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Parque de atracciones

Little Fugitive (Morris Engel & Ruth Orkin, 1953)

Little Fugitive 2

De las películas protagonizadas por niños de los años 50, esta es una de las menos recordadas. No obstante, es un ejemplo pionero de que se puede hacer una película con casi nada (siempre que haya convicción y talento). Influyó claramente en Truffaut, y también constituye una especie de eslabón perdido entre la fotografía de calle y un cierto tipo de cine independiente. Pero Little Fugitive, pese a su sencillez, tiene méritos propios que la hacen merecedora de algo más que una mera nota a pie de página en los anales de la Nouvelle vague o el cine de Cassavetes.

La película participa de la recreación y el hallazgo espontáneo. Combina el documental, en los fondos, con una ficción muy simple en primer plano: casi una excusa para seguir las correrías de Joey por las atracciones y la playa de Coney Island. La trama es muy tenue, pero el hilo narrativo se mantiene sin romperse gracias a un suspense mínimo pero efectivo, asociado al control del tiempo: ¿conseguirá su hermano encontrar a Joey antes de que su madre vuelva de viaje y lo descubra todo?

La ficción nace de la ficción: la fuga de Joey responde a una representación organizada por su hermano mayor –que, con la complicidad de unos amigos, finge haber sido alcanzado por una bala disparada por este. La narración nos acoge en la impostura de los mayores, pero luego nos instala en el punto de vista de Joey, y en la ambivalencia de los juegos infantiles: algo que no es nada, o casi nada, puede vivirse con más intensidad que la mayor de las aventuras. Esa intensidad se acentúa aquí por otro contraste: el protagonista cree disfrutar sus últimas horas de libertad en el modesto paraíso al alcance de la mano de Coney Island. Allí, por unos pocos centavos, los caballos pintados en la acera se convierten en caballitos de tiovivo, y más tarde en ponis auténticos.

Lo invisible cobra forma mediante acciones físicas: así, Joey escapa de casa por la ventana después de haber cogido el dinero que su madre había dejado debajo del teléfono, a pesar de que sabe que no hay nadie. Una vez en Coney Island, el deseo cumplido y renovado sin cesar permite acallar los remordimientos; aunque a veces el rostro del niño se ensombrece bajo una música alegre de acordeón, o desaparece tras una nube de algodón de azúcar.

Little Fugitive 1

Orkin y Engel (que trabajaron con la colaboración del escritor Ray Ashley) no necesitan coartadas neorrealistas para sacar la cámara a la calle y seguir los pasos de Joey: estos niños no viven la dura posguerra de una nación derrotada, ni tampoco en un lugar exótico devastado por seísmos. Y sin embargo, con la perspectiva del tiempo, se puede apreciar que la película registra, probablemente por azar, un cambio de ciclo.

En 1953 los parques de atracciones de Coney Island estaban al borde de la extinción. Disneyland y su larga secuela de modernos parques temáticos acechaban a la vuelta de la esquina. En contraste, Little Fugitive recupera el espíritu de películas como Amanecer (1927), Soledad (1928), Liliom (1930): el parque de atracciones como metáfora del cine –y el niño como metáfora del espectador, que descubre el mundo a través de él. Es como un (penúltimo) intento de recuperar esa infancia perdida del cine como espectáculo de feria; aquel tiempo en el que la voluntad de suspender la incredulidad venía dada en los espectadores de forma natural y espontánea, y no como algo que haya que alcanzar a fuerza de dinero o sensacionalismo.

Pero Little Fugitive no apela a la nostalgia, y es también muy diferente de aquellas películas porque sitúa en primer término la voluntad de observación, la visión fotográfica. La dureza de la luz (sin reflectores ni rellenos), y el modo (tan poco canónico) en que los cuerpos y los objetos se relacionan con los límites del encuadre, tienen aquí una importancia decisiva. Junto con los cortes bruscos de imagen y sonido, aportan una sensación de naturalidad no forzada. Por otra parte, la película parece concebida para que su protagonista pudiera disfrutar del mayor número posible de atracciones; y aprovecha, con el mismo ingenio que él, todas las posibilidades de diversión, o de ensoñación silenciosa, que ofrecen los lugares por los que pasa, para evocar una experiencia proteica que nunca pierde su fondo amable. Si Little Fugitive se basara en la expresión verbal, al final Joey podría decir, como la Zazie de Raymond Queneau: “He envejecido”.

Little Fugitive - foto Ruth Orkin

Fuentes de las imágenes: dvdbeaver.com  / cineinfinito.org

La última es una foto que tomó Ruth Orkin durante el rodaje, y procede de la página dedicada a su archivo.