Archivo de la categoría: citas

minnelli-tea-and-sympathy

Si te descubren los iguales,
huye a mí,
ven a mi ser, mi frente, mi corazón distinto.

 


Palabras de Juan Ramón Jiménez (Una colina meridiana). La imagen de Té y simpatía (Vincente Minnelli, 1956)

Anuncios

Melodrama

traviata-53-1953-vittorio-cottafavi

“El melodrama italiano es una obra de arte muy especial, construida al borde de un abismo de ridículo, en el que se sostiene a fuerza de genio. Este equilibrio prodigioso se verifica desde hace un siglo.

(…)

Los pequeños teatros de antaño puede decirse que eran como braseros del sentimiento público.
Un estrado de saltimbanquis, cuatro lámparas de petróleo y algunas calaveras bastaban para tal fin.
Entre el público y los artistas el contacto se producía en un santiamén: y había gritos, abrazos, silbidos, besos y puñaladas.

Hoy el melodrama vive sus últimos días, lleno de achaques -pero vive aún: crudo, concreto, atávico-, como es y ha sido siempre.
Es cierto que es menos antiguo que el Coliseo, por ejemplo, o que la torre de Pisa, pero es más viejo, infinitamente más viejo.

(…)

Verdi es siempre Verdi. Pero aquí sin ninguna retórica, ni énfasis, ni trivialidad oscura, ni fervor coreográfico: aquí, en cambio, frivolidad profunda, vicios, melodías punzantes, ropa interior, cristal de Bacará, risas de cristal, coladas de lavandería, gran mundo, buenos modales, mal sutil, amor y muerte.
En Traviata lo magro y lo grasiento están mezclados con grandeza natural.
Y la inspiración que gobierna este equilibrio milagroso es la más sincera, la más desnuda, la más elegante y tímida que haya habido.
En lo que respecta a su consistencia y su estructura, esta ópera podría flotar sobre el agua, como Ofelia. Como Ofelia, esta ópera muere de amor.
Y así, durante la obra, cuando el éxito hiperbólico alcanza hasta las estrellas, al crítico no le queda otro remedio que poner en marcha sus objeciones al progreso teatral, a la música de vanguardia, al arte nuevo, científico y sin corazón, que, por más reciente que sea, se encuentra ya en último puesto, a la cola de todo el viejo repertorio.

(…)

Caía el telón sobre el último acorde de la ópera y he visto con mis propios ojos llorar a mujeres, viejos y muchachas, y levantarse despacio, muy despacio, a los profesores de la orquesta, pálidos, absortos, sosteniendo sus violines como si fueran paraguas: no se daban cuenta de que la obra había concluido.”

Las citas proceden de Il paese del melodrama de Bruno Barilli; la imagen de Traviata 53, de Vittorio Cottafavi.

Un principio de la más excelsa crítica

Andre-Kertesz-man-reading

Una obra de arte lograda contiene lo bello con tanta pureza que resulta la evidencia misma para cualquiera que esté en su sano juicio; en la medianía, por el contrario, está lo bello meclado con tantos elementos casuales o incluso contradictorios que para purificarlo de ellos hace falta un discernimiento mucho más penetrante, una sensibilidad más fina y una imaginación más vivaz y experimentada; en una palabra, más genio. A ello se debe el hecho de que sobre las obras de mayor enjundia hay siempre unanimidad de pareceres (no considero aquí las divisiones que puede introducir la pasión); solo acerca de aquellas menos excelentes se da riña y discordia. Cuán conmovedora es la invención, en más de un poema; solo que tan desfigurada por el lenguaje, las imágenes y los giros lingüísticos que suele ser menester un sensorio infalible para descubrirla. Hasta tal punto es esto cierto que el pensamiento inspirador de nuestras obras de arte más perfectas (por ejemplo una gran parte de las de Shakespeare) surgió de la lectura de ruines folletos y libracos hoy completamente echados en el olvido. Por tanto, quien alaba a Schiller y Goethe no me prueba con ello, como cree, su extraordinaria y refinada sensibilidad para la belleza; pero a quien aquí y allá le complacen Gellert y Cronegk, ese –aunque solamente acierte en una de sus afirmaciones– me hace intuir que posee inteligencia y sensibilidad –y por cierto que ambas en rara medida.

Heinrich Von Kleist: Sobre el teatro de marionetas y otros ensayos de arte y filosofía. Traducción de Jorge Riechmann. Ediciones Hiperion. Madrid, 1988.

