Imitación del ángel

La campagne de Cicéron (Jacques Davila, 1988)

Es sabido que una parte de los autores de la Nouvelle Vague derivaron en la segunda mitad de los años 60 hacia un nuevo academicismo, paralelo al que habían combatido en su juventud airada. En la década de los 70 el cine francés se fragmentó en una especie de movimiento browniano de reacción: algunos cineastas procedentes del núcleo de Cahiers siguieron caminos cada vez más personales, y muchos nuevos autores optaron también por estilos radicales: Straub y Huillet, Akerman, Arrieta, Pialat, Eustache. En medio de esta dispersión de individualidades, una única escuela o movimiento, aunque muy minoritaria: la surgida en torno a Vecchiali y la productora Diagonale.

Jacques Davila fue uno de los últimos autores congregados en torno a esta escuela, y llegó a participar en la película colectiva L’archipel des amours de 1982. Su obra postrera La campagne de Cicéron comparte con el cine de Vecchiali el placer por el contraste y la ignorancia deliberada de las reglas del naturalismo; y con el de Biette la voluntad de explorar otras formas para el clásico duelo entre lo representativo y lo novelesco.

La película combina una construcción clásica (llena de ecos y leitmotiv) con una extrañeza que quizá el paso del tiempo, y el nuevo conservadurismo impuesto por las narraciones televisivas, ha hecho más difícil de asimilar. Entregada al puro presente, tanto en las imágenes como en la mayor parte de los diálogos, carece por completo de explicaciones causales y de contexto. Ignoramos las relaciones que unen a la mayor parte de los personajes, y por qué se mueven. Casi toda la película es clara y solar, pero al mismo tiempo enigmática: como si sorprendiéramos los encuentros y desencuentros de unos desconocidos en la casa de al lado, o en una poza en medio del campo.

Davila parece alguien capaz de reírse de sí mismo: encuentra con precisión lo ridículo tanto en los personajes más pagados de sí mismos y sus triunfos como en los más frágiles (la compositora Nathalie: Tonie Marshall). Todos están vistos con calidez, sin distancia, como si la película adoptara la mirada paciente de Christian (Michel Gautier), en su rol secreto de ángel de la guarda. Así, nos permite reconocer nuestro ridículo en el suyo, en lugar de invitarnos a la identificación con héroes sin mancha.

Una vecina con la que conversa a la puerta de su casa le dice a Christian que solo nos hacemos adultos cuando mueren nuestros padres. Jacques Davila murió antes que sus padres cinematográficos y quizá por eso su película no parece haber alcanzado la mayoría de edad: su humor abarca desde el slapstick hasta la caricatura verbal, pasando por lo escatológico. Su visión del mundo rural, en Les Corbières, no es turística, bucólica ni tremendista. El cineasta, como algunos de sus personajes, parece fascinado por los animales: perros, libélulas, zapateros, un sapo, un ratón de campo, un cuervo amaestrado y un búho hacen acto de presencia; y otros son evocados verbalmente: zorros, víboras, un esturión, una pareja de rinocerontes apareándose, o el pájaro rebelde al que Carmen (de Bizet) compara el amor.

En algunos momentos el misterio aparece de modo expreso: la pantalla materializa visiones subjetivas; o bien la naturaleza misma, o una canción ligera cantada por una mujer, parecen cargados de signos o revelaciones. Entonces los pequeños enigmas del “quién es quién” (1) ceden paso a otra dimensión de lo desconocido. A la postre, el territorio que explora la película no es geográfico ni anecdótico sino moral: como en Apollinaire, se trata de “la bondad, región enorme donde todo enmudece”.

La película se puede ver aquí.


(1) Quizá no está de más traer aquí unas palabras de Jean-Claude Biette sobre Tourneur que no recordé en el momento de contestar a los comentarios:

Para Jacques Tourneur los personajes de una historia son perfectos desconocidos cuyo misterio no ha de ser aclarado o explicado.

16 comentarios en “Imitación del ángel

    1. elpastordelapolvorosa Autor

      Me hago cargo de que no es una película para todos los gustos, pero para mí ha sido un descubrimiento. Aquí se puede leer una reseña más informada.
      En todo caso, gracias por opinar.

