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El juego del amor y del azar

La regla del juego (Jean Renoir, 1939)

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Pese a la naturaleza compleja y de múltiples caras de La regla del juego, su planteamiento es de una rapidez casi brutal: la misma con la que aterriza en tierra francesa un avión que acaba de efectuar (estamos en 1939) una travesía trasatlántica. El punto de vista de la primera escena es el de una reportera radiofónica que inicia la retransmisión directa del evento y se une, tras el aterrizaje, a los espontáneos que atraviesan el cordón policial en pos del héroe, André Jurieux (interpretado por Roland Toutain). Este acaba de bajar del avión, algo aturdido, ayudado por los técnicos y saludado por las autoridades, y se informa, a través de su amigo Octave (Jean Renoir), de que cierta mujer a la que esperaba no ha venido a recibirlo. La reportera aparta a Octave de un empujón, y aborda a Jurieux para una entrevista en directo: le pide que “diga cualquier cosa, que es feliz…”

En ese momento, hay un salto de eje: Jurieux responde, con los ojos bajos y una sinceridad fuera de lugar, que está, por el contrario, muy triste, que nunca se había sentido tan decepcionado en su vida, debido a la ausencia de una mujer, por la cual había emprendido su temeraria expedición y que no se ha molestado en ir a recibirlo. El tono de su voz se eleva cuando la acusa públicamente de deslealtad, y la imagen pasa, con la misma brusquedad, a un aparato de radio: cuando la cámara se eleva por encima, comprendemos que estamos en las habitaciones de esa mujer, que resulta ser la marquesa de la Cheyniest (Nora Gregor), quien escucha la retransmisión con su doncella (Paulette Dubost). Desde la radio, hasta la periodista disculpa a Jurieux: “ha hecho un gran esfuerzo y está muy cansado para una entrevista”. Tras una imagen cercana del rostro inexpresivo de la marquesa, que se ha acercado hasta la posición de la cámara, un nuevo corte nos devuelve al aeródromo: allí la reportera entrevista a un ingeniero aeronáutico, que dice lo que se espera de él.

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La primera secuencia, a la que mi intento de descripción no hace justicia, refleja a la perfección el estilo de la película: conversaciones y figuras superpuestas, movimiento incesante y una planificación esencialmente fluida (que oscila entre una visible tendencia a mantener la continuidad de la imagen, y un uso muy marcado del montaje para enfatizar un momento de intimidad, el gesto de un actor). Con ello se obtiene una lograda sensación de vivacidad, de que la cámara se ha entrometido, casi a empujones, en medio de un suceso real.

Antes de esta primera escena, la película se inicia con un rótulo que debe entenderse en sentido irónico: “no pretende ser un estudio de costumbres, sus personajes son puramente imaginarios”. Luego aparece una cita textual de Las bodas de Fígaro de Beaumarchais; hacia el final de la película se cierra el círculo con otra cita de una situación de la misma obra, cuando la marquesa se viste (en este caso accidentalmente, y con un sentido muy diferente al de Beaumarchais y Mozart) con las ropas de su doncella Lisette (una doble de Susanna).

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Como antes El crimen de Monsieur Lange y La gran ilusión, La regla del juego insiste en la visión idílica de la fraternidad posible entre personas de distintas clases sociales (recordemos la visión de Sylvia Bataille sobre Renoir: un burgués vergonzante que ansiaba convertirse en proletario). Pero en esa fraternidad soñada no hay lugar para los encuentros amorosos entre señores y criados; a diferencia de lo que ocurre en las obras de Marivaux y Beaumarchais, que proceden de la tradición de la commedia dell’arte (y con la salvedad de la relación, de la que se habla pero que apenas se vislumbra en imágenes, de Octave con Lisette), aquí el amor revolotea sólo entre personas de la misma clase.

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Quizá la circunstancia histórica del año 1939 tuvo influencia sobre el carácter más oscuro, menos optimista, de esta película respecto a sus antecesoras citadas; la agresividad de Alemania quizá tenga su caricatura en la figura desapacible del guardabosques alsaciano Schumacher (Gaston Modot). La escena de la cacería muestra, con toda precisión, la violencia subyacente de aquella sociedad, e introduce un contrapunto a la comedia, al juego del teatro dentro del teatro de la mansión de La Colinière (cuyo mayordomo se llama Corneille).

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La regla del juego destaca por su agudeza crítica y, al mismo tiempo, por su ausencia de juicios morales determinantes: no hay en ella piezas blancas y negras, todos los personajes mienten a los demás y se mienten a sí mismos, desean una cosa y al cabo de un rato la contraria… Hay quien miente para subsistir (como el furtivo Marceau, interpretado por Julien Carette), mientras que otros lo hacen por vanidad o simpleza. Jurieux no es un héroe de una dimensión sino que, en el momento en que ve cumplirse su deseo, se vuelve racional y burgués. La marquesa, la más sincera entre los de su clase, comenta a su marido que “las mentiras son vestidos demasiado pesados”. El marqués, interpretado con fantasía de otra época por Marcel Dalio, aparece como un hombre débil e inseguro. Renoir encarna a Octave, el único personaje que se conoce a sí mismo (aunque después de su momento de lucidez ante la fachada de la mansión, que parece un escenario desierto, está otra vez a punto de dejarse llevar por las ilusiones): el que confiesa mucho antes, en una frase que se ha hecho célebre, que “querría esconderse en un agujero para no tener que decidir lo que es justo e injusto; porque lo terrible es que todo el mundo tiene sus razones.”

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Según Marcel Duchamp (1), el arte “no es más que un jueguecillo de los hombres de todos los tiempos: pintan, miran, admiran, critican, intercambian y cambian. Hallan en eso un escape a su necesidad constante de escoger entre el bien y el mal”. Renoir como director no se esconde en ningún agujero: su arte es un juego sin reglas prestablecidas pero también algo más que un juego (jouer en francés es también interpretar), heredero de la tradición moralista de la literatura de su país, que muestra (sin juzgarlas) las flaquezas y las razones de todos sus personajes, sus movimientos imprevisibles pero en último término inevitables.

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Fuentes de las imágenes:
– premiere.fr
– photogrammes.canalblog.com
– lagedorducinemafrancais.blogspot.com
– dvdbeaver.com

(1) Pierre Cabanne: Conversaciones con Marcel Duchamp. Traducción de Mª. Teresa Gallego Urrutia. Fundación Helga de Alvear. Cáceres, 2013.