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El albatros

Winter / The wind is driving him towards the sea (David Brooks, 1966 / 1968)

winter

David Brooks murió en plena juventud en un accidente de tráfico, pero eso no ha hecho de él un mito. Fred Camper y Jonas Mekas escribieron sobre su obra, pero esta ha sido olvidada como una nota a pie de página en el gran libro de la historia (hasta el punto de que ni siquiera aparece en la wikipedia). Para reparar este olvido, cineinfinito le dedicó una sesión el pasado sábado: un programa doble de ejemplar coherencia.

Lo primero que llama la atención al ver estas películas, en especial la más larga The wind is driving him towards the sea, es el estilo de filmación de Brooks, rápido y nervioso hasta agotar todas las posibilidades de movimiento de la cámara en mano: rodaje desde la ventana de vehículos, zooms violentos, panorámicas circulares, reencuadres y movimientos de ida y vuelta… Su visión es como emprender un viaje en un medio de transporte carente de suavidad técnica, y puede marear a las personas propensas a ello. Sus imágenes nunca son meramente funcionales, y están marcadas por la especial sensibilidad hacia la luz del joven cineasta –que es siempre, de forma irremplazable, su propio operador.

Winter es, de las dos películas que se proyectaron, la más elaborada y misteriosa. Sus imágenes irrumpen brevemente entre amplios fundidos en negro que crean una especie de partitura visual sin ninguna continuidad discursiva, como si fueran destellos atrapados a un sueño; la misma lógica de la fugacidad guía la banda sonora, en la que músicas muy variadas (de Marvin Gaye y los Beatles hasta canciones tradicionales rusas) se suceden y se interrumpen, como una fuente que se cortara sin previo aviso. La película se abre con el raga Palas Kafi, que proyecta densidad metafísica sobre las imágenes prosaicas de una habitación en la que la luz dorada de una lámpara deja ver algunos objetos sobre una mesa, los dibujos del papel de la pared; separadas siempre por fundidos a negro, vislumbramos imágenes de las frías luces nocturnas de una gran ciudad, copas desnudas de árboles filmadas en contrapicado desde un vehículo en marcha contra el cielo nocturno, una imagen inmóvil del fuego, la nieve (sucia y no idílica, pero a través de la cual la naturaleza reconquista de algún modo la ciudad), una fotografía de montes del Himalaya, bosques verdes en un día soleado, el vuelo de las aves migratorias… La referencia de Nantucket, proporcionada por el propio cineasta, ilumina el clima romántico de su trayecto con ecos de Melville y Poe, que se mezclan con las influencias orientales, explícitas o implícitas (la visión de la naturaleza).

Hay demasiadas cosas que no comprendemos como para que el hecho de no haber entendido del todo una película pueda ser un motivo de desazón. En este tipo de cine, la atención y la memoria elaboran su propia selección, privilegiando unas imágenes u otras: esto nos recuerda que toda visión es siempre parcial (aquí de una forma más evidente que en las películas en las que el espectador dispone de un esquema conceptual o narrativo que le permite dejar en segundo plano sus lapsus y recrear la ilusión de totalidad).

The wind is driving him towards the sea tiene partes dialogadas: empieza con una conversación filosófica sobre la realidad de la hierba después de un partido de fútbol, en la que el sol poniente, filmado a contraluz, acaba devorando algunas de las figuras como una lengua de fuego; y más adelante incluye entrevistas a un psiquiatra, a una mujer que habla de un joven echado a perder por el alcohol en una isla de Nueva Inglaterra; y también recortes de prensa sobre la muerte del Che Guevara, sobre el destino de una kumari nepalí, una niña apartada de las demás para ser tratada como reencarnación divina (sobre este tema, en su versión india, Satyajit Ray realizó una bella película: La diosa, en 1960); la tristeza de esta imagen implícita en un texto mecanografiado atraviesa una película en la que los que juegan, danzan en corro, se besan sobre la hierba, son siempre los otros.

La película de Brooks no explica si el protagonista al que sigue es uno o múltiple (una metáfora generacional): el que no dirige su vida sino que se deja llevar por el viento para no renunciar a ninguna posibilidad; y también el excluido, la kumari divina, el albatros de Baudelaire, imagen del poeta al que sus alas de gigante le impiden caminar por el suelo.

the wind

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