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La muerte es un maestro de Alemania

Podemos encontrar una ilustración de este verso de Paul Celan en dos películas tan distintas que su coincidencia reciente en la programación de la filmoteca de Cantabria viene a demostrar también que el camino hacia la verdad en el cine no es único ni previsible.

La primera es Alemania, año cero de Rossellini, quizá el cineasta de mayor vocación pedagógica. El maestro (Erich Gühne) es aquí una caricatura terrible de lo que debería representar una figura docente. En él y sus compañeros, sujetos a una oscura jerarquía, se cifra lo que llevó a Alemania al abismo. Rossellini lo muestra como un pederasta cobarde que vende a los soldados americanos, por mediación de antiguos alumnos, viejos discos con discursos del Führer (que resuenan de forma impresionante, gracias a la fuerza contradictoria del anacronismo, en las ruinas del Reichstag). Todo es lamentable en su relación con Edmund: sus caricias, su paga mezquina, su desinterés cuando tiene entre manos a un nuevo niño, su repetición apresurada de los viejos tópicos nazis sobre la supervivencia de los más fuertes, y su reacción posterior, dominada por el miedo a posibles represalias, cuando Edmund le cuenta que ha aplicado sus enseñanzas al pie de la letra. Este es uno de los motivos recurrentes de la película: si los adultos repiten sin cesar palabras en las que no creen, ¿cómo pueden aprender los niños a distinguir entre el bien y el mal?

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Rossellini sigue ascéticamente el itinerario de Edmund a través de las calles destruidas de Berlín: la cámara es como un espejo a lo largo del camino, que refleja con la misma austeridad los tiempos muertos y los giros decisivos de una vida frágil, descentrada. A diferencia de los personajes también errantes de Anna Magnani en Il miracolo, y de Ingrid Bergman en Stromboli, aquí no parece haber redención posible.

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Una posible antítesis de la película de Rossellini, desde muchos puntos de vista, podría ser Tiempo de amar, tiempo de morir de Douglas Sirk. Pero su protagonista, Ernst Gräber (John Gavin), tiene también, pese a su masa muscular, algo de niño perdido –quizá por la propia experiencia del cineasta que, al igual que Rossellini, realizó la película con la mirada puesta en la pérdida de su propio hijo. El hecho es que Ernst encuentra entre las ruinas de su ciudad, a la que vuelve en unas breves vacaciones del frente ruso, a su antiguo maestro Pohlmann (Erich Maria Remarque). Al contrario que el de Edmund, el maestro de Ernst es un resistente interior, un reducto de los valores humanistas, que se oculta en las ruinas de una iglesia de las autoridades nazis (entre las que se cuenta otro antiguo alumno, Oscar Binding). En su último encuentro, Pohlmann plantea con claridad a Ernst el dilema ético asociado al principio de obediencia debida.

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De vuelta al frente bélico, Ernst no olvidará esta enseñanza. Cuando parte desde la estación de tren, a la que su mujer Elizabeth (Liselotte Pulver) acude secretamente, la pantalla se llena de cruces premonitorias. Tras un fundido encadenado, vemos otra cruz en el campo de batalla. En la lógica de la guerra, para la que la ética es un fenómeno ajeno e incomprensible, el bien puede conducir al mismo destino que la desesperación.

Isak Dinesen escribió un cuento llamado “El joven del clavel”, en cuyo interior hay otro cuento, que relata uno de los personajes: “Había una vez -empezó- un viejo inglés inmensamente rico que había sido cortesano y consejero de la reina, y al que ahora, en la vejez, lo único que le interesaba era coleccionar porcelana azul antigua. Con este fin hacía viajes a Persia, Japón y China, siempre acompañado de su hija, lady Helena. Y sucedió que, cuando navegaban por el Mar de la China, se incendió el barco una noche de calma; todo el mundo embarcó en los botes salvavidas, y lo abandonaron. En la oscuridad y la confusión, el viejo lord quedó separado de su hija. Lady Helena tardó en subir a cubierta, y se encontró con que todo el mundo había abandonado ya el barco. En el último momento, un joven marinero inglés la bajó a un bote salvavidas que había quedado olvidado. A los dos fugitivos les parecía como si el fuego les siguiese por todas partes, dado que el resplandor se reflejaba en la mar oscura; y, al mirar hacia arriba, una estrella fugaz cruzó el cielo como si fuese a caer en el bote. Estuvieron navegando nueve días, hasta que los recogió un mercante holandés y los devolvió a Inglaterra.”

El lord pagó una considerable recompensa al marinero a cambio de que embarcara hacia el hemisferio sur y nunca volviera a su país. Lady Helena, afectada por el naufragio, se sumió en la apatía; lo único que quería era acompañar a su padre en busca de antigua porcelana azul.

“En sus recorridos, contaba a las gentes con las que trataba que buscaba un determinado tono azul, y que pagaría el precio que fuese por él. Pero aunque compraba centenares de jarrones y vasos azules, los arrumbaba al cabo de un tiempo, y decía: “¡Ay, ay, no es exactamente el azul que busco!” Su padre, cuando ya llevaban muchos años navegando, insinuó que quizá no existía el tono que ella buscaba. ” ¡Por Dios, papá! “, dijo ella, “¿cómo puedes decir algo tan malvado? Seguro que debe de quedar algo de cuando el mundo entero era azul”.

(Omito el final del relato para los que no lo hayáis leído.)

Tanto la película de Rossellini como la de Sirk pueden ser vistas como cuentos morales, pero la primera avanza con la crudeza del reportaje, con una estética no sentimental que se oculta en su propia rapidez, mientras que en la segunda el envoltorio brillante, novelesco, se disuelve finalmente en el absurdo ético de la guerra –cuya verdadera antítesis es el amor de los jóvenes Ernst y Elizabeth. Hay tantos detalles en Tiempo de amar, tiempo de morir que habría que verla una y otra vez para captarlos todos; pero la impresión global que deja la película es la de un color azul como el del cuento de Dinesen.

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Fuentes de las imágenes: digitalcine.fr / claudiocolombo.net

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