palabras en libertad, música de colores, líneas y formas, revoltijo de objetos y realidad hecha caos. Ofreceremos nuevas inspiraciones a las búsquedas de los pintores que tienden a forzar los límites del cuadro. Pondremos en movimiento las palabras en libertad que rompen los límites de la literatura marchando hacia la pintura, la música y el arte de los ruidos tendiendo un maravilloso puente entre la palabra y el objeto real.

Las semillas de la poesía futurista llegaron, procedentes de Italia, hasta territorios lejanos, como demuestran Maiakovsky o Álvaro de Campos. La vertiente cinematográfica del movimiento tuvo una reencarnación tardía en las antípodas, en esta película llena de libertad y contrastes, que parece integrar todas las aspiraciones citadas. Por otra parte, Harry Hooton es un auténtico monumento funerario dedicado a la memoria de su protagonista. Corinne y Arthur Cantrill fueron amigos y admiradores de Hooton, un extraño personaje lleno de libertad y contrastes, poeta didáctico y filósofo materialista cuya obra pertenece a los arrabales de la cultura académica –según el paradigma de Whitman y Blake, Schopenhauer y Nietzsche (todos ellos citados en el texto). A su manera, con esta película los Cantrill evitaron a Hooton el “magnífico placer”, como decía André Breton, de ser olvidado.

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La proyección de Harry Hooton en Santander constituye uno de esos milagros solo posibles gracias a cineinfinito; la sesión contó con la presentación inmejorable de Celeste Araújo y Oriol Sánchez, principales responsables de la difusión por estos lares de la obra de los Cantrill gracias a las tres sesiones dedicadas a ellos que han programado en Xcèntric, y a la entrevista incluida en el libro Xcèntric Cinema.

Harry Hooton es una película muy diferente de la ceñida y esencial The Second Journey, que pudimos ver el día anterior –pero ambas comparten, con sus matices, la curiosidad que no cede a ninguna idea de pureza reductora, la aspiración a la obra de arte total. “El universo será nuestro vocabulario”.

La película se inicia con una secuencia de pantalla en negro que da la sensación de avanzar por un túnel a toda velocidad. Después de esto vemos fotografías en blanco y negro de Hooton y de un poeta amigo suyo sobre las que se escucha el diálogo de uno y otro, como una parodia de los documentales convencionales de bustos parlantes.

La banda sonora de la película se basa en las cintas con la voz grabada de Hooton (que habla así directamente para el futuro en una especie de “retransmisión”, según sus propias palabras), más una pionera composición electrónica creada por Arthur Cantrill –que puede escucharse aquí.

Los Cantrill han afirmado que es difícil imaginar cómo habría sido la película si no hubieran encontrado las cintas de Hooton. La película no trata de ilustrar sus ideas como si fueran letra muerta, sino palabra encarnada, imagen en movimiento: los cineastas alumbran el sueño del poeta, y animan la materia fílmica. A través de procedimientos característicos del cine de vanguardia (sobreimpresión, collage de materiales encontrados, animación, parpadeo, división de la pantalla, descomposición de colores, pintura manual de los fotogramas, juegos de positivado y de montaje), crean una progresión que parece dirigida por una fuerza vital.

El contenido de las imágenes se alía con la forma para expresar este impulso: a imagen del Dios del Génesis, que insufló en Adán la vida, un soplador de vidrio da forma a la materia; las tuercas giran como soles, las soldaduras salpican como fuentes, las cúpulas de la Ópera (en construcción) de Sidney se suceden como las olas del mar, y las torres de alta tensión y estaciones de seguimiento espacial se desdoblan y superponen dando lugar a formas florales, imágenes de caleidoscopio.

