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El mundo perdido

El tiempo del pez espada, Islas de fuego, Mina de azufre, Semana Santa en Sicilia, Campesinos del mar, Parábola de oro (Vittorio de Seta, 1954-56)

Este comentario parte de la visión de seis documentales de Vittorio de Seta proyectados en la filmoteca de Cantabria la semana pasada, dentro del ciclo de películas restauradas por la Cineteca de Bolonia, Il cinema ritrovato. Aunque con calidad muy inferior, pueden verse también en youtube.

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El siciliano Vittorio de Seta es una especie de materialista romántico: heredero de Millet y de la escuela soviética de montaje, sus documentales muestran los ritos tradicionales de pesca y cosecha como si fueran actos religiosos, y las procesiones de Semana Santa como rituales profanos.

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Como romántico, asume que en el pasado hay una verdad que hemos olvidado; una verdad que trata de rastrear en las últimas manifestaciones de una forma de vida que en el siglo XX ha terminado por extinguirse en Europa occidental. Por eso, la visión de sus documentales filmados en Sicilia o las islas Eolias en los años 50 lo une para nosotros con los cineastas primitivos, en los que lo primero que llama la atención es la unión milagrosa entre una realidad remota y la tecnología capaz de registrarla. Antes que los sucesos concretos que se muestran o la forma en que lo hacen, lo primero que sorprende es el hecho mismo de que puedan ser mostrados. Luego está el arte del director, que consigue que su obra no se reduzca a un in-forme antropológico de ritos y costumbres.

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Para empezar, el cineasta prescinde del ritual explicativo de la voz en off: unas breves textos introductorios le bastan para situar el contexto de cada película, y el resto lo confía al montaje de imágenes y sonidos, como el cineasta armenio Artavd Pelechian. Pero el romanticismo del siciliano no es del tipo idealista; su mística, un tanto asilvestrada, permanece apegada a la tierra, a lo concreto. Por eso rehúye la abstracción del blanco y negro, otra convención del documental en esos años; es inevitable comparar la visión de Stromboli de Rossellini con la que ofrecen Islas de fuego y Campesinos del mar: el rojo de la lava, de la sangre de los atunes tiñendo el mar en el círculo de las embarcaciones, se impone con violencia (a pesar del deterioro del color de la película).

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El primer cortometraje de la proyección a la que asistí se titula El tiempo del pez espada. El mismo título se inicia con la palabra tempo (en forma dialectal), que en italiano designa, además del tiempo en sentido amplio, la velocidad de la música. Haciendo abstracción de su contenido, la película puede verse como la articulación de un movimiento de aceleración y vuelta al reposo. El contraste entre la calma expectante del inicio (hombres durmiendo sobre las barcas, reflejos de las ondas del mar en los cascos, mujeres que lavan en un arroyo en la playa…) y la repentina tensión de la caza recuerda (aunque aquí se resuelve de forma más brutal) el control del tiempo en el cine soviético de montaje -que podemos evocar a través de su obra más emblemática: la transición desde las brumas del amanecer a la gran escena de la escalera de Odessa de El acorazado Potemkin.

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Es extraordinaria la secuencia de la aparición del pez, su persecución y captura, acompañada en todo su transcurso por el extraño canto del vigía, encaramado en el mástil: con sus exóticas resonancias orientales, este canto parece animar la tensión de los remeros (como un muecín acelerado que llamara a la oración del amanecer), pero también dar expresión humana al miedo del animal que se sabe perseguido, como un conjuro ancestral para debilitar su fuerza. Al final vuelve la calma, pero ahora con un tono festivo, lleno de canciones y bailes. Como en el rito de la pesca de los atunes que se muestra en Campesinos del mar, la muerte de unas criaturas permite la vida de otras. Al margen del comentario de la película, me permito añadir que la receta siciliana de pasta con berenjenas y pez espada merece probarse.

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También está llena de resonancias míticas la película dedicada a una mina de azufre (Surfarara), que transcurre cerca del averno. En contraste, en Islas de fuego todos los humanos miran en silencio hacia arriba: el infierno ha cambiado de posición, y los árboles agitados por el viento tempestuoso parecen la imagen de un oráculo cuyo sentido no sabemos descifrar.

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“El sabor del pan recuerda la luz del sol”, escribió el poeta Czeslaw Milosz. Parábola de oro sugiere ese proceso alquímico, mostrando el procedimiento tradicional de la criba después de la siega: los cerrados encuadres del inicio (las espigas en primer plano y las grandes nubes sobre el horizonte) evocan la inmensidad del mar, invirtiendo el juego de palabras de Campesinos del mar; pero el ingenio de las técnicas tradicionales permite a los hombres enfrentarse a lo aparentemente inabarcable. La representación de todo ese proceso parece una parábola de la labor del cineasta (de criba y organización antes que nada): así se hermana con los campesinos que mueven los cedazos para separar la paja del grano dorado, que duermen la siesta bajo la sombra de un árbol y el canto insistente de las cigarras, y que transportan el grano a lomos de mulos mientras se escucha el ladrido de perros lejanos a la caída del sol.

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Fuentes de las imágenes:
– visioninotturnesostenibili.wordpress.com
– cineforum-clasico.org
– siculisiamo.tumblr.com
– blogs.grupojoly.com
– documentamadrid.com