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El rojo y el verde

El bello indiferente (Jacques Demy, 1957)

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El bello indiferente es una breve obra de teatro que Jean Cocteau escribió para Edith Piaf, en la estela de La voz humana. La asimetría del amor convierte la pareja en un campo de batalla; aquí, como en la obra anterior, se trata de escenificar una guerra interior, que el personaje de la mujer tiene perdida de antemano. La obra se basa en el principio del contraste: Émile, el hombre, es una presencia que es en realidad una ausencia, un fantasma creada por la mente de la mujer, que se limita a hablar consigo misma.

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El texto de Cocteau, un mecanismo literario un tanto demodé, pasa de la espera a la súplica, de los celos a la violencia, para retornar a la súplica. Pero (como sucede en el teatro, aunque por otros medios) la película es mucho más que su texto. En su adaptación, a la que he llegado gracias a los comentarios de Paulino Viota y Godard (“el corto más sensacional de la historia del cine francés”), Jacques Demy profundiza en el principio del contraste expresivo: revela la intimidad a través de lo más superficial, con colores puros, planos y complementarios; su actriz, la admirable y para mí desconocida Jeanne Allard (que prefigura a Dominique Sanda), está a una distancia infinita del dramatismo desgarrado de Edith Piaf o Anna Magnani; el actor, Angelo Bellini, encarna al fantasma más corpóreo de la historia del cine, por la solidez de sus miembros, su mirada sin expresión como la de las cuencas vacías de las esculturas antiguas.

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El argumento de la película es el cuerpo y la voz devastados de la actriz: un cuerpo encerrado en un vestido verde oscuro, en un decorado de techos muy altos y paredes rojas; una voz envuelta en las olas de una música de aire jazzístico y melancólico, compuesta por un joven Maurice Jarre (que prefigura a Michel Legrand).

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Los objetos: el teléfono, el tictac del reloj en la mesilla, la puerta del apartamento que es como la de una prisión, los apliques dorados, un armario estrecho y alargado con una puerta de espejo, la puerta del baño, la ventana rodeada de cortinas verdes y penetrada por el parpadeo de neones verdes y rojos; y las voces que oímos fuera de campo (unas palabras susurradas o una risa estridente en el exterior de la habitación, los murmullos al otro lado del teléfono), interactúan con el personaje de Jeanne Allard más que el indiferente Angelo Bellini.

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Demy plantea una versión en voz baja, estilizada, en la que, como si fuera una coreografía, habría que analizar los movimientos de oposición de las dos figuras, las pausas de la música -que siempre empieza después de los cambios de plano, y se interrumpe cuando Émile entra en el decorado, para que su silencio resulte más intolerable; y también cuando lo abandona, para valorar sus pasos fuera de campo, los sollozos de Jeanne Allard y el sonido de sus uñas aferrándose a la colcha blanca.

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Viendo esta película se comprende que Demy ya lo sabía todo del cine antes de rodar el sublime arranque de Lola, su primer largometraje. El terciopelo y la púrpura de la vieja Francia se unen en su obra con la ligereza de la música y el cine americanos: aunque la referencia al rojo de Minnelli puede ser aquí más evidente, el verdadero hermano espiritual de Jacques Demy es Nicholas Ray: su hipersensibilidad (que me resisto a poner en paralelo con su condición bisexual), su mezcla de fragilidad emocional y potencia pictórica, hacen que sintamos por sus películas un afecto particular, como si estuvieran hechas para cada uno de nosotros.

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Pasolini teorizó sobre el cine de poesía, como opuesto al cine de prosa; no sé si Le bel indifférent pertenecerá a uno u otro género, pero creo que solo se aprecia verdaderamente después de verla una y otra vez, como se leen repetidamente algunos poemas: Tu ne veut pas qu’on se revoit?, dice la voz en off del propio Demy: estas son las primeras palabras que escuchamos en la película, después de unos golpes en una puerta…

Decía João Bénard da Costa sobre Johnny Guitar: “no se puede explicar; tiene que contarse (verse) otra, otra y otra vez, como las historias que contamos a los niños, hasta que lo sepamos todo de memoria y aprendamos que todo es verdad en ellas“. Lo mismo sucede con Le bel indifférent: hay que verla una y otra vez hasta dejarse envolver por la voz tranquilamente desesperada de Jeanne Allard, hasta aprender de memoria la música de Maurice Jarre, hasta que la dulzura de las flautas y el correteo de los contrabajos, el puntillismo del piano y la emoción borrosa de clarinetes y metales se unan como los ecos de un acordeón de extraño refinamiento.

Fuentes de las imágenes: kebekmac.blogspot.com / tumblr.com / estetambemnao.blogspot.com / mescouleursdutemps.blogspot.com / www.cine-tamaris.fr