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En un pasaje, Hooton habla de su próxima muerte con una peculiar combinación de sentimiento y parodia, y luego relata un sueño que tuvo en el hospital, bajo los efectos de las sustancias que le administraban como cuidados paliativos, en el que aparece un niño-dios. Los cineastas no tienen reparos en recrear el sueño de manera literal en una secuencia protagonizada por su propio hijo corriendo a contraluz: una visión sentimental quizás, pero que pierde esa condición al ser trabajada musicalmente mediante el contrapunto de las imágenes superpuestas. (Los Cantrill han explicado cuánto influyó en ellos la idea de Hooton de que los conflictos humanos típicos relacionados con el amor, el poder, etc. estaban agotados como motivo artístico; y citan la música como ejemplo primero de un arte “a-humano”.) Tras esa aparición se produce una especie de “resurrección” de la película (en palabras de los propios cineastas): una amplia reexposición, con nuevos desarrollos de sus motivos principales.

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Entre las imágenes recurrentes que crean patrones estructurales se encuentra la de una mujer vestida con una túnica que pasea a la orilla del mar (será casual, pero se parece lejanamente a Maya Deren). Su rostro aparece duplicado, triplicado: mira al frente, atrás y adelante como si lo hiciera simultáneamente al presente, el pasado y el futuro.

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Al ver la película desde el futuro, este se revela más feo que la utopía que trazaron Hooton y los Cantrill. Pero no será exactamente así mientras salgan a la luz películas como esta.


Las imágenes proceden de cineinfinito.

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El jardín de las delicias

Éxtasis (Ekstase, Gustav Machatý, 1933)

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Se ha repetido a menudo que el cine es casi estricto contemporáneo del psicoanálisis, esa disciplina en que el paciente trata de descubrir una verdad oculta por medio del relato, como vía hacia la curación. Podemos pensar que el cine adoptó pronto esa misma técnica, aunque olvidara en ocasiones el objetivo último, dejando que el relato se convirtiera en un fin en sí mismo; esta tendencia se acentuará con el tiempo, y en todos los ámbitos, ya que en las modernas sociedades de la información cada vez parece más difícil de concebir la posibilidad de una “verdad oculta”.

Tanto la publicidad de Hollywood como los surrealistas coincidieron en que el cine es el medio que proporciona una experiencia más próxima a la de los sueños. Como sugería Felix Guattari, ha actuado a lo largo del siglo XX como una especie de psicoanálisis de los pobres; y así ha tenido un papel en el relato de la liberación de las fuerzas represivas, empezando por las que atañen a la moral sexual.

Desde este punto de vista, Éxtasis, dirigida en 1933 por Gustav Machatý, ocupa un lugar en la historia del cine, más allá del morbo retrospectivo asociado al ascenso posterior de su protagonista al moderno olimpo de Hollywood, con el bello nombre de Hedy Lamarr. Los modernos comentaristas de la película tienden a centrarse en esas cuestiones, a la vez que critican su falta de ritmo y sutileza narrativa (sin plantearse que acaso Machatý no tuviera esas cualidades entre sus objetivos).

El director, en cambio, parece obsesionado por la claridad. Así lo demuestra su impudor al elegir los nombres de los protagonistas (Eva y Adam), o el recurso a los símbolos más evidentes: caballos desbocados, noches de tormenta, la oposición entre las aguas libres en que la protagonista nada desnuda a contraluz y el agua encerrada en un tonel sobre la que gotea un grifo después del último encuentro de los fugaces amantes (cuando ella sube al tren sin su acompañante, como Edna Purviance en Una mujer de París de Chaplin).

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La conexión entre esta película, hija natural de la vanguardia francesa de los años 20, y las posteriores oleadas vanguardistas se perdió por la dificultad de verla; pero las imágenes de Machatý quedaron en la memoria, quizás inconsciente, de otros cineastas. En el contexto de los “nuevos cines” de los 60, y pensando en los tiempos muertos y los espacios vacíos de Antonioni, los procedimientos de Machatý pueden verse de otro modo que como torpeza; el tonel y el grifo de Éxtasis dan paso así al aspersor y la lata de la que desborda el agua en el final de El eclipse.

