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Seis camaradas

Comrades (Bill Douglas, 1986)

camaradas

Tan alejada del cine novelesco para públicos burgueses de James Ivory como del laborismo de trinchera de Ken Loach, la última película de Bill Douglas no traza tampoco una tercera vía entre aquellos polos del cine británico –y prueba de ello fue su fracaso comercial y su caída posterior en el olvido, del que la ha rescatado el Cine Club de la Filmoteca de Cantabria el pasado 13 de enero.

Ese fracaso puede explicarse porque Comrades no es lo que parece, y se aparta del patrón que iguala a tantas películas épicas sobre temas históricos diversos; su finalidad primera no es abanicar la buena conciencia de los espectadores mediante un relato cerrado con una cadena perfecta de causas y consecuencias, envuelto en música melódica y emotiva. Aquí el espejo a lo largo del camino se ha quebrado; aunque no en pedazos minúsculos e imposibles de recomponer (no se trata de una película de vanguardia), la narración no deja de ser oblicua y fragmentaria. En ocasiones hay que esperar hasta casi el final de la película para comprender determinados detalles, y algunos giros de la trama no se explican nunca. Pero Bill Douglas cree en el cine como medio de conocimiento de la realidad y nos entrega, si tenemos paciencia para llegar al final, un mensaje claro e inequívoco: la solidaridad es la única vía para solucionar la injusticia social. Los parias que optan por la lucha individual siguen el juego de los poderosos, que tienen los triunfos en la mano  –y que no pueden permitirse la piedad, porque siempre hay por encima otros aún más poderosos.

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En una película que abunda en sermones y discursos, Douglas tiene buen cuidado de no caer en la retórica ni el melodrama autocomplaciente. Después de haber puesto en escena su propia vida, el cineasta se vuelve hacia unos remotos sucesos de 1830 en busca de una suerte de pureza primitiva, presentando su película como cine antes del cine: un espectáculo de linterna mágica, dioramas, siluetas, títeres –esas artes a las que se refirió Walter Benjamin en su evocación del Panorama imperial  al que asistía en su infancia en Berlín hacia 1900 (y que fue llevado al cine, en su versión vienesa, por Max Ophüls en Carta de una desconocida): “Las artes que aquí perduraban aparecieron con el siglo diecinueve. No demasiado temprano, pero a tiempo para dar la bienvenida al romanticismo burgués. En 1838, Daguerre inauguró su Panorama en París. A partir de entonces, estas cajas relucientes, acuarios de lo lejano y del pasado, tienen su lugar en todos los paseos de moda. Allí, como en pasajes y quioscos, ocuparon a snobs y artistas antes de convertirse en cámaras donde, en el interior, los niños hicieron amistad con el globo terrestre.”

No se trata de una coincidencia arqueológica o pintoresca: la idea que subyace en Comrades es que precisamente en este momento histórico los oprimidos pudieron llegar a ser conscientes de su condición gracias a la aparición de la imagen animada (siempre en lucha con la voluntad del poder económico de convertirla en “un nuevo opio del pueblo, que además es fuente de beneficios”, según la expresión de Noël Burch en El tragaluz del infinito). La película de Douglas se inscribe como un eslabón más en esa cadena, y nos recuerda, a través de imágenes sencillas, bellas pero no idealizadas, que sería posible vivir de otro modo, escapar de la jaula como el pájaro del disco giratorio; y no lo hace en forma de parábola política, sino afilando el lápiz para que la precisión del dibujo nos permita reconocer en una realidad exótica algunos detalles de nuestra propia experiencia. Como escribió también Benjamin: “Lo que hacía extraños aquellos viajes era que los mundos lejanos no siempre fueran desconocidos, y que las añoranzas que despertaban en mí no fueran siempre de las que hacen tentador lo desconocido, sino de las otras, más dulces, por regresar al hogar”.

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Pero Comrades deja un sabor agridulce: en la segunda parte el personaje central del niño tiene poco que ver con el modelo dickensiano, y termina por unirse, dialécticamente, a un siniestro hacendado con efigie de Nosferatu que, en su aparición final, tan lleno de resentimiento como de escayolas y vendas, muestra en su muñeca la C de los convictos: ambos, en su lucha individualista por mejorar, son convictos del sistema, en contraste con la C de los camaradas.

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Fuentes de las imágenes: criterionforum.org / dvdclassik.com / shangols.canalblog.com/ marlasmovies.blogspot.com / dvdbeaver.com

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