En la boca del lobo

El estrangulador de Rillington Place (Richard Fleischer, 1971)

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A partir de la década de 1960 las sociedades de los países desarrollados empezaron a revisar algunos de los mitos intocables de generaciones anteriores; entre otros seguramente más relevantes para la historia o la sociología, uno de los mitos desterrados fue el de que las películas debían ser placenteras y reconfortantes, y dejar al espectador, a cambio del importe de la entrada, un buen sabor de boca. Algunos teóricos plantearon incluso la inversión de los viejos valores, como Jacques Rivette, que llegó a escribir: “Cada vez estoy más convencido de que la misión del cine es destruir los mitos, desmoralizar, ser pesimista. Su misión es sacar a la gente de sus crisálidas y sumergirlos en el horror. Cada vez tiendo más a dividir las películas en dos clases: las que son agradables, y las que no. Las primeras son viles, y las otras positivas, en mayor o menor grado” (1).

10 Rilligton Place, dirigida por Richard Fleischer en 1971 es un buen ejemplo de la segunda clase: se trata de un cuento terrible en el que los niños no se pierden en medio de un bosque, sino en un domicilio de ciudad; en el que el rey de los alisos es un hombre de aspecto cotidiano, que lleva gafas y tirantes, invita a tomar el té, y susurra un inglés atiplado que parece evocar una clase social más elevada que su modesta residencia.

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Richard Fleischer nos hace convivir con la más extrema sordidez durante casi dos horas, y además renuncia a las justificaciones humanistas, a sugerir algún tipo de revelación moral que eleve el conjunto del relato; aunque apunta la cuestión, no creo que la película pueda verse en primera instancia como un alegato contra la pena de muerte, y eso que la similitud entre la soga de la horca y la que utiliza Mr. Christie (Richard Attenborough) para sus crímenes podría haber servido como una denuncia de la violencia del Estado (2).

soga

La película es como una pesadilla sin explicación: todo está visto desde fuera, pero nos afecta como si de algún modo pudiéramos evitar que ocurra lo inevitable. No hay ningún intento de entrar en la mente del asesino, ni de comprenderlo. También es imposible identificarse con el personaje de John Hurt, que aquí hace honor a su apellido: uno de los seres más patéticos de la historia del cine, y no tanto por las circunstancias de su muerte (que casi es una liberación para él, y que inconscientemente busca a través de su confesión delirante), como por la sensación de indefensión que transmite, una persona sin recursos que toma en todo momento las decisiones incorrectas y es incapaz de hacer otra cosa.

vestibulo

Cuando en el juicio el fiscal le pregunta por los motivos que tendría Mr. Christie para haber asesinado a su mujer y a su hijo, él responde por dos veces: “no lo sé”. Ni siquiera la persona más inteligente del mundo habría podido añadir mucho más, y Fleischer no cae en la tentación de explicarlo con palabras.

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Tampoco explica el hecho de que las víctimas caigan tan fácilmente en las redes del psicópata como inocentes insectos en una tira de papel matamoscas, aunque es fácil intuir determinadas realidades sociológicas a través de lo que vemos en pantalla.

10RillingtonPlace_top10films

En vez de elevar el tono de voz, lo que sería incongruente en el retrato de un asesino oculto bajo una apariencia de contable discreto, el director construye con imágenes opacas, de tonos grises, violetas y marrones, un espacio asfixiante en el que se confunden la incomodidad física y la moral, delimitado por paredes de papel pintado, barrotes en que se apoya el pasamanos de una escalera estrecha y empinada, estores amarillentos, habitaciones que no pueden cerrarse, un baño exterior o un patio trasero tan diminuto que ni siquiera sirve para hacer desaparecer más de un par de cadáveres: el número 10 de Rillington Place.

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Vista en la Filmoteca de Cantabria el 16 de abril de 2016


(1) Cita tomada de: http://thebluevial.blogspot.com

(2) En realidad sentimos que Timothy Evans es una más de las víctimas de Christie: y la película refuerza esta sensación al mostrar el extraño lamento que este emite en el momento en que el tribunal dicta sentencia contra Evans (que imaginamos no muy diferente del que acaso acompaña al clímax de sus asesinatos directos, cuyos detalles macabros son siempre eludidos); y también mediante el encadenado tan efectista que une la ejecución de Evans y la dolorosa contorsión de la espalda de Christie.