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      1. jadsmpa79

        De puro tajante y subjetivo, mi comentario no aporta nada; lo siento. Admito mi escasa simpatía por una serie de cineastas y películas, hijas o nietas de la Nouvelle Vague o sus ramificaciones, que gozan de un (para mí) inexplicable predicamento entre lo que yo llamó «cinéfilos del ala francesa». Que conste que respeto y aprecio a algunos de ellos, y que están en su perfecto derecho de adorar a Vecchiali, Biette, Davila, Guiguet, Kaplan… como yo lo estoy de no pertenecer a la secta. Para mí varias de estas «obras maestras» no son más que derivaciones del pensamiento débil, falsamente gráciles, autocomplacientes y con un sentido del humor y el erotismo que producen sonrojo. Y ya que en varios sitios he visto denunciada la «perniciosa» influencia de Bresson, sería hora de apuntar a las funestas epigonías rohmerianas y godardianas que por ahí campan. Eso por no hablar de Truffaut, reencarnado de repente en el final «trágico» de «La campagne de Cicéron»… De ninguno me creo nada.

  1. Jesús Cortés

    Yo aprecio mucho este Davila redivivo, del que es muy difícil hablar y el intento ya es loable. Ni Rohmer dijo gran cosa, pese a sus bonitas palabras. De todas formas, no lo veo a la altura de los grandes Vecchiali y creyendo entender lo que dice José Andrés, encuentro injusto asimilar lo que no tuvo ni en vida vecindad con nadie. Me refiero especialmente al cine de Guiguet, que encuentro excepcional – y más aun conforme pasaban los años – y ni inaccesible ni post-nada, ni ad hoc ni ombliguista. «Le mirage» y «Les passagers» son dos de las mejores y más emocionantes películas de su época.

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  2. jadsmpa79

    Todo se puede matizar, y de hecho a veces enmiendo mis propias enmiendas, no tanto por rectificar como para intentar no ser totalmente injusto e impedir que las fobias se desboquen. Con Vecchiali me ha pasado en varias ocasiones. Sin llegar al entusiasmo, «Las belles manières» y «Les passagers» me parecen dos buenas películas, un escalón por encima de «Le mirage» y «Faubourg St. Martin». Mi sorpresa viene por el lado de Biette: «Le Champignon des Carpathes», película de hora y media que parece durar tres, huidiza, intrigante, Tourneur visto a través de Rivette, una de las películas fantásticas más originales que he visto.

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  3. Jesús Cortés

    Sí, Biette es el más elusivo de los agrupados heterogéneamente bajo esa etiqueta Diagonale. Quizá el más cercano a Rivette, pero no ciertamente al Rivette más «didáctico», como el magnífico que tú versas en tu blog. Son muchos filtros intelectuales, literarios (no sólo teatrales como aparentan), de varios cines en su plenitud, los que lo recorren y condicionan. Biette vale casi tanto la pena por los caminos que muestra como por las propias películas.

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  4. elpastordelapolvorosa Autor

    Gracias a ambos por las sustanciosas aportaciones. Para distinguir entre el arte y la imitación del arte no hay procedimientos científicos: solo tenemos algunos impulsos del sistema nervioso que es difícil medir con palabras y desde luego no sirven para demostrar nada. Entre las películas de los autores de Diagonale puede haber un cierto espíritu de familia, pequeñas influencias mutuas, actores compartidos, pero todo esto no va más allá que las clasificaciones de géneros en el cine clásico y no nos dice nada sobre sus virtudes o miserias.
    Guiguet es aún para mí territorio desconocido. Vi La campagne de Cicéron después de Le champignon des Carpathes. La asociación de Tourneur y Biette me parece muy justa. Ya la propuso Bozon en un magnífico texto sobre Arrieta, en el que los citaba, junto a algunos otros, como modelos que ayudaban al aprendiz de cineasta a plantearse la pregunta: “¿cómo lograr esa vibración nocturna que colma las películas como un secreto?”

