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La mariposa y la serpiente

Porcile (Pier Paolo Pasolini, 1969)

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Porcile está formada por dos episodios que se entrelazan como serpientes apareándose: el método de Intolerancia aplicado a un material que habría puesto los pelos de punta al bueno de Griffith. El primer episodio, mudo, mítico y trágico, transcurre en un país de lava, único territorio en el que el protagonista puede sustraerse a un gobierno de monjes de negros hábitos; el segundo, lleno de palabras, dialéctico y paródico, acontece en época contemporánea, aunque en el marco anacrónico, la terrible simetría, de un palacio dieciochesco: la Villa Pisani en el Véneto, en la que se reunieron Mussolini y Hitler, al igual que en la película lo hacen los magnates Klotz y Herdhidke (este último, con su cirugía plástica, parece una visión profética de Berlusconi).

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El episodio protagonizado por Pierre Clementi nos retrotrae a un pasado impreciso, en el que los hombres manejan armas de fuego pero mantienen condiciones de vida propias de eras más primitivas; no consiste, como anteriores películas de Pasolini, en una recreación de mitos clásicos, sino en la creación de una nueva mitología. Está rodado en las alturas del Etna, al igual que el episodio de las tentaciones de Cristo en El evangelio según San Mateo; como escribió Serge Daney (en una deslumbrante reseña del mismo 1969 en que se estrenó la película, recuperada por el cine-club de la filmoteca de Cantabria), el innominado protagonista es como un Cristo que hubiera cedido a las tentaciones del demonio, un hijo desobediente creador de una nueva religión basada en la transgresión de los tabúes que describió Freud: matar al Padre, afirmar la primacía de los derechos del cuerpo frente al “Tú debes” que dicta la pertenencia a la sociedad “civilizada”.

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En el segundo episodio, el protagonista, Julius, interpretado por Jean-Pierre Léaud, es el retoño de Klotz (Alberto Lionello, haciendo de personaje de Grosz con bigotillo hitleriano).

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Julius es un hijo “ni obediente ni desobediente”, un ser apático que no sigue el partido de su padre, ni tampoco el de su novia potencial, Anne Wiazemsky, una activista revolucionaria recién salida de las películas que hacía por entonces con Godard.

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Los movimientos juveniles del 68 pretendían, siguiendo a Marcuse, unir a Marx y Freud; Pasolini muestra la dificultad de rebelarse contra un padre del que uno puede heredar varios millones de marcos. El mismo autor afirmó que había elegido Alemania como ejemplo extremo de adónde puede conducir la obediencia.

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Con toda su rareza y su hermetismo, Porcile irradia una extraña fuerza de convicción, que se basa quizá en la evidencia formal de sus oposiciones binarias, en la pureza de sus imágenes, que evoca la fe de los primitivos pintores italianos en aquello que narraban (antes de que el dominio técnico de la perspectiva y el claroscuro se convirtiera en una nueva fe tanto o más poderosa). Su austeridad anti-naturalista no impide una representación de la crueldad llena de detalles: el intercambio de miradas en la escena de la violación de una mujer por Sergio Citti:

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…o el personaje de la niña campesina rubia que es la última que acompaña a Julius hasta la pocilga y es testigo de lo que allí ocurre. Hablando de testigos, Ninetto Davoli circula por las dos historias como una suerte de espectador inocente. La película se cierra con el rostro en primer plano de Herdhidke (Ugo Tognazzi) con un dedo sobre los labios: reclama silencio, al tiempo que se tapa la nariz, recordando el gesto previo de Jean-Pierre Léaud ante Anne Wiazemsky.

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Porcile puede verse como una diatriba contra Julius, al que Pasolini enfrenta con su antítesis, el personaje de Pierre Clementi: según esta interpretación, Julius se condena por su incapacidad para comprometerse, su tibieza -que es el peor de los pecados, incluso para el autor del Libro del Apocalipsis: Y escribe el ángel de la iglesia en Laodicea: He aquí, dice el Amén, testigo fiel y verdadero, el principio de la creación de Dios: yo conozco tus obras, que ni eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueses frío o caliente! Mas porque eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca. Porque tú dices: Yo soy rico, y estoy enriquecido, y no tengo necesidad de ninguna cosa; y no conoces que tú eres un cuitado y miserable y pobre y ciego y desnudo.

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Podríamos pensar que el episodio protagonizado por Pierre Clementi es el sueño de Julius durante su estado cataléptico; y su reacción al mismo, al despertar, la que expresó William Blake en este poema del Manuscrito Rossetti, tan enigmático como persuasivo:

Vi una capilla toda ella de oro
En la que nadie osaba entrar.
Muchos permanecían en su umbral
Llorosos, suplicantes, de rodillas.

Entre las blancas pilas de la puerta
Vi que se alzaba una serpiente,
Que forzando y forzando
Arrancó las bisagras de oro.

Sobre el bruñido pavimento,
Incrustado de perlas y rubíes,
Deslizó su viscosa longitud
Hasta lo alto del blanco altar.

Y allí vomitó su veneno
Encima del pan y del vino.
Después yo entré en una pocilga,
Y me eché entre los cerdos. (1)

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Antesala de Saló, Porcile evidencia el pesimismo de un buen lector de Sade: los protagonistas de las dos historias, el hijo rebelde y el tibio, tienen el mismo final trágico, devorados por las bestias.

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Fuentes de las imágenes: actingoutpolitics.com / dvdbeaver.com / pasolinipuntonet.blogspot.com / scalisto.blogspot.com

(1) I saw a chapel all of gold / That none did dare to enter in, / 
And many weeping stood without, / Weeping, mourning, worshipping.

I saw a serpent rise between / The white pillars of the door, / 
And he forc’d and forc’d and forced, / Down the golden hinges tore.

And along the pavement sweet, / Set with pearls and rubies bright, /
All his slimy length he drew / Till upon the altar white.

Vomiting his poison out / On the bread and on the wine. /
So I turn’d into a sty / And laid me down among the swine.

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