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En la obra posterior del cineasta italiano, desde Zabriskie Point hasta Il filo pericoloso delle cose, y también en lo que podemos imaginar de Tecnicamente dolce (uno de los títulos más atrayentes de esa cara oculta del cine formada por las películas perdidas e irrealizadas), retornarán imágenes de seres que se apartan de la sociedad y sus ideas de orden para seguir la llamada del cuerpo: una reacción individual contra la fealdad creciente del mundo que construimos, en los límites de la civilización –el desierto o el mar.

En los créditos de Éxtasis figura otra persona que, aunque de manera menos deslumbrante que la actriz, también emigraría a Hollywood cambiando de nombre: el ayudante de dirección y escenógrafo Alexander Hackenschmied, luego Alexander Hammid, futuro co-director de Meshes of the Afternoon junto a Maya Deren.

Como Eva cuando sube a un tren que irá en sentido contrario al del ingeniero Adam, Éxtasis avanza en una dirección diferente a la que seguiría la corriente dominante del cine sonoro. Lo hace en compañía de otras películas de aquellos años en las que la luz disputaba el protagonismo a los actores, en las que la música de las imágenes tenía más peso que la letra del relato. Machatý desata a hachazos los nudos de la trama, sin que se resienta por ello la calidad estética; esta no reside en la importancia histórica de haber llegado primero a romper determinados tabúes y barreras, a ensanchar el campo de lo que el cine podía representar, sino en la forma concreta de esa representación: en haber desvelado y velado (re-velado, para preservar su esencia intermitente) algunas verdades.

No grandes Verdades, claro está, sino detalles y gestos mínimos, visiones instantáneas. Flaubert escribió en una carta a Louise Colet: “Lo que me parece más elevado en arte (y también más difícil) no es hacer reír ni hacer llorar, ni despertar deseo ni furia, sino actuar del modo en que lo hace la naturaleza, es decir, hacer soñar. (…) Me gustan las obras que huelen a sudor, ésas en las que se ven los músculos a través de la ropa y que caminan descalzas, cosa más difícil que llevar botas…”

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Réquiem

Strewnpackedcinderwhateverlight / Make Haste, Slowly / Color Time (Elizabeth Block, 2003-2004)

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Las películas de Elizabeth Block, como las de la británica Tacita Dean, parecen concebidas como elegías anticipadas por la desaparición del revelado fotoquímico –ese proceso nacido de la tecnología del siglo XIX que hoy empieza a parecer tan pasado de moda como las experiencias de los alquimistas. Desde Niepce, Daguerre y Nadar los ingeniosos humanos consiguieron apresar, en sus redes de haluros de plata, la luz impalpable.

Como señala Block en los textos de presentación de sus obras, su sucesora, la película digital, ofrece un acabado más tosco, como si correspondiera a una etapa anterior en el desarrollo evolutivo. Si la fotografía analógica tiene carácter sintético, la tecnología digital imita sus resultados a través de un proceso analítico, y supone un paso adicional en la pérdida del aura asociada a la reproducción mecánica: la copia cero es ya propiamente un fantasma. Debido a la desaparición del soporte material, la filmación pierde riesgo y, en el proceso de edición, se pierde el equilibrio entre trabajo intelectual y manual. ¿Será el fin de ese “pensar con las manos” que mencionaba Godard?

Ver digitalizadas estas películas podrá parecer un contrasentido a los puristas, pero Elizabeth Block no está entre ellos.

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La primera pieza que pudo verse en la sesión que cineinfinito dedicó a la cineasta, Strewnpackedcinerwhateverlight, contempla las diferencias en la calidad de la luz registrada a través de distintos soportes (película de 16 mm, película o vídeo digital refotografiados en 16 mm y con distintas manipulaciones). Podría decirse que no adapta una novela de Faulkner, sino su título: luz de agosto. En ella no hay presencia humana directa, salvo la sombra de la cineasta que empuña la cámara; los demás protagonistas son: árboles, un camino, césped, hierbas y cielo. Las citas de la novela evocan un lenguaje anterior a la gramática, en el que las palabras se unen como si fueran cristales de nieve o partículas de ferralla movidas por un campo magnético invisible –y también una experiencia iniciática, la pérdida de una inocencia.

