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El malestar en la cultura

El testamento del doctor Cordelier (Jean Renoir, 1959)

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El testamento del doctor Cordelier adapta la novela corta de Stevenson El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde. A estas alturas la obra ha adquirido tal fama que es materialmente inconcebible que pueda haber un solo lector que ignore, al enfrentarse al relato, que Jekyll y Hyde son en realidad la misma persona: esto arruina el suspense y la sorpresa que eran quizá posibles para un hipotético lector originario, pero permite que el lector actual, incluso en un primer acercamiento a la obra, sea consciente de su refinada estructura narrativa -que esta película (realizada para la televisión) sigue con mayor fidelidad que las restantes adaptaciones cinematográficas que aquella ha conocido.

Por ello sería equivocado (y desde luego decepcionante) ver esta película como obra de suspense: la única incógnita que le resta al espectador es la de saber cómo los personajes, y en concreto Maître Joly (un nombre irónico, ya que el personaje, auténtica contrafigura de Cordelier, nada tiene de “bonito”), llegarán a darse cuenta de que Monsieur Opale y el doctor Cordelier son en realidad la misma persona. Tampoco el encuadre en el género fantástico parece pertinente, y desde luego Renoir (a diferencia de Jerry Lewis en su propia recreación del mito, tan estilizada y colorista) no muestra ningún interés por las escenas de transformación. El relato de Stevenson le sirve en realidad al director francés como excusa para plantear una sátira social, una reflexión ética.

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Como La regla del juego, El testamento del doctor Cordelier comienza mostrando los entresijos técnicos de una retransmisión -en este caso televisiva-, y en concreto la llegada al estudio del propio Renoir, que es quien inicia la narración de la historia como si se tratara de un suceso reciente, ocurrido en una pequeña ciudad de la banlieue de París. El relato de Renoir sigue en off mientras la cámara nos adentra en esa población y nos presenta a las dos figuras principales, Cordelier y Joly, en el momento en que el primero entrega al segundo, notario y amigo suyo, un extraño testamento. Como en las películas de Bresson, o en Una historia simple de Marcel Hanoun, la imagen funciona en estos primeros minutos como una especie de desdoblamiento del relato hablado, reiterando los detalles que este acaba de expresar.

Renoir, como cineasta clásico, profesó siempre la claridad; pero sin caer en la evidencia inerte ni renunciar a la expresión de la duda o el misterio. En esta película, que parece concebida como su propio testamento artístico (aunque después rodara otras dos), sintió la necesidad de no dejar ningún margen de ambigüedad: el relato se cierra con una pregunta, que es en realidad una respuesta, dirigida a los espectadores: “¿no es acaso la parte de Cordelier la más bella de todas?”

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Previamente la película ha ido desvelando, de forma sutil pero decidida, que todos los personajes tienen los mismos oscuros deseos que Cordelier, es decir: que todos son, a su manera, oscuramente, tan monstruosos como Opale. Lo son el doctor Séverin (un neurótico que, aprovechando su posición de poder, mantiene relaciones evidentes con su enfermera), el inspector de policía (que trata con dureza fuera de lugar a la joven que testifica sobre el primer crimen de Opale) y en especial Maître Joly, el teórico representante de las fuerzas del bien, que a lo largo de la trama observa con fijación sospechosa a la niña atacada por Opale, soborna con un billete a la madre de esta para evitar un escándalo que pudiera salpicar a su amigo, y discursea trivialmente en las recepciones elegantes de la alta sociedad; resulta difícil simpatizar con un personaje como este, que (como ha escrito Jesús Cortés, lúcido admirador de esta película) grita aquí y allá cual energúmeno, y que al final, invocando sus convicciones religiosas, cambia su rol de notario por el de juez y trata de condenar a Cordelier a una vida de expiación por sus pecados.

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Ni siquiera los criados se comportan de forma diferente: son como pequeños burgueses, que establecen entre ellos una jerarquía de poder similar a la de sus señores.

Renoir viene después de Freud: sabe que la ética es un enigma sin solución, ya que no existe un posible equilibrio entre la vida instintiva y la social. Esta no es posible sin represión, que a su vez genera dolor y neurosis; y por otra parte, al ser siempre imperfecta, no impide la violencia sobre los más débiles (siempre que se ejerza dentro de unas normas aceptadas socialmente). El testamento del doctor Cordelier pone en cuestión la visión “humanista” (en el sentido más complaciente del término) de la obra anterior del cineasta. Como dice Jonathan Rosenbaum, el último descendiente de Monsieur Opale es el Monsieur Merde de Leos Carax.

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La dualidad de Cordelier y Opale aparece encarnada genialmente por Jean-Louis Barrault, que oscila entre la suprema prestancia y autocontrol de uno y la desarmonía total del otro: su interpretación da “cuerpo” a una película que podría haber resultado de otro modo demasiado teórica y seca. Cordelier representa la antítesis de los burgueses que se horrorizan ante Opale: es el único que no ha sustituido la conciencia por la hipocresía social; como un nuevo Adán, abandona el fútil pseudo-paraíso burgués a cambio del fruto del árbol del conocimiento; como un artista, sacrifica una vida “normal” a cambio de no engañarse a sí mismo. Por eso su parte es la más bella.

Fuentes de las imágenes:
– dvdbeaver.com
– dcairns.wordpress.com

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