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Mirar, escuchar, leer

pantalla

Ver bien una película es difícil si uno se proyecta a sí mismo en la pantalla: muchas películas han sido mal vistas a lo largo de la historia por ese motivo. Ver una película es otra cosa: hay que eliminar la identificación emocional. También hay que cambiar el modo de producir las películas.

Pedro Costa (seminario en el festival Nuevas Olas de Santander, 2/10/16)

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Amamos la comodidad, la repetición, los mitos; amamos escuchar siempre lo mismo, con esas pequeñas diferencias que permiten demostrar inteligencia. Escuchar la música: es muy difícil. Yo creo que, hoy en día, es un fenómeno raro. Escuchamos cosas literarias, escuchamos lo que se ha escrito, nos escuchamos a nosotros mismos en una proyección.

Luigi Nono: L’erreur comme necessité. Revue Musicale Suisse, 1983

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– ¿Qué hay de malo en comenzar una novela por el principio?

– El problema es que, si empiezas por el principio, tienes que llegar hasta el final.

– Con un razonamiento así, sin duda… pero ¿qué problema hay en llegar hasta el final?

– Ninguno, naturalmente. Yo también lo hago a veces, cuando quiero conocer el argumento de una narración.

– Pero si no quiere conocer la trama, ¿qué otra cosa puede interesarle?

(…)

– Como artista que soy, considero interesante cualquier pasaje de una novela, incluso fuera de contexto. Encuentro interesante hablar con usted. Es más, me agrada tanto que me gustaría hablar con usted todos los días de mi estancia aquí. Hasta podría enamorarme de usted, si lo desea. Sería verdaderamente interesante. Pero por mucho que me enamore, ello no significa que tengamos que casarnos. Si crees que el matrimonio es la conclusión lógica del amor, entonces conviene que leas las novelas desde el principio hasta el final.

– ¡Qué forma más inhumana, sin sentimientos, tienen los artistas de enamorarse!

– No diga “inhumana” sino “no-humana”, es decir, sin dejarse arrastrar por los sentimientos. Porque leemos novelas con este mismo objetivo no-humano de aproximación, es decir, de no involucrarse, por eso no quedamos enredados en la trama. Para nosotros es interesante abrir un libro al azar, con la misma imparcialidad con la que dibujamos un cuadro; se trata de leer sin objetivo fijo cualquier pasaje por donde lo hayamos abierto.

Natsume Soseki: Kusamakura (Almohada de hierba) Ediciones Sígueme. Salamanca, 2009

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Fuentes de las imágenes: linternamagicasevilla.blogspot.com / mubi.com / criterionforum.org

¿Cómo vive la otra mitad?

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Mi interés por las fotos de Jacob Riis se remonta a hace mucho tiempo, tanto tiempo como me gusta el cine, no hago ninguna diferencia. Siempre he visto películas y, en paralelo, he prestado atención a la fotografía. En cierta forma, la fotografía es siempre mucho más simple y bella que el cine, al menos que el cine reciente o contemporáneo, porque siempre vemos a la gente, la sociedad humana, nuestro mundo. Me refiero a la fotografía realista, el reportaje – los paisajistas o la foto “artística” y experimental no me interesan nada. Lewis Hine, Eugene Richards, Roy DeCarava, Robert Frank, Riis, me gustan mucho y desde hace tiempo. Hay fotos que te aportan mucho más que una película.

Pedro Costa: revista lumiere

Algunas viejas fotos de Jacob Riis abren Cavalo Dinheiro, la última película de Pedro Costa.

Fuente de las imágenes: poulwebb.blogspot.com

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Memoria histórica

Centro histórico (Kaurismäki, Costa, Erice, Oliveira, 2012)

Recupero este texto que escribí hace un par de meses sobre el último ejemplo de ese extraño subgénero que son las películas de episodios sobre ciudades. Cualquier intento de valoración de la obra como conjunto conduce a un callejón sin salida, así que es preferible centrarse en sus partes como si fueran películas independientes, agrupadas con el único fin de hacer posible su explotación comercial en salas. Dos de estas películas permanecen entre lo mejor que recuerdo haber visto en 2013.

El productor de Centro Histórico reunió, en torno a la ciudad de Guimarães y su capitalidad cultural, a 4 directores europeos a los que admira, y les puso sólo dos limitaciones: debían tratar el tema de la memoria, y hacerlo en menos de media hora. El resultado agrupa 4 películas bien distintas, que, como suele ocurrir en estos casos, poco tienen que ver en cuanto a estilo, ambición (uno de los directores hasta se saltó la limitación temporal) e interés.

Captura de pantalla 2014-02-25 a las 22.09.04El sketch titulado El camarero de Kaurismäki delata la presencia de un cineasta que tiene bien claro lo que quiere mostrar en cada momento, y que lo resuelve con brillantez; paradójicamente, esa maestría en el detalle brilla por su ausencia en la concepción global del corto, que, tal como se nos presenta, deja una sensación de desconcierto, de falta de conclusión: ¿qué nos pretende decir con esto?

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El corto final de Oliveira ha sido definido por la crítica como un chiste: poco tengo que añadir, salvo que el chiste no tiene gracia (al menos para mí), y que, salvo algunas imágenes bellamente compuestas, su desarrollo no añade mucho a lo que se desprende del título, o de un resumen rápido de la idea. Es una obra que interesará especialmente a los detractores de Oliveira, al darles una buena (y breve) oportunidad de reafirmarse en sus tesis.

Las películas centrales constituyen el meollo de Centro Histórico, y justifican con creces su visión. Pero son, nuevamente, muy diferentes.

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Pedro Costa vuelve a colaborar con Ventura, el inmigrante caboverdiano que protagonizara Juventud en marcha. Su película, Exorcismo dulce, consiste en una larga escena en un ascensor, enmarcada por un prólogo y un breve epílogo, y evoca las persecuciones de negros por parte de miembros del ejército portugués durante los días de desorden de la Revolución de los Claveles. La película es ardua y experimental, y casi parece más próxima al videoarte que al cine narrativo convencional: no deberíamos enfrentarnos a ella buscando realismo (salvo que queramos no entender nada); podría ser, para entendernos, como la plasmación de una pesadilla. Costa consigue imágenes de enorme potencia expresiva con mínimos elementos, como un músico de jazz que exprime esforzadamente un tema simple para extraer de él hasta la última gota de armonía, hasta atraparlo en la voz única de su instrumento.

Captura de pantalla 2014-02-25 a las 22.14.16

Vidrios rotos nos permite reencontrar a Víctor Erice, convertido aquí en el último humanista clásico del cine europeo (el único junto a Ermanno Olmi al que podríamos invocar como heredero de Rossellini): esta película, la más larga y la menos enfática del conjunto, es como una elegía, densa y transparente al mismo tiempo, que registra con respeto y humildad, a su misma altura, a las personas humildes que le prestan su imagen y su voz, el relato de sus vidas.

Son sus vidas, pero también podrían ser las de otros muchos, de modo que su relato también tiene algo de síntesis del siglo XX, de su andadura y sus cambios. La síntesis es el rasgo esencial de una película cuyo tempo, contemplativo pero sin pausas, marca desde el principio el uso del fundido-encadenado: obreros y actores, testigos presentes y mudos, se unen en un final emocionante, en el que los tiempos se funden y Erice hace, literalmente, un travelling por el pasado. No daré detalles, ni tampoco sobre lo que ocurre después, porque no puede expresarse con palabras: hay que verlo.