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  5. elkinetoscopiodigital

    Me confieso un gran amante (quiero pensar que también entendido, no sé si grande o pequeño) del cine francés, o sea que debo ser miembro de esa secta que para desayunar sacrifica películas de David Lean en el altar de la modernidad. Bromas aparte, y siempre en un tono distendido, quiero manifestar que para mí el cine francés ha sido, de largo, una de las mayores fuentes de placeres inesperados e insospechados que me ha proporcionado mi vida de crítico de cine. La considero la mayor potencia cinematográfica y la que ha dispuesto de una mayor variedad y vitalidad a la hora de generar personalidades únicas. Tras años de búsquedas y estudio todavía no paro de sorprenderme ante el descubrimiento de tal o cual nombre para mí, hasta hace pocos años o meses, absolutamente desconocido y que considero valioso: un día Jacques Davila, otro Sophie Filleres, otro Guy Gilles, otro Pierre Zucca, otro Raymonde Carasco, otro Jean-Pierre Lajournade. Y, como se podrá ver, casi que en ningún caso del ramillete citado al vuelo se trata precisamente de cineastas actuales, sino que estaban ya ahí desde hace mucho tiempo.

    Las tres vagues (la premiere, la nouvelle y la posnouvelle) son para mí la santísima trinidad, por seguir con los símiles religiosos. Creo que con la nouvelle vague y a partir de ella el cine francés consigue incorporar al mapa cinematográfico mundial tal cantidad de autores relevantes, e influyentes, que es imposible encontrar algo similar en ninguna otra cinematografía. En otras es más fácil rastrear las huellas de un sistema, de un modelo, de una maquinaria seriada -donde el (gran) autor que se expresa de forma discordante es la excepción, no la norma, y ser esa excepción le ha llevado a poner un fin anticipado a su carrera o a tener que plegarse, en no pocas ocasiones, a la forma industrial dominante- no de tal explosión de caminos libres, divergentes, inesperados, insospechados e inexplorados que producen una euforia anticipativa en el espectador ante la exploración cinematográfica y el camino de autodescubrimiento artístico y personal del cineasta. Ninguna otra cinematografía habría permitido que todos los autores de un grupo como la NV hubiera llegado rodando hasta la ancianidad y rodando lo que les diera la gana. Lo que también es un enorme piropo a ellos, a los productores y actores franceses, a las ayudas públicas del CNC, al sistema de salas que tienen y a su público.

    Por último, el dinero (en ayudas o en sistema de coproducción) y la influencia artística del cine francés ha llegado a todas partes. Películas «francesas» fuera de Francia (o afrancesadas o coproducidas por Francia o inspiradas por Bresson o por Rohmer o por Godard, etc.) las hay a miles: Glauber Rocha y Nagisa Oshima son hijos de Godard. ¿Qué decir de las películas francesas de Manoel de Oliveira? ¿Y del ‘Perceval Le Gallois’ en el ‘Silvester’ de Monteiro? ¿Y de Bresson en ‘Ossos’ de Costa? ¿Y la etapa francesa de Buñuel? ¿Y Rohmer en Hong Sangsoo? ¿Y las pelis francesas de Tsai Ming-Liang… y las de Nobuhiro Suwa? ¿Y los modelos bressonianos en ‘Carretera asfaltada en dos direcciones’? ¿Y Chantal Akerman? ¿Y Robert Kramer viniéndose a Francia a filmar? ¿Y Marco Ferreri cuando filma ‘La Grande Bouffe» o Berlanga ‘Tamaño natural’? ¿Y suizos, como por ejemplo Francis Reusser? En fin, las ramificaciones de todo ese cine francés NV y posNV son tan enormes sobre todo el cine mundial más interesante aparecido desde la modernidad hasta nuestros días que francamente es una tarea ingente rastrearlas y enumerarlas todas aquí. Para mí (en mi recorrido, en mis afectos), decirle no a todo ese cine (así, en conjunto, en bloque) es sencillamente decirle no al cine, o al menos a lo más relevante que este nos ha aportado desde 1959 hasta nuestros días.

    Gracias y disculpad el «ladrillo».
    Santiago Gallego

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    1. elpastordelapolvorosa Autor

      No hay nada que disculpar, sino todo lo contrario: es una excelente argumentación a favor de la diversidad y riqueza del cine francés, que comparto en buena medida (a salvo de mi desconocimiento de algunos de los autores que citas, que aprovecho para apuntar).

