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La ciudad de la niebla

Inherent Vice (Paul Thomas Anderson, 2014)

En los años 70 una nueva tendencia cristaliza en la narrativa norteamericana. La posmodernidad supone para la literatura una operación similar a la del pop para las artes plásticas en la década anterior, con su trasmutación de los valores (la ironía en lugar de la pasión, la sorpresa en vez del misterio), su mezcla de las funciones del productor y el consumidor para llegar a un mundo sin sombras, en dos dimensiones, en el que no es posible soñar con vivir.

Lo posmoderno sigue teniendo aún, a veces, mala prensa, olvidando que lo superficial no tiene por qué ser banal. Sin recurrir al panteón de los clásicos (Borges o Nabokov, heraldos del movimiento), la figura de Thomas Pynchon constituye entre los autores vivos la refutación más evidente de aquella equiparación, y su anteúltima novela, Inherent Vice, una prueba palpable.

Shasta paseó despacio hasta la playa y luego por la arena húmeda su nuca dibujaba una curva cuyo encanto ella conocía bien desde la época en que se acostumbró a dar la espalda. Doc seguía las huellas de sus pies descalzos, que ya se deshacían bajo la lluvia y entre las sombras, como en una estúpida tentativa de encontrar el camino de vuelta a un pasado que, pese a ambos, había acabado en el futuro que era. El oleaje, solo visible por momentos, le martilleaba el espíritu y le desprendía a golpes los pensamientos, algunos para que cayeran en la oscuridad y se perdieran para siempre, otros para que se quedaran oscilando al borde de la luz intermitente de su atención, tanto si quería verlos como si no.

Si leemos este párrafo pensando en la adaptación al cine llevada a cabo por Paul Thomas Anderson, habría que sustituir pensamientos por imágenes (pues son estas, y no aquellos, la meteria prima de la poesía); la primera sensación que produce la película para un lector de Pynchon es la de pérdida irreparable: todas esas imágenes que han quedado en la oscuridad.

Esto pasa siempre con todas las novelas largas adaptadas al cine, ya que el trasvase implica siempre una pérdida de complejidad; la clave está en lo que se nos ofrece a cambio, en si el cine aporta, no un equivalente imposible, sino una obra nueva cuya entidad nos haga olvidar el punto de partida. Paul Thomas Anderson está fascinado por la novela de Pynchon, pero no creo que logre ese objetivo (y dudo que consiga muchos lectores nuevos para aquella).

El lenguaje y la estructura son los ligantes que mantienen en pie a la novela: la película, inevitablemente, simplifica su estructura (ni siquiera una serie de TV de culto, larga y no explicativa, podría replicarla con fidelidad sin desesperar al espectador: ya que el rebobinado es una acción muy diferente a la de volver unas páginas atrás para refrescar la aparición previa de un personaje); y, en términos cinematográficos, no aporta nada que pueda rivalizar con el lenguaje literario de Pynchon. El atrezo y la dirección artística parece tener más peso aquí que la dirección en sentido estricto. El Hollywood actual forma parte del interior sumido en la niebla y no del reino solar de la playa donde habita Doc Sportello; el estilo eléctrico y las pautas repetitivas de Pynchon, las citas de la cultura popular (incluyendo la parodia de la novela negra), o las metáforas sobre el devenir del sueño americano (las conspiraciones inexplicadas que, aprovechando la ola de paranoia colectiva originada por el paranoico Charles Manson, unen la especulación urbanística, la guerra de Vietnam, el narcotráfico, la sanidad privada, el juego, la seguridad privada y los manejos de la policía local y federal) se pierden en un magma indiferente a los detalles, como una fiesta de disfraces de ricos en la que asoma, en este caso sin paliativos, la máscara multicolor de la banalidad.

Doc entró en la Santa Monica Freeway y, cuando estaba haciendo la transición a la circunvalación sur de San Diego, la niebla empezó su desplazamiento nocturno tierra adentro. Se apartó el pelo de la cara, subió el volumen de la radio, se encendió un Kool, se repantingó cómodamente para conducir y contempló cómo todo iba desapareciendo poco a poco, los árboles y arbustos a lo largo de la mediana, el depósito de autobuses escolares amarillos en Palms, las luces en las colinas, los rótulos de encima de la autopista que te decían dónde te encontrabas, los aviones que descendían hacia el aeropuerto. La tercera dimensión se tornaba menos fiable por momentos, una hilera de cuatro intermitentes delante de él podía pertenecer tanto a dos coches distintos en carriles contiguos a una distancia prudencial como ser un par de faros dobles del mismo vehículo, delante de sus narices… no había modo de saberlo. Al principio la niebla llegaba en capas separadas, pero al poco se volvió espesa y uniforme, hasta que lo único que pudo distinguir Doc eran los haces de luz de sus propios faros, como los pedúnculos de un extraterrestre, apuntando a la blancura silenciosa de delante, y las luces de su salpicadero, donde el velocímetro era la única forma de saber lo rápido que iba.

Fue avanzando hasta que finalmente encontró otro coche detrás del que circular. Al cabo de un rato vio en el retrovisor que otro vehículo se había situado a su vez detrás de él. Iba en un convoy de tamaño desconocido, en el que cada coche mantenía al que llevaba delante a una distancia suficiente para ver sus luces traseras, como una caravana en un desierto de la percepción, reunida temporalmente para buscar seguridad al atravesar un trecho de ceguera. Era una de las pocas cosas que había visto hacer gratis a los habitantes de esta ciudad, excluyendo a los hippies.

 

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