La fotografía de André Kertesz procede de theguardian.com

El arte bajo la plutocracia

 

william_morris

Este es el título de una conferencia pronunciada por William Morris en Oxford en 1883 (publicada en castellano por Pepitas de calabaza). En ella, el autor establece un diagnóstico de la situación del arte y plantea la tesis de que sus problemas están relacionados con los de la sociedad; de modo que se requiere una transformación de esta para que pueda recuperarse el sentido de la belleza que nutre el arte en sus dos manifestaciones: la intelectual, dirigida únicamente al espíritu, y la artesanal o decorativa, que satisface también necesidades materiales.

Es discutible extrapolar estas ideas a un arte industrial y capitalista (en la mayor parte de sus manifestaciones) como el cine, pero creo que resulta productivo leer una parte de la exposición de Morris pensando en el desarrollo posterior de una historia que él, que falleció en 1896, no pudo intuir. En comparación con la fragmentación y el personalismo actual, y pese a todas sus contradicciones internas, el cine clásico consiguió ser un arte cooperativo y popular, con una tradición compartida entre el público y sus artífices, en una línea próxima a lo que soñaba Morris; esto le proporciona, desde un punto de vista seguramente ingenuo, un valor simbólico equiparable al del ferrocarril: el de ser un residuo romántico en el núcleo mismo de la civilización industrial.

Muchos hombres de talento y de genio se dedican, en la actualidad, a realizar obras de arte intelectual, pintura y escultura principalmente. No es asunto mío, ni aquí ni en otro lugar, criticar sus obras, pero el tema que me ocupa me obliga a decir que quienes se dedican a las artes intelectuales se dividen en dos grupos, el primero compuesto por hombres que en cualquier época del mundo hubieran ocupado una posición relevante en su oficio; el segundo, por hombres que ocupan su posición de caballeros-artistas bien por accidente de nacimiento, bien por su diligencia, laboriosidad u otras cualidades semejantes que no guardan relación alguna con sus dotes artísticas. Creo que las obras que producen estos últimos son de poco valor para el mundo, aunque nutran un mercado floreciente y su posición no sea digna ni beneficiosa; sin embargo, y en su mayoría, no deben ser culpados personalmente, puesto que en muchos casos poseen auténticas dotes artísticas, aunque no sean grandes, y probablemente no habrían tenido éxito en ninguna otra actividad. Son, en realidad, buenos trabajadores decorativos, viciados por un sistema que les obliga a ambiciosos esfuerzos individualistas, al aislarles de toda oportunidad de cooperación con otros, de mayor o menor capacidad, para la producción del arte popular.

Respecto al primer grupo de artistas, aquellos que ocupan su lugar con todo merecimiento y enriquecen el mundo con sus obras, debemos decir que son muy pocos. Estos hombres, que han logrado la maestría en su oficio mediante increíbles esfuerzos, sufrimientos y preocupaciones, gracias a sus cualidades anímicas y a su fuerza de voluntad, no pueden por menos que producir algo de valor. Sin embargo, también ellos son víctimas del sistema que insiste en el individualismo y prohíbe la cooperación. Porque, en primer lugar, se les aísla de la tradición, de esa maravillosa y casi milagrosa acumulación de la experiencia de todas las épocas, de la que los hombres se sienten partícipes sin ningún esfuerzo de su parte. El conocimiento del pasado, y la simpatía que los artistas actuales sienten hacia él lo han adquirido, por el contrario, gracias a su propio y agotador esfuerzo personal; y como ya no existe esa tradición que les ayudaría en la práctica del arte y se ven muy lastrados en la carrera por tener que aprenderlo todo desde el principio, cada cual por su cuenta, así también –y esto es lo peor– la ausencia de esta tradición les priva de la existencia de un público que comprenda su trabajo y lo aprecie.

Dejando a un lado a los propios artistas y a unas cuantas personas que también serían artistas de haber tenido oportunidades y suficientes dotes manuales y oculares, no hay en el público de nuestros días ningún conocimiento real del arte, y existe escaso amor por él. Nada salvo, en el mejor de los casos, ciertas vagas inclinaciones, que no son sino el fantasma de esa tradición que en otros tiempos ligaba al público con los artistas. De ahí que los artistas se vean obligados a expresarse, por así decir, en un lenguaje que el pueblo no entiende. Claro está que no es culpa suya. Si intentaran, como algunos sugieren, rebajar su nivel para llegar al público y trabajar de un modo destinado a satisfacer al coste que fuera esas vagas inclinaciones de hombres que ignoran el arte, echarían por la ventana sus dotes especiales, y traicionarían la causa del arte, que tienen el deber y la gloria de servir. No tienen otra opción que llevar a cabo su trabajo individual, sin ningún auxilio del presente, estimulados por el pasado, pero avergonzados e incluso en cierto modo obstaculizados por él; deben mantenerse a un lado, como si fuesen los poseedores de un misterio sagrado que, pase lo que pase, deben, como mínimo, salvaguardar a toda costa.

