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Libertad color de hombre

La pirámide humana (Jean Rouch, 1960)

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Hace unos días, los asistentes al curso “La revolución cinematográfica de los años 60” que imparte Paulino Viota en la Filmoteca de Cantabria pudimos ver La pirámide humana, una película diferente a todas las demás. En ella, Jean Rouch encuentra cómo el roce de lo distinto crea fuerzas de atracción hasta entonces desconocidas: los chicos blancos se sienten atraídos por las chicas negras, los chicos negros por las chicas blancas, y recíprocamente, rompiendo el apartheid “light” de la sociedad poscolonial de Costa de Marfil; a otro nivel, el documental se siente atraído por la ficción, con el mismo ímpetu irresistible con que las olas rompen contra un barco abandonado, y ambos cruzan a otro umbral a través de la poesía,

aquella tarde, ya cerca
de los últimos follajes
con sus cimas de palmeras.

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La pirámide humana es una de las más bellas películas surgidas de la inspiración surrealista, y la que mejor encarna la idea de André Breton de que solo a través de la poesía se puede transformar la vida. Lo dice Denise, mientras vemos a Nadine y Baka que andan juntos en bicicleta: “la poesía lo cambió todo, entró en nuestros corazones como un veneno maravilloso.”

Una parte del contenido de la película está escenificada a partir de algunas de las imágenes del poema de Éluard La dame de carreau (tomado de la colección Los bajos de una vida, o la pirámide humana), del que incluyo una traducción más abajo (1). Los préstamos del poema no están tratados a modo de ilustración (lo que sería una especie de traición surrealista), sino de libre asociación: así, vemos cómo el protagonista masculino del poema se traduce en algunos momentos en el personaje de Baka (que, sentado en el banco de delante, se da la vuelta para pasarle a Nadine su examen), y en otros en el de Raymond (que la acompaña en la noche, sosteniendo su mano); pero finalmente es Nadine la que encarna la figura central, deslumbrada por la luz, de ese amante del amor que vive las mismas experiencias con amantes siempre diferentes: desde su posición inicial de inocente recién llegada –une debarquée-, sentada en la primera fila en el instituto, hasta que se embarca en la aventura sin preguntarse, al igual que el cineasta, qué fuerzas desencadenará.

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Rouch se atreve también a poner en imágenes el poema de Rimbaud que he citado antes (2), Realeza. Se trata de uno de los textos más accesibles de Las iluminaciones; aunque desarrolla una metáfora con elisión del término real, es fácil encontrar un buen candidato para este: una boda, en la que los novios se sienten reyes por un día. Rouch se atreve incluso a mostrar ese término real (aunque, dentro de la compleja red de niveles de realidad que teje la película, no como un suceso, sino como imagen mental), y lo asombroso es que su versión no resulta una trivial “explicación” de Rimbaud, sino que mantiene su temperatura poética gracias a la utilización de los escenarios, la luz, los ídolos sincréticos, y el misterioso gesto último en que Nadine se oculta el rostro con el pelo, como si se convirtiera en una figura de Magritte.

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Nadine es una de las presencias de mujer más atractivas que pueden verse en una película: quizá por no ser una actriz, se limita a reflejar con desnudez conmovedora la mirada de Rouch, el deseo del hombre maduro por su espontaneidad juvenil, su inconsciencia que acabará desatando el drama (que sentimos como real a pesar de que todos, actores y espectadores, lo sepamos ficticio: porque tal es el poder de las imágenes, que lo convierten todo en verdadero).

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La pirámide humana es una película sobre el deseo y la indecisión; sobre los tabúes y sobre el racismo; sobre el amor como necesidad; sobre la ausencia del padre (ni siquiera los profesores aparecen más que como voces en off); sobre jardines abandonados y otros lugares secretos de la infancia; sobre la música (el rasgueo de unas guitarras, el silbido de un barquero, un nocturno de Chopin sobre el fondo de los pájaros y las cigarras del atardecer, o una canción lenta y lejana, aprendida de marineros españoles); sobre los cuerpos: bailar, por supuesto, ya que estamos en África, pero también bañarse, andar juntos en bicicleta, abrazarse en una piragua, tocarse, andar descalza en un barco o por la ciudad; sobre las formas de transformar la realidad; sobre la contundencia con que los jóvenes se enfrentan a los problemas de los adultos y su fragilidad ante los propios de su edad; sobre adolescentes que son a un tiempo muy viejos y muy jóvenes; sobre el contraste entre las aguas calmadas de la laguna y las embravecidas del mar abierto.

