Archivo de la etiqueta: Goethe

Intercesión

Little Man, What Now? (Frank Borzage, 1934)

“La famosa visión del Eterno femenino (Das Ewig-Weibliche) con que concluye el Fausto de Goethe presenta a las mujeres, de las prostitutas arrepentidas a las vírgenes angelicales, precisamente en este papel de intérpretes o intermediarias entre el Padre divino y sus hijos humanos. El alemán del Coro místico de Fausto es extraordinariamente complicado de traducir en verso, pero la paráfrasis de Hans Eichner sugiere hasta qué punto la imagen que presenta Goethe de las intercesoras femeninas parece casi una revisión de la santa esposa difunta de Milton: Todo lo que es transitorio es puramente simbólico; aquí (es decir, en la escena ante ti) lo inaccesible es retratado (simbólicamente) y lo inexpresable es puesto (simbólicamente) de manifiesto. El eterno femenino (esto es, el principio eterno simbolizado por la mujer) nos arrastra a escenas más elevadas.” (1)

Como preámbulo a Little Man, What Now? se nos ofrece una paráfrasis más de andar por casa, suscrita por el productor, Carl Laemmle Jr.: “Contra la marea del tiempo y el azar, todos los hombres son poca cosa –pero en los ojos de una mujer enamorada, un hombre puede llegar a ser más grande que el mundo entero”.

Este es un motivo que recorre toda la obra de Borzage. Su expresión más absoluta, con la Magdalena que se transforma literalmente en la Virgen María, tiene lugar en Street Angel (1928). En Little Man, What Now? está integrado en el discurrir de la trama, y se enuncia visualmente mediante la recurrencia, al modo de un leitmotif operístico, de un espejo que devuelve la imagen triple de Lämmchen (Margaret Sullavan, en su primera colaboración con el cineasta).

El carácter mágico de este objeto aparece subrayado porque no vemos su llegada a la habitación de la mujer; antes, el tocador había aparecido como objeto de deseo, tras el escaparate de una tienda. El reflejo triple de una encantada Margaret Sullavan abre bruscamente una escena, después de un fundido a negro sobre la imagen de su esposo Hans Pinneberg (Douglass Montgomery) conversando con un compañero en los grandes almacenes en que ha empezado a trabajar, donde acaba de recibir su primera y exigua paga. Pronto se sumará a los reflejos el propio Pinneberg y también Jachman (Alan Hale), el amante de su perversa madrastra (la película tiene algo de cuento de hadas, en el que una crueldad opresiva, casi onírica, hace de contrapunto a la ternura).

La secuencia se repite más adelante, con la misma estructura: tras un fundido sobre Pinneberg, que acaba de ser despedido de manera kafkiana de su puesto de trabajo en los grandes almacenes, pasamos a la imagen triple de Margaret Sullavan, ahora de cuerpo entero, con un resplandeciente vestido blanco. A diferencia de la anterior, la escena está encuadrada de manera que no aparece el cuerpo de la mujer, sino solo su imagen multiplicada. Ella se vuelve y quien aparece ahora reflejado en primer lugar, de forma enigmática, no es su marido sino Jachman (la pareja abandonó la casa de la madrastra de Pinneberg cuando este descubrió que funcionaba como casa de citas).

A continuación llega Pinneberg, y ella le sale al encuentro desde la terraza de la buhardilla destartalada en que han podido refugiarse gracias a la generosidad de otro personaje, Herr Puttbreese (Christian Rub). Entonces aparecen las imágenes que abrían estas líneas, y luego esta que viene a continuación, en la que Pinneberg repite el beso de homenaje de Jachman.

little-man-what-now-3

Lo eterno femenino redime a todos los hombres, sin distinción: no solo al inocente Pinneberg, un poco más bobo que lo habitual en los pequeños hombres de Borzage, perdido entre la rigidez de los principios y la lentitud de los ensueños; también al poco recomendable Jachman, que regala a la mujer un vestido robado sin más pretensiones que rendir homenaje a su belleza. (Cuando este personaje hace mutis, detenido en el interior de un coche de policía, representa la posición del espectador que, al término de la proyección, retiene aún la promesa de felicidad asociada a la visión de Margaret Sullavan.)

little-man-what-now-8

Esta es una película llena a la par de stimmung y de amenazas, construida a partir del principio del contraste como piedra arrojadiza contra el cliché. La obra de Borzage, con toda su tendencia al exceso, ha tardado en reconocerse críticamente. Su apreciación requiere una visión romántica en sentido estricto, es decir, la apertura a las formas del pasado (a veces en estado de ruina), aunque puedan parecer más toscas que otras posteriores desde el punto de vista del naturalismo. Abandonar el punto de vista evolutivo, que concibe el arte en progreso hacia un clímax, ya sea pasado o futuro. No juzgar las películas de los años 30 a la luz del canon narrativo de la posguerra (la fe que tenía en el cine el público de los 30 permitía despreocuparse por lograr una mímesis perfecta a cambio de penetrar en regiones del espíritu inaccesibles para el clasicismo).

Como el sol le sugeriría años después a otro Frank, O’Hara, Borzage parece abrazar las cosas sin tocarlas, y les confiere una misteriosa calidez:

abraza siempre las cosas, la gente la tierra
el cielo las estrellas, como hago yo, libremente y con
una idea del espacio adecuada. Esa
es tu vocación, todo el cielo lo sabe,
y deberías seguirla hasta el infierno si
es necesario, cosa que dudo. (2)

Sin duda el cineasta también creía que no era necesario llegar al infierno para seguir ninguna vocación. Al final comprendemos que esta primera película alemana de Borzage, con sus manos diminutas y ojos entrecerrados, desciende naturalmente de Griffith (Isn’t Life Wonderful?) y Murnau.


(1) Sandra M. Gilbert y Susan Gubar: La loca del desván: la escritora y la imaginación literaria del siglo XIX.

(2) Frank O’Hara: La verdad sobre mi charla con el sol en Fire Island. Cito la traducción de Jordi Doce, disponible aquí.

La persistencia de la visión

De cualquier modo en que uno se imagine, siempre nos imaginamos viendo. Creo que el hombre sueña solamente para no dejar de ver. Podría ser muy bien que la luz interior saliera alguna vez de nosotros, de modo que ya no necesitáramos de ninguna otra.

Goethe: Las afinidades electivas. (Traducción de José María Valverde. Barcelona. Random House Mondadori, 2007)

james welling 0469

James Welling: 0469 (hammer.ucla.edu)