¡Qué duda cabe de que tanto sus propias vidas como su obra se ven perjudicadas por este aislamiento. Pero ¿cómo podremos valorar el detrimento que esto supone para el pueblo? ¡Que existan grandes hombres viviendo y trabajando en su seno y que este ignore la misma existencia de sus obras, y sea incapaz de entenderlas si puede llegar a verlas!

william_morris2


Las imágenes proceden de: hechosdehoy.com / unostiposduros.com

 

Mirar, escuchar, leer

pantalla

Ver bien una película es difícil si uno se proyecta a sí mismo en la pantalla: muchas películas han sido mal vistas a lo largo de la historia por ese motivo. Ver una película es otra cosa: hay que eliminar la identificación emocional. También hay que cambiar el modo de producir las películas.

Pedro Costa (seminario en el festival Nuevas Olas de Santander, 2/10/16)

***

Amamos la comodidad, la repetición, los mitos; amamos escuchar siempre lo mismo, con esas pequeñas diferencias que permiten demostrar inteligencia. Escuchar la música: es muy difícil. Yo creo que, hoy en día, es un fenómeno raro. Escuchamos cosas literarias, escuchamos lo que se ha escrito, nos escuchamos a nosotros mismos en una proyección.

Luigi Nono: L’erreur comme necessité. Revue Musicale Suisse, 1983

***

– ¿Qué hay de malo en comenzar una novela por el principio?

– El problema es que, si empiezas por el principio, tienes que llegar hasta el final.

– Con un razonamiento así, sin duda… pero ¿qué problema hay en llegar hasta el final?

– Ninguno, naturalmente. Yo también lo hago a veces, cuando quiero conocer el argumento de una narración.

– Pero si no quiere conocer la trama, ¿qué otra cosa puede interesarle?

(…)

– Como artista que soy, considero interesante cualquier pasaje de una novela, incluso fuera de contexto. Encuentro interesante hablar con usted. Es más, me agrada tanto que me gustaría hablar con usted todos los días de mi estancia aquí. Hasta podría enamorarme de usted, si lo desea. Sería verdaderamente interesante. Pero por mucho que me enamore, ello no significa que tengamos que casarnos. Si crees que el matrimonio es la conclusión lógica del amor, entonces conviene que leas las novelas desde el principio hasta el final.

– ¡Qué forma más inhumana, sin sentimientos, tienen los artistas de enamorarse!

– No diga “inhumana” sino “no-humana”, es decir, sin dejarse arrastrar por los sentimientos. Porque leemos novelas con este mismo objetivo no-humano de aproximación, es decir, de no involucrarse, por eso no quedamos enredados en la trama. Para nosotros es interesante abrir un libro al azar, con la misma imparcialidad con la que dibujamos un cuadro; se trata de leer sin objetivo fijo cualquier pasaje por donde lo hayamos abierto.

Natsume Soseki: Kusamakura (Almohada de hierba) Ediciones Sígueme. Salamanca, 2009

ozu

Fuentes de las imágenes: linternamagicasevilla.blogspot.com / mubi.com / criterionforum.org

¿Cómo vive la otra mitad?

riis-1

Mi interés por las fotos de Jacob Riis se remonta a hace mucho tiempo, tanto tiempo como me gusta el cine, no hago ninguna diferencia. Siempre he visto películas y, en paralelo, he prestado atención a la fotografía. En cierta forma, la fotografía es siempre mucho más simple y bella que el cine, al menos que el cine reciente o contemporáneo, porque siempre vemos a la gente, la sociedad humana, nuestro mundo. Me refiero a la fotografía realista, el reportaje – los paisajistas o la foto “artística” y experimental no me interesan nada. Lewis Hine, Eugene Richards, Roy DeCarava, Robert Frank, Riis, me gustan mucho y desde hace tiempo. Hay fotos que te aportan mucho más que una película.

Pedro Costa: revista lumiere

Algunas viejas fotos de Jacob Riis abren Cavalo Dinheiro, la última película de Pedro Costa.

Fuente de las imágenes: poulwebb.blogspot.com

riis-2

Pintores y modelos

Todo comienza con la piel, la carne, la superficie de ese cuerpo, el revestimiento de esa alma. Lo mismo da que el cuerpo esté desnudo o vestido, que la extensión de esa piel se encuentre finalmente limitada por un mechón de cabello, por el cuello de un vestido o por el contorno de un torso, de un costado. Lo que importa es que el pintor haya cruzado o no esa frontera imaginaria de intimidad al otro lado de la cual empieza una ternura vertiginosa.

John Berger: El sentido de la vista. Alianza Editorial. Madrid, 1990