Cree la memoria antes de que el conocimiento recuerde. Cree se acuerda durante más tiempo aún del que conoce el asombro.

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Ya aquí se advierte la voluntad de abstracción, de separar las imágenes y las palabras (que no son un comentario de aquellas). Estos principios continúan en la siguiente película, Make Haste, Slowly, en la que el texto, un extracto de flujo de conciencia, aparece rotulado a mano en la película, integrado en su propia textura, y enfrentado a las imágenes en una especie de contrapunto.

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La última película de la sesión, Color Time, nos recuerda que toda reproducción es en realidad una interpretación: el color cambia con el etalonaje, igual que el recuerdo de nuestras percepciones lo hace con el tiempo. Las imágenes del dosel de hojas contra el cielo hacen pensar en las viejas películas de cineastas olvidados como Dulac, Kirsanoff, Machatý; en la inocencia del cine recién descubierto, de la mirada que se lanza hacia las cosas sin el cinturón de seguridad de los conceptos. La presencia humana vuelve a estar implícita en el cuerpo invisible que sostiene la cámara, a través de sus giros y barridos: más que un ojo que contempla el mundo como algo exterior, distante, objetivo.

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Las películas de Elizabeth Block pertenecen al género lírico (con una poética integradora de imágenes, sonido y palabra escrita). Implican, de forma tácita, una filosofía de la percepción que no da por sentada la separación radical de sujeto y objeto. Demuestran un amor no fetichista por la película diapositiva –la cual puede aún remitir a su significado etimológico: una piel muy fina, quizá la nueva piel que recubre y restaura las heridas. Desde ese amor, parecen parafrasear, como advertencia para el cine y sus artífices, las palabras de Dylan Thomas:

Do not go gentle into that good night.
Rage, rage against the dying of the light.

[No penetres tranquilo en esa buena noche.
Enfréntate con rabia a la muerte de la luz.]


Las imágenes proceden de cineinfinito.org

Melodrama

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“El melodrama italiano es una obra de arte muy especial, construida al borde de un abismo de ridículo, en el que se sostiene a fuerza de genio. Este equilibrio prodigioso se verifica desde hace un siglo.

(…)

Los pequeños teatros de antaño puede decirse que eran como braseros del sentimiento público.
Un estrado de saltimbanquis, cuatro lámparas de petróleo y algunas calaveras bastaban para tal fin.
Entre el público y los artistas el contacto se producía en un santiamén: y había gritos, abrazos, silbidos, besos y puñaladas.

Hoy el melodrama vive sus últimos días, lleno de achaques -pero vive aún: crudo, concreto, atávico-, como es y ha sido siempre.
Es cierto que es menos antiguo que el Coliseo, por ejemplo, o que la torre de Pisa, pero es más viejo, infinitamente más viejo.

(…)

Verdi es siempre Verdi. Pero aquí sin ninguna retórica, ni énfasis, ni trivialidad oscura, ni fervor coreográfico: aquí, en cambio, frivolidad profunda, vicios, melodías punzantes, ropa interior, cristal de Bacará, risas de cristal, coladas de lavandería, gran mundo, buenos modales, mal sutil, amor y muerte.
En Traviata lo magro y lo grasiento están mezclados con grandeza natural.
Y la inspiración que gobierna este equilibrio milagroso es la más sincera, la más desnuda, la más elegante y tímida que haya habido.
En lo que respecta a su consistencia y su estructura, esta ópera podría flotar sobre el agua, como Ofelia. Como Ofelia, esta ópera muere de amor.
Y así, durante la obra, cuando el éxito hiperbólico alcanza hasta las estrellas, al crítico no le queda otro remedio que poner en marcha sus objeciones al progreso teatral, a la música de vanguardia, al arte nuevo, científico y sin corazón, que, por más reciente que sea, se encuentra ya en último puesto, a la cola de todo el viejo repertorio.

