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¿Cuánta tierra necesita un hombre?

Dos metros de esta tierra (Ahmad Natche, 2012)

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Ahmad Natche estuvo el pasado fin de semana en Santander para presentar su película Dos metros de esta tierra en el cine-club de la Filmoteca de Cantabria. De su intervención, muy a tono con el espíritu de aquella, me gustaría destacar dos aspectos: dijo que había pretendido dejar la película abierta, y recordó a ese respecto las palabras de Rossellini: “mostrar en vez de demostrar”; también que lo esencial para él -y esta es una elección que delata al verdadero cineasta- era el espacio.

Como la película soviética La nueva babilonia, un clásico del cine político que pudimos ver en esta misma filmoteca el año pasado, Dos metros de esta tierra no tiene planos generales (con la excepción del último). Esta propuesta tiene probablemente una base conceptual, si pensamos que es el espacio (y no tanto la tierra) lo que se ha sustraído a los palestinos; también se basa en el respeto al espacio del espectador, que el director no pretende invadir como si aquel fuera un niño al que hay que llevar de la mano en todo momento e instruirle sobre cómo debe reaccionar ante lo que ve.

Pero la película no es, desde luego, neutral ni inocente, sino que muestra la realidad desde el punto de vista de un palestino, y no lo oculta en ningún momento; en todo caso, su visión de parte poco tiene que ver con la que los medios dan del conflicto. La posición política del director se resume en el hecho de mostrar a unas personas que, pese a la circunstancia de ser palestinas, no son integristas religiosos ni terroristas ni únicamente víctimas.

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Sobre esas circunstancias, la película da una serie de apuntes: el relato para la televisión de la mujer refugiada, que narra cómo su familia fue expulsada de su poblado en 1948; o la escena junto a un mosaico que representa la explanada de las mezquitas de Jerusalén, en la que una mujer recuerda que muchos palestinos de Ramala no pueden ir a ese lugar, situado a apenas 10 kilómetros:

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Otro hito de referencia para orientarse en el espacio de esta película es la conversación de otras dos mujeres sobre las diferencias entre el reportaje (que parte de lo grande para llegar a lo pequeño) y la poesía (que recorre el camino inverso).

Con ese diálogo enlaza la visita a la tumba del poeta nacional Mahmud Darwish, que emprenden dos jóvenes aprovechando un descanso en sus ensayos: allí, uno de ellos cita los últimos versos de su poema Mural, que a mí me recuerdan la fábula anticapitalista de Tolstoi ¿Cuánta tierra necesita un hombre? -en la que un jefe tribal promete a un campesino ambicioso emigrado desde occidente, a cambio de mil rublos, toda la tierra que sea capaz de labrar durante un día en su vasto territorio junto a los Urales; movido por la ambición, el campesino trabaja hasta la extenuación y muere de agotamiento al término del día, de modo que a la postre recibe únicamente el terreno necesario para albergar su cuerpo. En palabras de Darwish:

Me bastarían tan sólo dos metros de esta tierra
(uno setenta y cinco para mí…
y el resto para la flor de colores confusos
que, despacio, me sorbe). Y es mío
aquello que fue mío: mi ayer y lo que será mío,
mi mañana lejano, la vuelta de mi espíritu errante.

La película transmite una visión de esperanza, aunque pueda ser poética, y por tanto irracional: el conflicto palestino dista de estar resuelto, pero hemos pasado de los jóvenes (sobre todo mujeres) que cargaban su Kalashnikov en las imágenes en blanco y negro de los años 70 que abren la película, a los jóvenes (sobre todo mujeres) que cargan unas enormes y simbólicas llaves, entre otros que preparan un festival de música y danza al aire libre junto a un teatro de Ramala. Quizá la película sugiere de este modo que la poesía puede ser otra forma, distinta de la violencia, de enfrentarse a la injusticia.

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Dos metros de esta tierra celebra, de forma sutil pero inequívoca, el color, la juventud, la presencia incesante del viento. El lugar de la tumba de Darwish, como la de Moisés en el monte Nebo, permite vislumbrar la tierra prometida a su pueblo, que él no alcanzó en vida. El último plano de la película es, como he dicho, el único plano general, y el único que contiene un movimiento de cámara: una sencilla panorámica. Se me ocurre que, para traducir de algún modo en palabras ese momento, los versos del poeta palestino pueden dialogar con los del español Vicente Aleixandre:

Para morir basta un ocaso.
Una porción de sombra en la raya del horizonte.
Un hormiguear de juventudes, esperanzas, voces.
Y allá la sucesión, la tierra: el límite.
Lo que verán los otros.

(Como Moisés es el viejo: de Poemas de la consumación)

Más información sobre la película en: http://dosmetros.wordpress.com/


Fuentes de las imágenes:

– cine-invisible.blogs.fotogramas.es
– tabakalera.eu
– dosmetros.wordpress.com

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