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Un millón de universos

Harry Hooton (Arthur & Corinne Cantrill, 1970)

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En un manifiesto por un cine futurista, publicado en L’Italia futurista el 11 de septiembre de 1916 por Marinetti, Bruno Corra, Settinelli, Arnaldo Ginna, Balla y Remo Chiti, podemos leer:

En la película futurista entrarán como medios de expresión los elementos más dispares: desde el motivo de la vida real a la mancha de color, de la línea a las palabras en libertad, de la música cromática y plástica a la música de objetos. Será por lo tanto pintura, arquitectura, escultura, palabras en libertad, música de colores, líneas y formas, revoltijo de objetos y realidad hecha caos. Ofreceremos nuevas inspiraciones a las búsquedas de los pintores que tienden a forzar los límites del cuadro. Pondremos en movimiento las palabras en libertad que rompen los límites de la literatura marchando hacia la pintura, la música y el arte de los ruidos tendiendo un maravilloso puente entre la palabra y el objeto real.

Las semillas de la poesía futurista llegaron, procedentes de Italia, hasta territorios lejanos, como demuestran Maiakovsky o Álvaro de Campos. La vertiente cinematográfica del movimiento tuvo una reencarnación tardía en las antípodas, en esta película llena de libertad y contrastes, que parece integrar todas las aspiraciones citadas. Por otra parte, Harry Hooton es un auténtico monumento funerario dedicado a la memoria de su protagonista. Corinne y Arthur Cantrill fueron amigos y admiradores de Hooton, un extraño personaje lleno de libertad y contrastes, poeta didáctico y filósofo materialista cuya obra pertenece a los arrabales de la cultura académica –según el paradigma de Whitman y Blake, Schopenhauer y Nietzsche (todos ellos citados en el texto). A su manera, con esta película los Cantrill evitaron a Hooton el “magnífico placer”, como decía André Breton, de ser olvidado.

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La proyección de Harry Hooton en Santander constituye uno de esos milagros solo posibles gracias a cineinfinito; la sesión contó con la presentación inmejorable de Celeste Araújo y Oriol Sánchez, principales responsables de la difusión por estos lares de la obra de los Cantrill gracias a las tres sesiones dedicadas a ellos que han programado en Xcèntric, y a la entrevista incluida en el libro Xcèntric Cinema.

Harry Hooton es una película muy diferente de la ceñida y esencial The Second Journey, que pudimos ver el día anterior –pero ambas comparten, con sus matices, la curiosidad que no cede a ninguna idea de pureza reductora, la aspiración a la obra de arte total. “El universo será nuestro vocabulario”.

La película se inicia con una secuencia de pantalla en negro que da la sensación de avanzar por un túnel a toda velocidad. Después de esto vemos fotografías en blanco y negro de Hooton y de un poeta amigo suyo sobre las que se escucha el diálogo de uno y otro, como una parodia de los documentales convencionales de bustos parlantes.

La banda sonora de la película se basa en las cintas con la voz grabada de Hooton (que habla así directamente para el futuro en una especie de “retransmisión”, según sus propias palabras), más una pionera composición electrónica creada por Arthur Cantrill –que puede escucharse aquí.

Los Cantrill han afirmado que es difícil imaginar cómo habría sido la película si no hubieran encontrado las cintas de Hooton. La película no trata de ilustrar sus ideas como si fueran letra muerta, sino palabra encarnada, imagen en movimiento: los cineastas alumbran el sueño del poeta, y animan la materia fílmica. A través de procedimientos característicos del cine de vanguardia (sobreimpresión, collage de materiales encontrados, animación, parpadeo, división de la pantalla, descomposición de colores, pintura manual de los fotogramas, juegos de positivado y de montaje), crean una progresión que parece dirigida por una fuerza vital.

El contenido de las imágenes se alía con la forma para expresar este impulso: a imagen del Dios del Génesis, que insufló en Adán la vida, un soplador de vidrio da forma a la materia; las tuercas giran como soles, las soldaduras salpican como fuentes, las cúpulas de la Ópera (en construcción) de Sidney se suceden como las olas del mar, y las torres de alta tensión y estaciones de seguimiento espacial se desdoblan y superponen dando lugar a formas florales, imágenes de caleidoscopio.

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En un pasaje, Hooton habla de su próxima muerte con una peculiar combinación de sentimiento y parodia, y luego relata un sueño que tuvo en el hospital, bajo los efectos de las sustancias que le administraban como cuidados paliativos, en el que aparece un niño-dios. Los cineastas no tienen reparos en recrear el sueño de manera literal en una secuencia protagonizada por su propio hijo corriendo a contraluz: una visión sentimental quizás, pero que pierde esa condición al ser trabajada musicalmente mediante el contrapunto de las imágenes superpuestas. (Los Cantrill han explicado cuánto influyó en ellos la idea de Hooton de que los conflictos humanos típicos relacionados con el amor, el poder, etc. estaban agotados como motivo artístico; y citan la música como ejemplo primero de un arte “a-humano”.) Tras esa aparición se produce una especie de “resurrección” de la película (en palabras de los propios cineastas): una amplia reexposición, con nuevos desarrollos de sus motivos principales.

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Entre las imágenes recurrentes que crean patrones estructurales se encuentra la de una mujer vestida con una túnica que pasea a la orilla del mar (será casual, pero se parece lejanamente a Maya Deren). Su rostro aparece duplicado, triplicado: mira al frente, atrás y adelante como si lo hiciera simultáneamente al presente, el pasado y el futuro.

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Al ver la película desde el futuro, este se revela más feo que la utopía que trazaron Hooton y los Cantrill. Pero no será exactamente así mientras salgan a la luz películas como esta.


Las imágenes proceden de cineinfinito.

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