(…)

Caía el telón sobre el último acorde de la ópera y he visto con mis propios ojos llorar a mujeres, viejos y muchachas, y levantarse despacio, muy despacio, a los profesores de la orquesta, pálidos, absortos, sosteniendo sus violines como si fueran paraguas: no se daban cuenta de que la obra había concluido.”

Las citas proceden de Il paese del melodrama de Bruno Barilli; la imagen de Traviata 53, de Vittorio Cottafavi.

En el camino

Luz negra (Julius Richard, 2013-2017)

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Aunque su película no es precisamente pequeña, Julius Richard no la deja sola: la acompaña como un padre cuidadoso, una madre que no cede al sueño. Como el abrazo de un monje giróvago es la lectura, llena de conexiones eléctricas, de los ensalmos que abren su «Libro de las aluzinaciones», con la que acompañó a la proyección que tuvo lugar el pasado sábado en el centro cultural Eureka de Santander.

Lo primero que destaca es la duración imposible de la película, 761 minutos, su proyección nocturna: esta se convierte así en una especie de ejercicio espiritual, durante el que la percepción se altera por el cansancio y la duermevela. Luz negra exige generosidad, que retribuye con generosidad, proporcionando diversos estados de “aluzinación” sin necesidad de ninguna sustancia (solo la luz). La densidad de la experiencia de verla, aunque sea de modo fragmentario, no solo radica en su duración, sino también en la superposición de imágenes, y la lectura superpuesta. Esta se inicia con la bella letanía denominada “El cine (Sermón en 80 definiciones y/o metáforas)”:

“El cine es una religión que nos devuelve a la vida, sin presente ni lugar. Nada que leer.”

Julius Richard profesa la dialéctica: el pensamiento crece desde la raíz de la paradoja. La película en sí misma es silente, aunque está llena de palabras escritas (luz negra sobre fondo blanco), a menudo subrayadas. Una cama de libros sobre la que el autor duerme en su viaje. Un viaje como el que reclamaba para sí Alvaro de Campos: emigrar de una vez del país de Yo soy.

Aluzinación, según el autor, es ver lo que ya no es, pero ha sido. “El cine: «un pasado que jamás ha sido presente»”. Durante la proyección del prólogo una niña asiste, tres años después, a su nacimiento. Julius Richard se une a Brakhage, Antonioni, Kramer, Pelechian, Kawase (y antes que todos ellos, aunque en el mundo de los gatos, Alexander Hammid y Maya Deren). El propio autor lo explicaba de forma inmejorable: “Solo ellos, hartos de las mentiras y la oquedad del significado, se han atrevido a mirar de frente la verdad, y, con sus imágenes asignificantes, dar a luz. O, lo que es lo mismo, presenciar el milagro con los propios ojos, la posibilidad de renacer.” (El texto completo se puede leer en la revista Transit.)

El parto sería así la verdadera escena primaria del cine (del cine que aspira a dejar de ser teatro). Brotando de la oscuridad, un nuevo ser. El sol se pone en el mar. Se elevan las hogueras de la noche de San Juan. Empieza el verano, la estación violenta. Es preciso volver a nacer, como Jonás, entrar por el ojo de una aguja en ausencia de camellos.

Convertirse en un niño que ve desfilar las cosas pegado al cristal de la ventanilla de un coche: un plano-secuencia interminable.

“Ver es tener a distancia“, escribió Merleau-Ponty. Y también: “Hay que tomar al pie de la letra lo que la visión nos enseña: que por ella tocamos el sol, las estrellas, que estamos al mismo tiempo en todas partes, tan cerca de las lejanías como de las cosas próximas. (…) Solo la visión nos enseña que seres diferentes, «exteriores», extraños el uno al otro, están no obstante absolutamente juntos, la «simultaneidad»: misterio que los psicólogos manejan como un niño manipula explosivos.”