      Y aunque lo más relevante son las películas, también habría que recordar que nuestra visión de ellas no sería la misma sin los críticos franceses: Bazin, Truffaut, Godard, Rivette, Rohmer, Daney, Douchet, Narboni, Lourcelles, Rissient (un gran crítico que apenas escribió), Delahaye, Biette, Skorecki, Léon, Moullet, Tavernier, Civeyrac, Bozon… Sin ellos, sin Langlois, ¿habríamos sabido ver a Hitchcock y Rossellini, a Mizoguchi, Tourneur y tantos otros?

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      1. elkinetoscopiodigital

        Es muy cierto lo que apuntas de la crítica francesa. Es algo que me di cuenta que había olvidado mencionar cuando le eché flores a los cineastas nonagenarios de la NV y a productores, actores, CNC, distribuidores/exhibidores y público que han hecho posible que Francia haya tenido esa inabarcable diversidad cinematográfica durante muchas décadas y que mucho me temo esté en peligro y en evidente crisis, vistos los más que dudosos relevos que les han venido apareciendo a los grandes nombres cuando estos han fallecido o se han retirado. Además de la Cinémathèque (y sus grandes ciclos) y del papel que Cannes haya podido jugar, como visibilizador y difusor, está indiscutiblemente lo que tú señalas: el rol determinante de la crítica francesa (con Cahiers a la cabeza) a la hora de reivindicar determinadas obras y autores que sin ellos habrían pasado desapercibidos. Su visión (por lo menos hasta la decadencia de los últimos años) para defender lo de dentro casi siempre en el momento justo es encomiable (Positif, por ejemplo, jamás estuvo a la altura, o sea que no debió ser tan fácil ver lo que hoy nos parece tan «evidente»), pero es que, como bien señalas, nos enseñaron -y nos enseñan, al Gus Van Sant de ‘Gerry’ en adelante lo reivindican ellos- a ver el cine americano o una parte muy importante de él: pues el «canon» que establece Cahiers está alejado (para bien) del que, sin ir más lejos, venía sancionando la Academia de Hollywood con sus premios. Citas a Hitchcock o a Jacques Tourneur pero es que la reivindicación de Ida Lupino o de Jerry Lewis, y que alguien me corrija si me equivoco, viene también vía Francia. De hecho, no sé si existirán, pero yo no conozco ningún análisis escrito por un norteamericano tan extenso, minucioso y de una tan nutrida nómina de cineastas que trabajaron en USA como los que ha escrito Coursodon, primero con Sauvage y luego con Tavernier.

        Pensando también en las ramificaciones del cine francés y de la industria del cine francesa y de las ayudas públicas cinematográficas que distribuyen pienso en el papel crucial que han jugado también en el cine africano del Magreb (Chahine, entre otros) y en el del África Subsahariana: Souleymane Cissé y Ousmane Sembène, entre muchos otros. Si no me equivoco, el primer largometraje del África negra, ‘La Noire de…’, es una coproducción con Francia, que dudo mucho que hubiera sido posible sin la NV y que dudo más aún que muchos otros países hubieran estado dispuestos a poner dinero en una cinta que daba una imagen de su burguesía como la que apunta la película de Sembène.
        Me despido disculpándome por haber confundido el apellido de Pierre Zucca.

      2. elpastordelapolvorosa Autor

        Es evidente que ese cine africano habría sido muy diferente sin el apoyo económico de Francia, y el ejemplo pionero de Jean Rouch. En cuanto a la nómina de cineastas, no solo de Hollywood, descubiertos o revaluados por los críticos franceses, la nómina sería interminable: hasta donde sé, figuran por supuesto Lupino y Lewis, pero también Walsh, Preminger, Losey, Ulmer, Fregonese, Naruse, Barnet, Matarazzo (habría que citar varias decenas de nombres)… y más recientemente otros como Iosselliani o Kiarostami, que también tuvieron ocasión de dirigir en Francia las películas que no podían hacer en sus países de origen.
        Creo que a pesar de la errata se identificaba a Zucca, pero ya que lo comentas me he tomado la libertad de corregirla en el mensaje anterior.