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La primera imagen de la película está partida en dos: opone la inercia de una terraza parisina que parece una jaula de cristal (en la mitad izquierda) con las figuras de Denise y Nadine, caminando entre otros transeúntes, a la derecha.

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A diferencia de los padres y maestros, quien sí aparece en imagen, insólitamente, es el director: para ello debe convertirse en un mero agente provocador (como diría Gimferrer), abandonar la pecera del afán de control y la posición de dominio, igualarse con los jóvenes como uno más de los admiradores de Nadine. De este modo, lo que en otra película serían fallos de técnica (de raccord, sincronía, composición, exposición, enfoque…), aquí forman parte del juego -cuya única regla es la improvisación espontánea, como declara al principio el propio cineasta.

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Rouch no se pierde en el reflejo de la bella apariencia de las cosas, sino que aspira a otra veracidad -iba a decir que más profunda, lo que, en este contexto, es un ejemplo de escritura automática muy poco surrealista-, pero que en todo caso no existiría sin la propia película, alejada de toda noción preconcebida de perfección formal, y en la que, a pesar de todo, la belleza hace acto de presencia dando la mano al azar.

(1) Paul Éluard: La reina de diamantes
Cuando era muy joven, he abierto mis brazos a la pureza. No fue más que un batir de alas en el cielo de mi eternidad, un latido de corazón amoroso que bate en los pechos conquistados. No podía caer más. Amando el amor. En verdad, la luz me deslumbraba. Retengo bastante de ella en mí para mirar a la noche, toda la noche, todas las noches. Todas las vírgenes son diferentes. Sueño siempre con una virgen. En el colegio, ella está en el banco delante del mío, con un delantal negro. Cuando ella se vuelve para preguntarme la solución de un problema, la inocencia de sus ojos me confunde hasta tal punto que, tomando mi turbación con piedad, ella pasa sus brazos en torno a mi cuello. En otros lados, ella me abandona. Sube a un barco. Somos casi extranjeros el uno para el otro, pero su juventud es tan grande que su beso no me sorprende. O bien, cuando está enferma, aprieto su mano entre las mías hasta morir, hasta despertarme. Corro a sus citas con tanta rapidez como miedo tengo de no tener tiempo de llegar antes de que otros pensamientos me roben a mí mismo. Una vez, el mundo iba a terminar y nosotros lo ignorábamos todo de nuestro amor. Ella ha buscado mis labios con movimientos de cabeza lentos y acariciantes. Yo he creído, aquella noche, que podría traerla hasta el día. Y es siempre la misma confesión, la misma juventud, los mismos ojos puros, el mismo gesto ingenuo de sus brazos en torno a mi cuello, la misma caricia, la misma revelación. Pero no es nunca la misma mujer. Las cartas han dicho que yo la encontraré en la vida, pero sin reconocerla. Amando el amor.

El procedimiento de Rouch puede recordar a la “versión cinematográfica” que hizo Man Ray del poema de Robert Desnos L’etoile de mer.

(2) Rimbaud: Realeza. Cito la traducción de Jorge Guillén (Homenaje), que convirtió la prosa del original francés en un poema en metro castellano:

Era una mañana clara,
Y una soberbia pareja
Alzaba en la plaza gritos.
« ¡Yo quiero que sea reina!»

Ella temblaba riéndose.
A los amigos él, mientras,
Habló de revelación
Y de victoriosa prueba.

Reunidos como a solas
Un solo goce ya eran,
Y radiantes, inocentes,
Daban al día más fuerza.

Sin disputa fueron reyes,
Una mañana de veras,
Cuando hacia el sol se tendían
Altos carmines de telas,

Y reyes fueron aún
Aquella tarde, ya cerca
De los últimos follajes
Con sus cimas de palmeras.

Fuentes de las imágenes: elindefilocinesnable.blogspot.com / bfi.org.uk / youtube.com