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El beso y el tiempo

Bella durmiente (Ado Arrietta, 2016)hada-2Hay que subrayar que las mayores obras maestras de Hollywood fueron a veces –a menudo– ahogadas en la gran masa de la producción americana, desconocidas, anónimas y de alguna manera preservadas milagrosamente por este anonimato, sin esperar para verse reanimadas, como la Bella durmiente del bosque, nada más que el fervor de sus admiradores.” Jacques Lourcelles escribió esto en relación con Moonfleet de Fritz Lang, pero lo mismo podría decirse de muchas otras películas de otras procedencias, y hasta de la obra entera de cineastas olvidados porque no se acomodaron a las modas, los mitos, las leyes no escritas de su tiempo.

El pasado 25 de marzo, Ado Arrietta estuvo en el cine-club de la Filmoteca de Cantabria para presentar su Bella durmiente. Para disfrutarla no es necesario conocer las películas anteriores de un cineasta que, gracias al fervor de algunos admiradores, y a su aparición como personaje en una novela de Vila-Matas, empieza a ser recuperado como uno de los autores míticos del nutrido “underground” español (aunque su obra sea mayoritariamente francesa). Tampoco hay que asustarse por el aura vanguardista y queer del director: esta es una película narrativa y clara como el estanque de un palacio, y el único riesgo es que parezca, en nuestros tiempos acostumbrados a que la brutalidad forme parte inseparable del entretenimiento, demasiado inocente.

La película está narrada con el lenguaje de los sueños, en el que no existe la negación, ni por tanto la contradicción ni la muerte. Hay cosas prohibidas, pero ello no quiere decir que sean imposibles. El cine de Arrietta cree en las hadas y en los ángeles, y su forma es coherente con esta creencia: en un mundo mágico no cabe ninguna imagen gratuita o redundante. La profecía de una rana se cumple, sin solución de continuidad, en el plano siguiente; la imagen de la niña es evitada siempre (este es un cuento sin niños, habitado por adolescentes y adultos); unas manos sobre el teclado hacen innecesario un plano general que muestre toda la habitación y el piano. En manos de un poeta menos cuidadoso una película como esta podría haber resultado cursi o naïf, pero Arrietta consigue que los personajes parezcan verdaderamente figuras de cuento, venidas de otra época anterior a la invención del cine. (El propio Arrietta parece un ser de otra época: tiene la misma elegancia de Maurice Ravel pero con un aire menos melancólico.)

Pese a ello, Bella durmiente conserva un toque de vida que la distingue de muchas películas recientes, no solo de género fantástico, a las que los procesos de posproducción y etalonaje digital convierten en flores de plástico, frutas perfectas de invernadero. Entre los actores se alternan figuras bien conocidas (Ingrid Caven, Mathieu Amalric, Serge Bozon) con otras nuevas, como Niels Schneider o la excelente Agathe Bonitzer. La trama es fiel al cuento clásico de Grimm y Perrault, que se combina con Brigadoon; para los detalles, el cineasta reconoce haberse inspirado libremente en las ilustraciones silueteadas de Arthur Rackham, que datan más o menos de la época en que queda suspendida la vida de la corte legendaria de Kentz.

La corte, no menos fantástica, de Litonia vive en nuestro tiempo, o más bien en el presente eterno de los sueños: en el arranque, el príncipe Egon aparece tocando la batería, y poco después monta en helicóptero con su preceptor a las afueras de su palacio neoclásico, de un modo similar a como la Pandora de Albert Lewin atravesaba una inmensa playa, vigilada por ruinas griegas, a bordo de un coche de carreras de los años 50, o como los motoristas del inframundo irrumpen por Montparnasse en el Orfeo de Jean Cocteau.

cocteau

Aquí no hay suspense, pues la película termina como el cuento; pero la gracia consiste en ver cómo lo hace Arrietta, cómo rompe el encantamiento sin destruir el encanto. El sueño de la bella durmiente, y de la corte que la rodea, les hace perderse el siglo XX, y con ello, aparte de otras circunstancias de todos sabidas, el desarrollo de la navegación aérea, las telecomunicaciones y el swing; pero ante todo, el siglo XX es el siglo del cine. Cuando el príncipe Egon, después de haber atravesado el bosque, llega al castillo de Kentz, ese mundo decimonónico aparece congelado en la era de la fotografía fija (un ave detenida en pleno vuelo, la lámina de un estanque completamente inmóvil, criados, cocineros, monarcas que parecen no respirar); el movimiento vuelve con el beso del príncipe a la princesa, que restaura el tiempo: el cine ha llegado al reino de Kentz.

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Fuentes de las imágenes: vimeo.com / quixotando.wordpress.com / thevintagent.blogspot.com / blog.europeana.eu / rocknfool.net

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