Un cuento de Navidad

Las campanas de Santa María (Leo McCarey, 1945)

Es difícil imaginar una película más contrapuesta a Weekend, última comentada en este blog, que Las campanas de Santa María. Hemos podido verla la semana pasada, dentro del excelente ciclo que está dedicando a Leo McCarey la Filmoteca de Cantabria (aunque lamentablemente nos perdimos la presentación de Miguel Marías, una de las personas que más ha hecho en España por mantener vivo el recuerdo del más olvidado de los grandes directores de Hollywood).

Los aficionados que se preocupan por el “contenido” de las películas, o aquellos que sienten por las monjas -o por el himno nacional de Estados Unidos- un odio más intenso que su amor por el cine, tenderán a despachar con una sonrisa de superioridad esta película, tan alejada de la crueldad de qualité de nuestra época, empeñada en arrimar cine y cinismo.

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Como La paura de Rossellini, también protagonizada por Ingrid Bergman, Las campanas de Santa María se inicia con una toma que, desde la parte superior de la torre de una iglesia, desciende hasta el suelo: pero la película no parece transcurrir en esta tierra, sino en un mundo en el que todos los seres son bondadosos y esencialmente honestos, en el que los conflictos y tentaciones siempre se resuelven de la manera más pura; en las antípodas del drama naturalista, se trata de un cuento en el que (en palabras del protagonista) todos los días es Navidad, en el que el papel de Mr. Scrooge (aquí llamado Bogardus) es interpretado por Henry Travers, que encarnaría el año siguiente el del ángel en la película más famosa de Frank Capra.

A pesar de todo, el conflicto principal de la película, relacionado con la decisión de aprobar o no a una niña, Patsy, que no ha alcanzado el nivel exigido en los exámenes debido a sus circunstancias familiares, sigue siendo actual, como se desprende de los debates siempre vivos sobre el nivel de exigencia en la educación y su influencia en los resultados del informe PISA, etc.

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En simetría con este conflicto, en el que los personajes encarnados por Ingrid Bergman y Bing Crosby actúan como jueces de criterios dispares, surge otro en el que la propia hermana Benedict (Ingrid Bergman) asume la posición de Patsy, mientras que el padre O’Malley (Bing Crosby) se debate entre seguir su propia intuición o el criterio del médico, como juez acaso más autorizado.

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La pregunta que plantea la película es si la represión y la crueldad resultan de verdad necesarias, y en qué medida, para alcanzar un presunto beneficio futuro.

Pero la belleza de Las campanas de Santa María no reside en sus aspectos temáticos, sino en algo de lo que es mucho más difícil hablar con precisión -y más en una breve reseña como esta, que de ningún modo pretende, como escribió Keats, destejer el arco iris.

Leo McCarey, en paralelo a otros directores del Hollywood clásico como el citado Frank Capra o desde luego John Ford, parecía tener un don para alumbrar la emoción, sin necesidad de recurrir a la manipulación sentimental ni a argumentos sublimes; Ingrid Bergman estaba obsesionada con interpretar a Juana de Arco, pero bien se podría decir que su interpretación en el tramo final de esta fábula inocente es tan emocionante como la de Falconetti en la mucho más seria película de Dreyer sobre la mártir francesa.

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Formalmente la película no puede ser más sencilla: McCarey presenta las escenas entre dos personajes (separados por puntos de vista divergentes) con un plano común, luego sigue con una sucesión de planos y contraplanos más próximos que recogen los intercambios de miradas de los interlocutores, y termina con una vuelta al plano inicial, un poco más alejado, que no pretende crear ninguna síntesis sino apuntar a la complejidad de la empatía: por ejemplo, la escena en la escalera en que la hermana Benedict, después de un parlamento convencional, vislumbra que tal vez Patsy no quiere que su madre se sienta orgullosa de ella.

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Esta escena tiene su correspondencia con otras en la parte final: la conversación de la monja y la niña antes de la ceremonia de graduación, que empieza con sus imágenes alternas en plano/ contraplano pero que se cierra con un largo plano que las mantiene unidas; y el momento en que el personaje de Bergman abandona el convento con la creencia de que ella también ha sido “suspendida”, y desciende por esa misma escalera, que ahora se presenta llena de sombras.

La mirada del director siempre se sitúa más allá de las diferencias de los personajes, y no excluye ningún punto de vista: acoge las visiones contrapuestas que la hermana Benedict y el millonario Bogardus tienen del nuevo edificio; y reúne a Bergman y Crosby en un mismo plano frontal mientras contemplan admirados la simplicidad de la representación navideña concebida por los niños más pequeños de la escuela, que parece una metáfora de la película en su conjunto.

