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Lejano

Tierras lejanas (Anthony Mann, 1954)

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Lo primero que llama la atención al leer textos críticos sobre Anthony Mann es la distancia entre la acción trepidante de las películas, narrada a través de detalles extremadamente concretos, y la tendencia a la abstracción de sus comentaristas, que se extienden sobre la lógica de la acción (Jacques Rancière), o sobre el conflicto mítico entre individuo y sociedad, naturaleza y civilización, las fuerzas del bien y del mal que se entrelazan y pugnan hasta en el mismo corazón de los héroes.

Los primeros westerns de Mann son más retóricos y expresionistas (La puerta del diablo, Winchester 73); otros tienen una estructura más severa y depurada, además de ser más violentos y estar protagonizados por héroes aún más ambiguos (The naked spur, Bend of the river); otros, como The tin star, El hombre de Laramie, los tengo tan lejanos que poco de primera mano puedo decir sobre ellos; pero creo que Tierras lejanas siempre fue mi favorito. No para apoyar esta opinión personal, transcribo el elogio de un crítico de gusto tan certero (para este tipo de cine) como Jacques Lourcelles: “Es el más completo, el más sintético, el más rico de sentido de toda la serie: simplemente el más bello western del cine americano”.

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La ambigüedad de Jeff Webster (James Stewart), el héroe de Tierras lejanas, puede resultarnos ahora menos evidente que en la época de concepción de la película: llama la atención cuánto ha cambiado desde entonces el cine americano, que en nuestros días se limita a dramatizar conflictos estrictamente individuales en la carrera por el éxito; el argumento de Tierras lejanas, por contraste, muestra el éxito como una empresa necesariamente colectiva, aunque la representación de la comunidad que ofrece la película es tan fría como el clima del Yukon, y resulta muy distante de la de cineastas como Ford o Renoir.

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Como les ocurre a los indios shoshones en La puerta del diablo, se diría que los grandes espacios abiertos son el único hogar posible del protagonista, incapaz de vivir en las “reservas” de la sociedad humana. El paisaje adquiere así, al igual que en aquella película, un sentido expresivo, y no sólo decorativo. Las escenas exteriores de Tierras lejanas se rodaron, como Río sin retorno, en las montañas Rocosas de Canadá (el parque nacional Jasper): esta película consolidó el prestigio de Anthony Mann como uno de los más grandes paisajistas clásicos, descendiente de la tradición del romanticismo nórdico (que en el cine llevó a su máxima expresión Murnau en Nosferatu), y que en Norteamérica tuvo su descendencia en las figuras de Jack London, Ansel Adams o John Ford.

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No sólo el escenario, sino todos los personajes que rodean a Jeff pueden verse como proyecciones de él mismo, de modo que su conflicto interior se manifiesta de forma puramente externa; en primer lugar, a través de su relación con dos mujeres muy diferentes: Ronda (encarnada por Ruth Roman) y Renée (Corinne Calvet).

La vida nómada, la amenaza siempre presente de la violencia, aceleran la toma de decisiones, el tempo de las relaciones personales. El amor nace siempre a primera vista, tanto el de la individualista Ronda como el de la ingenua Renée; y se manifiesta de inmediato mediante sendas acciones en las que Jeff es salvado providencialmente. De este modo, la narración contradice la idea del héroe de que puede cuidar muy bien de sí mismo sin ninguna ayuda exterior.

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La primera se resuelve como una escena de vodevil (en contraste, como recuerda Rancière (1), con la intervención final de Ronda, que la convierte en personaje de melodrama), pero hay que tener en cuenta que un juicio en Seattle con dos testigos en contra no le habría dado a Jeff muchas posibilidades de supervivencia. En la segunda, Renée se interpone entre Jeff y Gannon, y consigue así evitar un duelo trucado de antemano por este.

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Otros dos personajes masculinos amplían el desdoblamiento del protagonista: por una parte el funcionario corrupto Gannon (un irónico y sinuoso John McIntire, siempre de negro como un sepulturero, igual de egoísta que Jeff pero con más simpatía y menos escrúpulos), y por otra el escudero parlanchín del héroe, Ben Tatum (Walter Brennan), que representa el único vínculo social de Jeff, su “voz de la conciencia” solidaria.

Esta función se asocia también a la campanilla que Ben regaló a Jeff, que la planificación trata de mantener siempre presente (incluso si ello requiere forzar la profundidad de campo), y que tiene un papel esencial en la dimensión simbólica de la película, y también en el desarrollo de la historia (pues es su reclamo lo que permite que Renée se una a la expedición de Rhonda y Jeff hacia Dawson): representa la imagen del hogar soñado, del reposo imposible en una comunidad de amigos.

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Como en las tragedias antiguas, el héroe de Tierras lejanas es víctima de un error y está a punto de sucumbir a él; pero en este drama moderno se le ofrece una segunda oportunidad, a través de una escena de muerte simbólica y renacimiento, de bautismo de agua y fuego que antecede a su toma de conciencia final.

(1) Jacques Ranciere: Poétique d’Anthony Mann (Trafic, nº3. P.O.L. Éditeur, 1992)

Fuentes de las imágenes: themoviescene.co / dvdbeaver.com / ciakhollywood.com / dvdclassik.com / forum.westernmovies.fr