The Brood (David Cronenberg, 1979)
Una vez, en una pesadilla, había imaginado a su mujer dando a luz a un hijo del demonio, y de los pechos hinchados le había brotado un líquido fecal.
J.G. Ballard: Crash

El sueño de la razón produce monstruos: Goya lo sabía, antes de Freud. Ya los antiguos dejaron testimonio de las visitas nocturnas de íncubos y súcubos, más fuertes que cualquier voto de castidad. Lo irracional habita en nosotros, y no podemos trazar un límite entre razón e inconsciente, como tampoco entre cuerpo y espíritu. La obra de Cronenberg pertenece a la tradición anti-cartesiana, la de Spinoza y Novalis, actualizada en la moderna neurología: «nadie hasta ahora ha determinado lo que puede un cuerpo». Aquí, las heridas del alma producen sarpullidos sangrientos, fetos infernales.
El doctor Raglan es un heredero unheimlich del doctor Freud. Aspira a la curación por la palabra, pero sin transferencia, ya que el terapeuta desaparece para encarnar a los demonios familiares de sus pacientes: madre, padre, ex pareja. La película presenta en primer lugar sus métodos, próximos al teatro (es decir, al cine), y no da explicaciones sobre los procesos mediante los que la energía psíquica se somatiza: así, los efectos de sus terapias resultan doblemente misteriosos, perturbadores.
«Mi cuerpo es la parte del mundo que mis pensamientos pueden cambiar. Hasta las enfermedades imaginarias pueden volverse verdaderas. En el resto del mundo, por el contrario, mis hipótesis no pueden turbar el orden de las cosas» escribió Lichtenberg hace más de 200 años. El argumento de Cronenberg se basa en la premisa de que las afecciones del espíritu pudieran gestar y engendrar cuerpos, aunque imperfectos, y así turbar el orden exterior.
La escena de apertura rompe por dos veces las expectativas de los espectadores. Nuestra fe en las imágenes nos hace creer al principio que asistimos a una confrontación entre padre e hijo. El corte a las gradas, por las que desciende sin entusiasmo Art Hindle, nos hace pensar en un teatro. Solo al término de la representación comprendemos que los personajes están en una clínica. La película avanza con ese esquema de líneas quebradas, sin justificaciones ni tomas de partido: hay un profundo contraste entre la frialdad de su tono y la energía pasional que anima a sus personajes. El director se despoja de todo virtuosismo aparente, y casi de ironía: su empeño, y su logro, es crear una atmósfera, que sostiene hasta el último plano. Su mirada, tan fija e intensa como la del doctor Raglan en la escena de apertura (que no se permite ni un pestañeo en su rol de patriarca despiadado), tan vacía como la de la niña protagonista, se concentra en una versión profana y sangrienta del misterio de la encarnación: la rabia se hizo carne, y habitó entre nosotros. La música para cuerdas de Howard Shore, en su primera colaboración con el cineasta, trae ecos de Psicosis, y los sonidos que emiten los niños de la camada recuerdan a Los pájaros (también el personaje de la maestra de primaria). Cronenberg explora algunos desvanes de la mente que a Hitchcock no le dio tiempo a recorrer en sus películas, más allá de la visión cristiana de la culpa y su posible redención.
Buscar un culpable de lo que nos ocurre es un acto reflejo de nuestro pensamiento, pero los traumas de la infancia no son historias de detectives, y se resisten a un esquema moral simplista. Pese a la visión unilateral de algunos comentaristas, el último plano de la película desactiva la visión de su argumento como relato de un héroe y de una salvación. El prurito que emerge en la piel de la niña nos sitúa ante el vértigo de la repetición: el trauma se hereda, la víctima se convertirá en un ser monstruoso, y tal vez deba ser sacrificada en el futuro para salvar otra inocencia o defender una determinada idea de la realidad. El arte no es una terapia, aunque a veces terapias como las del doctor Raglan puedan adquirir formas que se asemejan a las artísticas. El cine nos permite escapar de la identidad, la interioridad, la pulsión de repetición. No hay que caer (pese al exceso de información disponible en torno a las estrellas del cine, y Cronenberg es, a su escala, una de ellas) en la falacia biográfica: el personaje de Art Hindle no es un retrato idealizado del autor, ni el de Samangha Eggar, inolvidable en su aparición como abeja reina, un fantasma patriarcal. Los psicólogos sostienen que locos y cuerdos se distinguen ante todo por la certeza: los locos no dudan. Un héroe triunfante no duda de sí mismo, porque un segundo de duda podría quebrar su fortaleza (su fe en encontrarse del lado de la luz y el sentido común). Pero todo triunfo es siempre momentáneo. Solo el sufrimiento dice siempre una verdad.