Se podría decir que Julius Richard es un beatnik no posmoderno sino requetemoderno, que se echa a la carretera sin aullidos; con una sonrisa permanente, sin rostro, como la del gato de Cheshire.

Esto no quiere decir que sea un ingenuo, o un inconsciente: como buen heideggeriano, no puede olvidar que nuestro ser es ser para la muerte. En su recorrido en espiral, el monje o poeta errante tiende a eludir las modernas “atrociudades”. En cambio se detiene en esas otras ciudades serenas habitadas por cipreses y estantiguas (“El cine: necrópolis o tanatópolis”. “El cine: comunidad de los que no tienen comunidad”), en pos de tumbas de poetas: José Hierro, autor de otro Libro de las alucinaciones, Juan Ramón Jiménez y Zenobia Camprubí…

Como Quevedo, podría decir: “vivo en conversación con los difuntos / y escucho con los ojos a los muertos”. Con los ojos pero también con las manos, pues el cineasta, como el pintor, ve con las manos: “manojos”, capaces de recomponer una flor. (“El cine: tu vida r(ec)omp(on)iéndose.”)

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Julius Richard no pretende hacer películas definitivas; las películas son para él objetos contingentes que remiten al ser absoluto que es el cine. Su función es ensanchar nuestra percepción, hacernos vislumbrar, como en una ecografía parpadeante, al niño cineasta que hay en todos nosotros.

Finales felices

Wichita (Jacques Tourneur, 1955)

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Sería fácil e inexacto, porque el verdadero centro de interés está en otra parte, llamar la atención sobre esta película como una obra de tesis, de permanente actualidad para la sociedad norteamericana, sobre la necesidad de controlar las armas y en general los excesos del capitalismo: “Si los hombres no llevan armas, no pueden dispararse. Es así de simple”.

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La rapidez característica de las películas que dirigía Tourneur se aviene perfectamente con el modo de vida seminómada de los pioneros del Oeste: no se puede dormir sin un ojo abierto, no hay tiempo que perder si uno quiere conservar sus ahorros, forjar alianzas y amistades, casarse. Por otra parte, el formato ancho apenas deja ver el cielo: este es un western nocturno, hecho de colores sutiles, que transcurre en interiores más que en paisajes abiertos; después del prólogo, la llegada de Wyatt Earp (Joel McCrea) a la ciudad de Wichita lo ilustra con una escena casi surrealista, en la que lo vemos atravesar las oficinas del periódico local llevando a su caballo de las riendas, para guardarlo en un patio interior.

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Las escenas de tumulto de los vaqueros recuerdan el colorido de las fiestas de los piratas de Anne of the Indies; como Barbanegra en aquella, aunque encarne valores opuestos, Wyatt Earp es un hombre de una pieza, inconmovible en su mito. Earp llega a Wichita con la intención de llevar una vida pacífica de comerciante, pero su integridad ética y su manejo del revólver lo convierten en candidato ideal para el puesto de marshal. Después de haberlo rechazado, Earp cambia de opinión a raíz de un suceso terriblemente dramático en una ventana (que Tourneur filma sin dramatismo, con aparente negligencia: ¿pero no es así, casi sin que nos demos cuenta, como ocurren en realidad las cosas, incluso las más dramáticas?).

Earp solo pone como condición que se prohíban las armas en la ciudad. Al principio las fuerzas vivas de la ciudad aceptan, pero pronto empiezan a cuestionar el enfoque radical del nuevo marshal, cuando ven caer los beneficios de sus negocios. Sam McCoy, padre de Laurie (Vera Miles), la novia en ciernes de Earp, también forma parte de estos arrepentidos, lo que mezcla la peripecia política con la amorosa.

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El dueño de un saloon, Doc Black (Edgar Buchanan), contrata a dos forasteros para atentar contra Earp. Además, les explica cómo deben hacerlo: solo uno de ellos debe enfrentarse al marshal abiertamente, mientras que el otro acechará la escena desde una ventana en un primer piso con un rifle. La encomienda fracasa del modo más imprevisible porque los dos pistoleros resultan ser… los hermanos pequeños de Earp.

