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La plenitud de las cosas

South Slope (Abbott Meader, 1980)

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Abbott Meader es un cineasta olvidado: Jonas Mekas lo citó en una entrada del 27 de agosto de 1964 de su diario que trata sobre un espectáculo de la “Linterna mágica” de Praga que estaba de gira en Nueva York. En aquel texto, Mekas sugiere que la auténtica linterna mágica eran las películas rápidas y llenas de superposiciones de imágenes debidas a Brakhage, Joffen, Rice, Rubin, Dorsky, o Baillie y Meader entre los más jóvenes. Más tarde, Abbott Meader abandonó la ciudad de Nueva York para vivir en el campo, en el estado de Maine, junto con su familia; no dejó de hacer películas, pero sí perdió el contacto con los principales circuitos de distribución del llamado “cine de vanguardia”.

Sus películas son como las que podría haber filmado Thoreau si hubiera tenido una cámara Bolex: están protagonizadas por niños y gatos, por la luz de las tormentas y el sol poniente, por las plantas y animales presentes en el entorno de su casa. Pero no debemos confundirlas con películas caseras o familiares, recopilaciones de circunstancias entrañables para sus protagonistas pero anodinas para los extraños. Pese a su carácter lírico y no discursivo, es evidente la voluntad de Meader de construir, de forma intuitiva y laboriosa, casi artesanal, estructuras –de resistencia proporcional a la duración de cada pieza.

Por otra parte, llama la atención la variedad de su obra: no es un autor de películas siempre iguales, apuntes de diario, fragmentos de un libro único. Pintor antes que cineasta, que se inició en este campo por consejo de Brakhage, tiene en su haber películas silentes; pero también resulta incuestionable su fe en las posibilidades del sonido en el cine y su amor por la música (habría que decir: las músicas –que en sus películas tienden a superponerse al modo de los collages sonoros de algunas obras de Charles Ives).

South Slope fue la pieza elegida por el cineasta para cerrar la retrospectiva de su obra, compuesta por 17 películas, que cineinfinito proyectó en Santander los pasados días 27 de septiembre y 2 de octubre. South Slope toma su estructura del último movimiento de la tercera sinfonía de Mahler, que el autor subtituló Lo que me dice el amor. No hay que pensar en un programa sentimental, ya que la obra musical apunta a un amor más amplio. Mahler escribió al respecto: “Padre, ¡mira mis heridas! Que ninguna criatura se pierda. (…) También podría haber titulado el movimiento Lo que me dice Dios, en el sentido de que Dios solo puede ser comprendido como amor.”

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El movimiento es la culminación de una sinfonía gigantesca, naíf y panteísta, que podría considerarse música religiosa si se entiende la religión según la etimología que, poéticamente, la asocia al verbo latino religare, en el sentido de atarse a las cosas. Cuando el director Bruno Walter lo visitó en su retiro veraniego junto al lago Atter, en el que compuso la obra, Mahler le dijo: “Es inútil que mire el paisaje; ha pasado por entero a mi sinfonía”.

Sin perder la rapidez característica de las películas de Meader, aquí las imágenes adaptan su paso al tempo de la música (anotado por Mahler con las indicaciones: “Lento. Tranquilo. Con profundo sentimiento”). La película tiene un motivo único: el ciclo de las estaciones, contemplado desde un mismo lugar. Se trata de un pequeño enclave situado en la parte superior de una ladera orientada al sur (lo que determina que la mayor parte de las imágenes están tomadas a contraluz); en él hay una mesa redonda fija y unos bancos de madera: parece un lugar de reunión familiar. Abbott Meader reúne también aquí, sin moverse del sitio, los principales motivos de su obra: las plantas, las flores, los árboles, el sol, unas sillas plegables con bandas de colores (como las que forman los rayos del sol cuando inciden en el objetivo de la cámara), un gato negro, una mujer que retira algunas hierbas al final del invierno y bebe un vaso de vino en verano, niños y otras personas que aparecen como fantasmas en mágicos fundidos encadenados, y la propia presencia del autor, implícita pero también sensible a través de su sombra y sus movimientos.

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La música de Mahler es un tema con variaciones, que sigue, de forma ampliada, la estructura del movimiento lento de la novena sinfonía de Beethoven, con dos secciones contrastantes que comparten material melódico, extática y solemne la primera, más dramática la segunda: A / B / A’ / B’ / A”- B” / A. Otra forma de ver esta estructura sería: exposición (A / B), exposición variada (A’ / B’), desarrollo (A”- B”), reexposición (A).

Las imágenes de Meader responden orgánicamente a los cambios de la música: el gesto inicial de la película, una panorámica ascendente sobre un paisaje nevado, equilibra el movimiento descendente de la melodía principal. El deshielo marca el inicio de la sección contrastante, más movida, que da paso a la primavera y a la primera presencia humana (una mujer, que arranca con sus manos algunas hierbas). Tras la vuelta del tema principal, una panorámica ascendente que culmina en un árbol al pie de la ladera nos introduce en un recorrido por las ramas llenas de flores y hojas nuevas, y luego por las hierbas y flores que renacen en el campo. La vuelta de la sección contrastante, marcada por las trompas y el solo de violín, acompaña a una comida al aire libre.

La sección de desarrollo se inicia con una nueva panorámica ascendente que parte de unas gotas que reflejan el sol en las hojas de una planta. Es la parte más dramática, a la que la cámara responde con una carrera entre la vegetación (a veces con la perspectiva de un hombre, y otras con la de un gato), una mano que tumba las sillas. El cineasta podría decir, como Mark Strand: “yo me muevo / para que las cosas se mantengan enteras.” Tras una vuelta a la serenidad, la sección contrastante da paso al otoño.

La reexposición se anuncia con un solo de flauta sobre hierbas agostadas y las primeras manzanas. Una mancha roja desenfocada en el centro del encuadre se convierte en una manzana con la vuelta del tema principal. En la última y triunfal aparición del tema, las estaciones se reúnen sobre el disco del sol, que puntúa la conclusión como un redoble de timbal.

Es sabido que el impulso romántico tuvo continuidad en el siglo XX a través de grupos “de vanguardia” como los surrealistas o los beatniks. Esta película puede ser una de sus últimas manifestaciones.

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South Slope, junto con otras de Abbott Meader, puede verse aquí.

Las imágenes proceden de cineinfinito.