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Un árbol, una roca, una nube

Una pastelería en Tokio (Naomi Kawase, 2015)

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La última película de Naomi Kawase, que pudimos ver en la Seminci de Valladolid, resulta elusiva a pesar de su simplicidad, y su definición parece reclamar los opuestos: moderna y accesible para los públicos occidentales que sean capaces de convivir con su lentitud, está al tiempo enraizada en tradiciones japonesas como los relatos de intención moral que componen los monogatari; también podría verse, poéticamente, como un relato de fantasmas que entrelazan sus deseos con los de los vivos y se mezclan en su realidad prosaica de una forma similar a la que lo hacen los cerezos en flor en el momento en que arranca la trama.

En ese momento de estallido de la naturaleza, Sentaro (Masatoshi Nagase), el encargado de una minúscula pastelería especializada en la elaboración de dorayakis (una galleta compuesta por dos crepes con un relleno intermedio de anko, una salsa dulce de alubias), que está buscando un ayudante, recibe la visita de una anciana, Tokue (Kirin Kiki), que desea el puesto a toda costa. Venciendo sus resistencias iniciales, Sentaro la contrata tras probar una muestra de su anko, que encuentra increíblemente rico en comparación con el prefabricado que él utiliza; y la misma experiencia tendrán después los clientes del pequeño negocio, que empezarán a multiplicarse a partir de entonces. Entre estos, destaca una adolescente llamada Wakana (Kyara Uchida, nieta en la vida real de Kirin Kiki), que parece sacada de la anterior película de Kawase, Aguas tranquilas.

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El relato, muy simple, añade luego otros elementos, y juega con el contraste entre las jaulas que otros nos imponen y aquellas en que nosotros mismos elegimos encerrarnos; como en algunos cuentos de Isak Dinesen, la cocina funciona aquí como una metáfora de la creación artística, del don que no admite contraprestación alguna.

Sería fácil criticar la película como un producto new age para occidentales interesados superficialmente por el zen; más difícil es dejar atrás nuestros códigos y normas (y no me refiero solo a los occidentales, porque la directora rompe, creo que deliberadamente, con las estéticas del cine japonés) para tratar de ver lo que la película nos muestra. El estilo de Kawase no rehuye la imagen bella, pero el tono dominante es de suciedad visual, en contraste con la limpidez del relato: el recurso a la cámara en mano, el desprecio de las reglas de la composición clásica, la acumulación de superficies superpuestas o desenfocadas, el velo (flare) y los ghosts del objetivo en las frecuentes tomas a contraluz, son elementos que tienden a quitar peso, nitidez, saturación, y también a que no olvidemos que asistimos a una representación en la que la cámara, con sus imperfecciones, actúa como intermediaria.

La lentitud de la película no es esencialmente contemplativa, como la de otros directores asiáticos; la anciana Tokue no contempla las formas y detalles de las cosas, sino que escucha historias; considera que todos los seres, incluso los más modestos, como unas simples alubias, tienen una historia que contar. Y por eso es también capaz de escuchar a los humanos, aunque estén encerrados en la soledad y el silencio, como les ocurre a los otros dos protagonistas, que completan una especie de cuadro de las tres edades.

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El poso que deja la película me recuerda a un breve cuento de Carson McCullers titulado Un árbol, una roca, una nube, que puede resumirse en la frase de Lubitsch que Godard citó en su Carta a Freddy Buache: “Si sabe usted filmar las montañas, filmar el agua y los campos, sabrá filmar a los hombres”.

Si anteriores películas de Kawase pecaban de exceso de ambición, Una pastelería en Tokio puede parecer, por el contrario, demasiado poca cosa si la juzgamos con frialdad intelectual; creo que, por sus pretensiones, requiere otro tipo de acercamiento, y que podría integrarse en una tradición hoy casi perdida que cultivaron, en sus obras “menores”, cineastas como Griffith, Vidor, Wellman, Borzage, Ford, McCarey, o desde luego el propio Lubitsch. El tiempo dirá si Kawase, tan diferente, puede alinearse con ellos.

Fuentes de las imágenes: variety.com / indiewire.com / the guardian.com