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El desenlace combina todos los elementos anteriores con la facilidad aparente de una jugada deportiva. El esquema de la emboscada que antes solo escuchamos, ahora se materializa ante nuestros ojos: Doc Black lleva a la práctica en persona su plan anterior y apunta a Earp desde una ventana elevada, mientras este se enfrenta en duelo con uno de sus pistoleros a pie de calle. Sam McCoy, que ha tenido ocasión de comprender su error de forma también dramática (en Wichita las casas no son ningún refugio; la muerte franquea las puertas y ventanas como un invisible ángel exterminador), lo descubre y acaba con él –después de un segundo de suspense, pues escuchamos el tiro con un plano de Earp que se vuelve, sin saber si es Doc quien dispara. El recuerdo de la escena anterior subraya que Earp pasará a formar parte de la familia McCoy, y esa alianza se sella con un apretón de manos de los dos hombres, que la cámara registra acercándose; luego se retiran juntos, escoltados por los hermanos Earp.

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Luego vemos retirarse a los hombres de Doc, e inmediatamente (se tarda más en contarlo que en verlo) un fundido encadenado nos conduce a un plano de grúa que se inicia con los hermanos Earp y el joven periodista convertido en ayudante del marshal que cargan unos sacos desde una tienda, luego los rasgan con cuchillos y por las hendiduras aparecen los granos de arroz que la gente de Wichita recoge y lanza sobre los recién casados Wyatt y Laurie. Tourneur pertenece a ese tipo de directores capaces de inventar una forma nueva para el contenido más convencional, y este es uno de los mejores ejemplos, en el que la rapidez no implica renunciar a la verdad de los pequeños detalles.

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La muerte es un maestro de Alemania

Podemos encontrar una ilustración de este verso de Paul Celan en dos películas tan distintas que su coincidencia reciente en la programación de la filmoteca de Cantabria viene a demostrar también que el camino hacia la verdad en el cine no es único ni previsible.

La primera es Alemania, año cero de Rossellini, quizá el cineasta de mayor vocación pedagógica. El maestro (Erich Gühne) es aquí una caricatura terrible de lo que debería representar una figura docente. En él y sus compañeros, sujetos a una oscura jerarquía, se cifra lo que llevó a Alemania al abismo. Rossellini lo muestra como un pederasta cobarde que vende a los soldados americanos, por mediación de antiguos alumnos, viejos discos con discursos del Führer (que resuenan de forma impresionante, gracias a la fuerza contradictoria del anacronismo, en las ruinas del Reichstag). Todo es lamentable en su relación con Edmund: sus caricias, su paga mezquina, su desinterés cuando tiene entre manos a un nuevo niño, su repetición apresurada de los viejos tópicos nazis sobre la supervivencia de los más fuertes, y su reacción posterior, dominada por el miedo a posibles represalias, cuando Edmund le cuenta que ha aplicado sus enseñanzas al pie de la letra. Este es uno de los motivos recurrentes de la película: si los adultos repiten sin cesar palabras en las que no creen, ¿cómo pueden aprender los niños a distinguir entre el bien y el mal?

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Rossellini sigue ascéticamente el itinerario de Edmund a través de las calles destruidas de Berlín: la cámara es como un espejo a lo largo del camino, que refleja con la misma austeridad los tiempos muertos y los giros decisivos de una vida frágil, descentrada. A diferencia de los personajes también errantes de Anna Magnani en Il miracolo, y de Ingrid Bergman en Stromboli, aquí no parece haber redención posible.