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En el discurso de graduación, cuando el padre O’Malley se dirige a los alumnos y les dice que para ellos es un día alegre porque se gradúan, el contraplano muestra una imagen genérica de los muchachos; cuando les dice que también es un día triste porque abandonarán Saint Mary’s, pasamos a un primer plano en el que vemos cómo la hermana Benedict -que sabemos que también abandonará Saint Mary’s por otras razones- escucha esas palabras en primera persona: así, este plano enlaza con su última frase en la película: “Yes, I know. Just dial O, for O’Malley”.

Como sugería Max Ophüls, quizá el cine tenga más que ver con la música que con la literatura: quizá todo consiste en esas sutiles reexposiciones, en una mera cuestión de ritmo, de respiración, de renunciar a la música de violines y dejar oír el silencio o el griterío lejano de unos niños en el patio, del tono de voz de los actores, de repetir un plano y un contraplano sin que los personajes intercambien ningún diálogo, de mantener otro plano unos segundos más de lo que otros cineastas harían, sin temor de aburrir o de caer en el ridículo en esos momentos en que la saliva forma un nudo en la garganta: los encuentros con el benefactor imposible, con el amante perdido, con el padre ausente, con el juez que, en beneficio de la duda, renuncia a la crueldad “necesaria”.

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Fuente de las imágenes: dvdbeaver.com / pinterest.com / listal.com / youtube.com / astimesgobye.com

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6 pensamientos en “Un cuento de Navidad

  1. Teo Calderón

    “SIGUIENDO MI CAMINO”, aquella exitosa comedia “parroquial” (sin connotaciones peyorativas en el término) estaba filmada con un sentido casi mágico de la puesta en escena. Es decir, Leo McCarey utilizó una narrativa aparentemente sencilla, utilizando la gramática del clasicismo con enorme talento para enriquecer con matices y amor hacia sus personajes un argumento que sobre el papel podría provocar cierta prevención. Todo ello, en virtud de una cámara tan discreta como oportuna a la hora de situarse en el sitio adecuado para captar el valor de un detalle, de un instante. En fin, todo eso, casi imperceptible, que hace que amemos el cine de McCarey.
    Este film tuvo una feliz secuela que es la que ahora nos ocupa (estupenda reseña de “El pastor de la polvorosa”), en la que de nuevo se hacen maravillas con una trama que induciría a imaginar un insufrible folletín con trasfondo religioso. Pero una vez más el perfecto sentido de la medida y la fina ironía de este gran realizador, con un suave tinte de romanticismo, no solo salvan la función sino que -para mí- la elevan hasta ese nivel de obra maestra emocionante e inolvidable. Para colmo, la Bergman hace una monja de embeleso (cada vez que reviso la película, vuelvo a “enamorarme” de ella).
    Un saludo.
    Un saludo.

    Responder
    1. elpastordelapolvorosa Autor de la entrada

      Gracias por el comentario, Teo, que he tardado algo en ver por culpa de una avería informática que me tiene algo apartado del blog últimamente.
      Tengo muy lejana “Siguiendo mi camino”, pero creo que, como bien dices, las películas no pueden reducirse a sus tramas, y que las de McCarey tratan de seducirnos como espectadores en términos de amor antes que de entretenimiento, reflexión u otras sensaciones: aventuras para recordar, como dice el título de quizá la más bella de sus películas.
      Un saludo

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  2. Sergio Sánchez (@sesaga58)

    Aún no la he visto, supongo que porque “Siguiendo mi camino” en su día no me gustó demasiado, al menos comparada con otras de McCarey. La veré seguro, aunque quería comentar anecdóticamente que creo que algunos espectadores siempre nos vamos a acordar de “The godfather” cuando nos hablen de “Las campanas de Santa Maria”.

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  3. elpastordelapolvorosa Autor de la entrada

    No me acordaba de la cita en El padrino, que me parece que refleja la inteligencia de F.F. Coppola.
    Me gustaría aprovechar tu apunte para sugerir que Las campanas de Santa María es una película no menos perfecta que El padrino, y el hecho de que una esté olvidada y otra elevada a los altares cinéfilos responde sólo al gusto de nuestra época, que privilegia los relatos complejos centrados en el poder. La de McCarey también trata, ¿cómo no?, sobre el poder (el gran tema de las artes narrativas desde el siglo XIX), pero lo hace desde una óptica que requiere un ajuste de enfoque desde el nihilismo contemporáneo.
    Un saludo

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    1. elpastordelapolvorosa Autor de la entrada

      Gracias por el comentario. La única ambición de la reseña era llamar la atención sobre esta película admirable, tan a contracorriente de algunas de nuestras “verdades”.
      Un saludo

      Responder

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