  6. jadsmpa79

    Por alusiones, y en el mismo tono distendido: cada uno podemos sacrificar lo que queramos en el altar que nos apetezca, según nuestra propia fe y de acuerdo con nuestras creencias e incredulidades personales. A lo largo de cuatro décadas he presenciado sacrificios unánimes de películas que adoro y descubierto cineastas valiosos sin un solo defensor (sin salirnos de Francia, Louis Daquin), lo que no me quita el sueño. Entiendo perfectamente que la Nouvelle Vague sea capital para muchos cinéfilos, para mí no significa nada, y si lo mejor del cine posterior a 1959 se limitara a lo que ha producido, el cine tendría para mí un valor relativo (aplicando el mismo argumento que otros, con todo el derecho, han aplicado a lo que a mí me importa). Conozco de arriba abajo la historia del cine francés, uno de mis preferidos, y si no la conozco mejor a partir de cierta época es porque perdí el interés, no ya en una cinematografía sino en casi todas, y porque hace tiempo advertí que en todas esas modernidades que vinieron a salvarnos (del siglo XIX, de la tonalidad, del arte burgués, del «cine de papá» , etc.) había un punto de dogma y de soberbia, una agresiva maniobra para desalojar a los «instalados» y ocupar su lugar, erigiendo plataformas a medida (desde la crítica, los medios, los festivales…) destinadas a afianzar a sus inmodestos artífices. Que, consciente o inconscientemente, éstos desplegasen tales estrategias no impide reconocer sus méritos, que algunos hicieron buenas (y a veces excelentes) obras (literarias, cinematográficas, musicales), que abrieron caminos, suscitaron debates, generaron loables discípulos y escisiones no menos plausibles… pero de ahí a considerar que lo que representan es «palabra de Dios» hay un trecho que yo me niego a recorrer. Y estoy de acuerdo: las negativas redondas llevan al error, lo mismo que las adhesiones inquebrantables. Habrá quién piense que hay problemas más importantes, y tendrá razón. Ahora soy yo quien se disculpa.

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    1. elpastordelapolvorosa Autor

      Dicho queda, José Andrés, y creo que ayuda a aclarar que el objeto de tu diatriba no es el cine francés, ni una cierta tendencia del mismo, más que como representación de una disconformidad más amplia, de signo romántico.

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  7. jadsmpa79

    Agradezco la etiqueta disconforme y romántica que me vuelves a poner, sobre todo cuando otros hubieran dicho antiguo, conservador o reaccionario (lo he oído o leído a propósito de algunos artistas que amo). Llevo pensando toda la tarde que, de haber nacido solo cinco años antes y haber crecido en una gran ciudad, mi educación sentimental sería otra y probablemente tendría otros referentes, entre ellos la Nouvelle Vague. Aún así, perseguí a Godard en la adolescencia, y tuve algún encuentros felices con Rohmer y Chabrol, pero no es cuestión de contar batallas. Muy cierto que ha sido posible reivindicar a no pocos directores gracias a la NV y las revistas francesas (no solo Cahiers). Lo que no sé es si -sin salirle del cine francés- esa generosidad alcanzó alguna vez a gente como Capellani, Antoine, Delluc, Poirier, Baroncelli, Feyder, Daquin, Lacombe, Lampin, o es que simplemente ha habido, en cada momento, otras prioridades. En fin, sigamos explorando y que cada cual encuentre sus propios griales.

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    1. elpastordelapolvorosa Autor

      Como dice el musicólogo Richard Taruskin, no hay que confundir evolución y progreso. Todo cambia, pero no necesariamente a mejor (ni tampoco a la inversa). El gusto del día está configurado por férreas estrategias publicitarias, lo cual es lógico desde la perspectiva del negocio. El dinero tiende a invadirlo todo, y el modelo francés de la «excepción cultural» ha permitido su influencia en ámbitos a los que, de otra manera, nunca habría llegado. Pero tampoco está tan mal que la riqueza se reparta un poco y permita hacer negocios de un tipo diferente a los de Walt Disney. Tienes razón en que los franceses han utilizado la crítica en beneficio del poder o de propósitos arribistas, pero esto sucede siempre en todas partes. También es cierto que incluso los mejores (Godard, Daney) han incurrido en el esnobismo cultural de citar en cada momento a los autores de moda, pero eso no anula sus mejores logros. ¿Quién está totalmente libre de autocomplacencia? Todo autor crea sus precursores, aunque sea de forma indirecta (como Borges supo ver a propósito de Kafka). Si imaginamos el cine como un territorio, las categorías generales no son más que mapas de gran escala y los críticos solo guías. Me quedo con tu última frase, que en tu caso no es una mera frase sino algo llevado a la práctica.

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