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Una posible antítesis de la película de Rossellini, desde muchos puntos de vista, podría ser Tiempo de amar, tiempo de morir de Douglas Sirk. Pero su protagonista, Ernst Gräber (John Gavin), tiene también, pese a su masa muscular, algo de niño perdido –quizá por la propia experiencia del cineasta que, al igual que Rossellini, realizó la película con la mirada puesta en la pérdida de su propio hijo. El hecho es que Ernst encuentra entre las ruinas de su ciudad, a la que vuelve en unas breves vacaciones del frente ruso, a su antiguo maestro Pohlmann (Erich Maria Remarque). Al contrario que el de Edmund, el maestro de Ernst es un resistente interior, un reducto de los valores humanistas, que se oculta en las ruinas de una iglesia de las autoridades nazis (entre las que se cuenta otro antiguo alumno, Oscar Binding). En su último encuentro, Pohlmann plantea con claridad a Ernst el dilema ético asociado al principio de obediencia debida.

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De vuelta al frente bélico, Ernst no olvidará esta enseñanza. Cuando parte desde la estación de tren, a la que su mujer Elizabeth (Liselotte Pulver) acude secretamente, la pantalla se llena de cruces premonitorias. Tras un fundido encadenado, vemos otra cruz en el campo de batalla. En la lógica de la guerra, para la que la ética es un fenómeno ajeno e incomprensible, el bien puede conducir al mismo destino que la desesperación.

Isak Dinesen escribió un cuento llamado “El joven del clavel”, en cuyo interior hay otro cuento, que relata uno de los personajes: “Había una vez -empezó- un viejo inglés inmensamente rico que había sido cortesano y consejero de la reina, y al que ahora, en la vejez, lo único que le interesaba era coleccionar porcelana azul antigua. Con este fin hacía viajes a Persia, Japón y China, siempre acompañado de su hija, lady Helena. Y sucedió que, cuando navegaban por el Mar de la China, se incendió el barco una noche de calma; todo el mundo embarcó en los botes salvavidas, y lo abandonaron. En la oscuridad y la confusión, el viejo lord quedó separado de su hija. Lady Helena tardó en subir a cubierta, y se encontró con que todo el mundo había abandonado ya el barco. En el último momento, un joven marinero inglés la bajó a un bote salvavidas que había quedado olvidado. A los dos fugitivos les parecía como si el fuego les siguiese por todas partes, dado que el resplandor se reflejaba en la mar oscura; y, al mirar hacia arriba, una estrella fugaz cruzó el cielo como si fuese a caer en el bote. Estuvieron navegando nueve días, hasta que los recogió un mercante holandés y los devolvió a Inglaterra.”

El lord pagó una considerable recompensa al marinero a cambio de que embarcara hacia el hemisferio sur y nunca volviera a su país. Lady Helena, afectada por el naufragio, se sumió en la apatía; lo único que quería era acompañar a su padre en busca de antigua porcelana azul.

“En sus recorridos, contaba a las gentes con las que trataba que buscaba un determinado tono azul, y que pagaría el precio que fuese por él. Pero aunque compraba centenares de jarrones y vasos azules, los arrumbaba al cabo de un tiempo, y decía: “¡Ay, ay, no es exactamente el azul que busco!” Su padre, cuando ya llevaban muchos años navegando, insinuó que quizá no existía el tono que ella buscaba. ” ¡Por Dios, papá! “, dijo ella, “¿cómo puedes decir algo tan malvado? Seguro que debe de quedar algo de cuando el mundo entero era azul”.

(Omito el final del relato para los que no lo hayáis leído.)

Tanto la película de Rossellini como la de Sirk pueden ser vistas como cuentos morales, pero la primera avanza con la crudeza del reportaje, con una estética no sentimental que se oculta en su propia rapidez, mientras que en la segunda el envoltorio brillante, novelesco, se disuelve finalmente en el absurdo ético de la guerra –cuya verdadera antítesis es el amor de los jóvenes Ernst y Elizabeth. Hay tantos detalles en Tiempo de amar, tiempo de morir que habría que verla una y otra vez para captarlos todos; pero la impresión global que deja la película es la de un color azul como el del cuento de Dinesen.

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Fuentes de las imágenes: digitalcine.fr / claudiocolombo.net