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Casa de muñecas

El terror de las chicas (Jerry Lewis, 1961)

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La sonrisa puede ser conformista, pero la risa tiende a la destrucción. La comedia más extrema permite poner entre paréntesis las normas sociales, y también las cinematográficas: El terror de las chicas, una película llena de resonancias oníricas y psicoanalíticas, invierte los roles sexuales al mismo tiempo que da la espalda a la narración cinematográfica convencional, anteponiendo la discontinuidad y el artificio al relato cerrado y congruente.

El terror de las chicas fue la segunda película de Lewis como director -una faceta que aprecio mucho más que su labor interpretativa; está guiada por la lógica de una pesadilla, y sus peripecias delatan los miedos e inseguridades del varón norteamericano en la época de la posguerra. Resulta improbable que ningún espectador masculino se sintiera impulsado a identificarse con Herbert H. Heebert (un nombre que recuerda a Humpty Dumpty o Humbert Humbert), aunque quizá podemos reconocer algunos de sus traumas en los personajes de muchas otras películas americanas de la misma época. Tampoco las mujeres salen mejor paradas: desde la sorda verborrea de Katie hasta la gordura operística de la señora Wellenmellon, pasando por las anónimas huéspedes de su mansión, envueltas en sorprendentes armonías de color.

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Tras una breve presentación, la película transcurre en su totalidad en un gigantesco decorado que no oculta su condición de tal: una casa de muñecas de tamaño natural, de la que, irónicamente (si recordamos el drama de Ibsen), es el hombre quien debe escapar para liberarse de su papel de chico de los recados (inversión de la doncella doméstica), que las mujeres le imponen a cuenta de su narcisismo, aún más fuerte que su cobardía y su torpeza de niño demasiado mimado; un niño que viaja con su casa a cuestas, disimulada en una maleta de aspecto prosaico, duerme con el culo en pompa, y no puede soportar la idea de ser “traicionado” por una mujer.

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Aquel que, según el mandato del ello, debería comportarse como el rey de la selva, se ve impulsado a huir de las mujeres (como Buster Keaton en Las siete ocasiones), dominado por un super-yo que se parece extrañamente a su madre; de este modo, se ve reducido a la condición de perrillo faldero, de niño que todo lo rompe (desde los jarrones y juegos de cristal hasta el sombrero del gángster o la retransmisión televisiva).

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El infantilismo del personaje lo somete a la continua humillación de su hombría: así, es abofeteado repetidas veces por una mujer, baila como una chica con George Raft, e incluso, como las mujeres de Barba Azul, tiene una puerta prohibida -cuya violación da paso a un escenario virginal en el que Herbert experimenta la seducción onírica de una mujer cartilaginosa: en oposición al colorido delirante del resto, esta escena, que constituye el centro de la película, está dominada por el blanco y negro.

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Igual que el viajero del tiempo de H.G.Wells volvía del futuro con una flor amarilla, Herbert sale de la habitación prohibida con el gorro negro de la mujer: una prueba de que no ha sido un sueño.

Junto a esa escena fantástica, su relación personal con una de las chicas permite la maduración personal de Herbert; cuando ella lo defiende en público en la sala del desayuno, el personaje renuncia finalmente a la huida y el último gag (tan distinto del encuentro con el león de Chaplin en El circo) sugiere que quizá, a partir de entonces, empezará a comportarse como el monarca del harén –aunque siga sintiendo pavor, tanto como las chicas, ante ese león que late en su interior, mantenido bajo llave por la represión sexual.

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Las películas de Jerry Lewis son como una isla en el reino del relato de Hollywood, un intento de buscar alternativas al lenguaje dominante de la narración y la identificación -y también, en este caso, una premonición de la visión crítica de los roles sexuales construidos por los géneros del cine americano, que años después propondrían artistas como Cindy Sherman o Martha Rosler-; retazos de cómic manierista en los que la limpieza del dibujo clásico es suplantada por una pintura trepidante, llena de muecas, contorsiones y colores sutiles.

Fuentes de las imágenes: lyriquediscorde.com / mubi.com / fourthreefilm.com / houseofmirthandmovies.wordpress.com / martharosler.net / antonellasarullo1308940.wordpress.com