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Melodrama

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“El melodrama italiano es una obra de arte muy especial, construida al borde de un abismo de ridículo, en el que se sostiene a fuerza de genio. Este equilibrio prodigioso se verifica desde hace un siglo.

(…)

Los pequeños teatros de antaño puede decirse que eran como braseros del sentimiento público.
Un estrado de saltimbanquis, cuatro lámparas de petróleo y algunas calaveras bastaban para tal fin.
Entre el público y los artistas el contacto se producía en un santiamén: y había gritos, abrazos, silbidos, besos y puñaladas.

Hoy el melodrama vive sus últimos días, lleno de achaques -pero vive aún: crudo, concreto, atávico-, como es y ha sido siempre.
Es cierto que es menos antiguo que el Coliseo, por ejemplo, o que la torre de Pisa, pero es más viejo, infinitamente más viejo.

(…)

Verdi es siempre Verdi. Pero aquí sin ninguna retórica, ni énfasis, ni trivialidad oscura, ni fervor coreográfico: aquí, en cambio, frivolidad profunda, vicios, melodías punzantes, ropa interior, cristal de Bacará, risas de cristal, coladas de lavandería, gran mundo, buenos modales, mal sutil, amor y muerte.
En Traviata lo magro y lo grasiento están mezclados con grandeza natural.
Y la inspiración que gobierna este equilibrio milagroso es la más sincera, la más desnuda, la más elegante y tímida que haya habido.
En lo que respecta a su consistencia y su estructura, esta ópera podría flotar sobre el agua, como Ofelia. Como Ofelia, esta ópera muere de amor.
Y así, durante la obra, cuando el éxito hiperbólico alcanza hasta las estrellas, al crítico no le queda otro remedio que poner en marcha sus objeciones al progreso teatral, a la música de vanguardia, al arte nuevo, científico y sin corazón, que, por más reciente que sea, se encuentra ya en último puesto, a la cola de todo el viejo repertorio.

(…)

Caía el telón sobre el último acorde de la ópera y he visto con mis propios ojos llorar a mujeres, viejos y muchachas, y levantarse despacio, muy despacio, a los profesores de la orquesta, pálidos, absortos, sosteniendo sus violines como si fueran paraguas: no se daban cuenta de que la obra había concluido.”

Las citas proceden de Il paese del melodrama de Bruno Barilli; la imagen de Traviata 53, de Vittorio Cottafavi.