Fuentes de las imágenes: pinterest.com / youtube.com / veehd.com / worldscinema.org / paperblog.com / montages.no

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6 pensamientos en “En la boca del lobo

  1. Rodrigo Dueñas

    Aunque, como bien señalas, a partir de los 60 se acepta que el cine de una visión y ofrezca una experiencia no agradable, este acercamiento ya había empezado a aparecer tras la Segunda Guerra Mundial, en general en los países que sufrieron la contienda (Italia y Japón sobre todo) y en particular merced a directores que, a contracorriente, lograron plasmar en las pantallas esa amargura y esa desazón a las que a nadie le apetecía aproximarse. Directores que entran en terrenos rehuidos (la realidad, la crueldad, la irracionalidad, el mal) como Buñuel, Bergman o (ya desde el principio con la desoladora “Child of divorce”) el mismo Fleischer.

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    1. elpastordelapolvorosa Autor de la entrada

      Tienes razón, y ya Bazin escribió sobre el “cine de la crueldad”: en realidad pensaba sobre todo en el cine norteamericano aunque, como dices, el sistema de los estudios de Hollywood era más complejo e incontrolable de lo que a veces creemos.
      Lo que llama la atención es que, sobre todo a partir de los 70, se produce un cambio de paradigma muy marcado: las películas se hacen cada vez más oscuras y cínicas, como si los espectadores incluyeran el humanismo y la esperanza entre las cosas pasadas de moda. A riesgo de hacer sociología barata: el cine parece encarnar la conciencia de culpa de las sociedades del “primer mundo” por sus crecientes niveles de bienestar que coexisten con las desigualdades internas, y las modernas formas de explotación colonial y las guerras en países lejanos.
      Tomo nota de “Child of divorce”, que no he visto, y que también fue citada en el cine-club de la Filmoteca.

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  2. Rodrigo Dueñas

    Poco puedo añadir a cuanto dices.
    Como bien apuntas, todo esto también puede formularse en sentido negativo: si bien se abrieron nuevas sendas y se enriquecieron las posibilidades del cine, a la vez se han ido dejando de lado (o desconfiando de ellos, o ridiculizándolos) los sentimientos y los valores positivos (la bondad, la confianza en la gente, la compasión, el afecto, el respeto, el buen humor). En esto (como en otros aspectos) el cine de los últimos cincuenta años es mucho más pobre que el que le precede.
    Indiqué que tras la Segunda Guerra Mundial empezó a aparecer de forma cada vez más frecuente esa visión pesimista o desazonadora, pero ya antes habían surgido casos: Stroheim, Browning o Welles son claros ejemplos (ejemplos tomados precisamente de Hollywood).

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  3. elpastordelapolvorosa Autor de la entrada

    Completamente de acuerdo: el cine, especialmente el norteamericano, se ha hecho más predecible y menos complejo en los últimos años. Si miramos sin prejuicios muchas películas de cineastas que responden al estereotipo humanista o bondadoso (Griffith, Ford, Renoir, McCarey…), vemos que tienen siempre claroscuros e incluyen también el negro en su paleta.

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  4. Teo Calderón

    El director, que ya había abordado dos años antes un tema semejante en “EL ESTRAN­GULADOR DE BOSTON”, conseguía en esta ocasión una realización aún más afilada y precisa. Sin duda, “10 RILLINGTON PLACE” es la película más dura de su filmografía.
    El entorno miserable y condicionador, la atmósfera asfixiante, el pausado ritmo narrativo, las asombrosas composiciones de los actores protagonistas, dieron como resultado un film impresionante cuyas imágenes resultan difíciles de olvidar (como cinéfilo, no deseo olvidarlas).

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  5. elpastordelapolvorosa Autor de la entrada

    Fleischer, que había estudiado psicología, dirigió varias películas sobre criminales psicópatas, de lo que parece desprenderse que tenía cierto interés en este tipo de asuntos. Pero lo impresionante de “10 Rillington Place” es, como bien dices, su precisión afilada: todo está visto desde fuera, en un estilo impasible que no se reviste de coartadas morales ni pretende, a la manera de Hitchcock, crear un trozo de pastel. “La sordidez es nuestro pan / se inserta entre los cuerpos como un huésped incómodo”: estos versos de Guillermo Carnero podrían resumir, aunque sea de forma abstracta y por tanto opuesta al método de Fleischer, el espíritu de la película.

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