Una pregunta cuya respuesta no existe

Marruecos (Josef von Sternberg, 1930)

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Al principio vemos a un marroquí tratando de mover a una mula que está parada en medio de una calle por la que se aproxima una patrulla de soldados. La obstinación, la resistencia a abandonar el propio lugar y dejarse llevar por una mano ajena es un instinto muy poderoso también en los humanos, ligado al de conservación. El deseo que imanta es una fuerza potencialmente destructiva, y todos los personajes de las películas de von Sternberg lo saben por experiencia. Como escribió Vargas Llosa, “esclavitud y libertad dejan de ser vividos como contrarios en la realidad del deseo”.

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Hay un tipo de amor (amor en el sentido de eros; Sternberg nunca trató de otro), en el que no se cede terreno: proporciona placer instantáneo, comodidad, joyas. Pero también hay otro amor que deshace las barreras defensivas y las joyas, que mueve al sacrificio y a la renuncia –y de ahí a caer en la esclavitud solo hay un paso. Para cada uno de nosotros, hay seres que solo podrían despertar un amor del primer tipo, pero también hay otros ante los que no es tan fácil distinguir. No basta con mirarse a los espejos, pensando que uno tiene dominada la situación, que una no volverá a cometer los viejos errores.

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Aquí no hay hombres ni mujeres fatales, y los estereotipos de género se disuelven en una niebla de ambigüedad sexual: todos están (estamos) igualmente indefensos. Si uno ni siquiera puede confiar en sí mismo, como le ocurre sobre todo al legionario Tom Brown (Gary Cooper), ¿cómo podría pedir a Amy Jolly (Marlene Dietrich) que renuncie a su posición de protegida del rico La Bessiere (Adolphe Menjou) a cambio de polvo e incertidumbre? La película respeta la convención de la legión extranjera: sabemos que los personajes tienen “un pasado”, pero ningún dato concreto de él. Así, podemos imaginar que Gary Cooper llegó al Sáhara desde el desierto de Nevada para tratar de olvidar a su hermana adoptiva, Barbara Worth (allí su posición era como aquí la del personaje de La Bessiere). Y, como dice el personaje de Marlene Dietrich, también hay una legión extranjera para las mujeres: “si aún tuviera ese abrigo, yo no estaría aquí”.

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La trama de Marruecos no puede ser más sencilla: no es más que un esquema geométrico, que el arte manierista de von Sternberg reviste de destellos y veladuras, de sombras superpuestas, persianas, cortinas de cuentas, pilares, concavidades y signos de interrogación, la penumbra de las calles cubiertas de ramas, juncias trenzadas en puertas de hornacinas, ventanas que se asoman a un paisaje soñado. En este juego de perspectivas y trampantojos, sobre los triángulos amorosos de la ficción se proyecta la sombra del que trazaron en otro plano Marlene Dietrich, Gary Cooper y Josef von Sternberg. Parece legítimo ver al pintor La Bessiere como una figuración idealizada del cineasta, esclavo fiel de un amor no suficientemente correspondido: “Ya ven, amigos. La amo y quiero hacer todo lo que pueda por ella.”

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Salvo entre cinéfilos y otros mitómanos, hoy los amantes de pisar terreno firme quizá piensen que todo esto no es más que humo, como el que exhalan en algunas imágenes los labios de Marlene Dietrich: pero ¿no es nada ese humo? Pensaron de otra forma muchos que vieron Marruecos y siguieron acordándose de ella: así Fritz Lang, que en Cloak and Dagger puso a comer manzanas a Gary Cooper y Lili Palmer; así Howard Hawks, que quiso rehacerla a su modo, en un más difícil todavía bajo el código Hays, en El sueño eterno (que se abre con ese trópico en miniatura que es el invernadero de orquídeas del general Sternwood); así Nicholas Ray, que basó Amarga victoria en una relación triangular que recuerda a la del legionario Tom Brown con su superior militar, el comandante Caesar, y su mujer. A las órdenes de ese mezquino Caesar, avanzando hacia el nido de ametralladoras de unos árabes, Gary Cooper parece adentrarse en un gigantesco útero en el que desaparece… hasta que volvemos a encontrarlo en una taberna, poco antes de que lo haga la mujer en la que no deja de pensar mientras abraza a otra.

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Fuente de las imágenes: pre-code.com

10 comentarios en “Una pregunta cuya respuesta no existe

  1. Rodrigo Dueñas

    Es un placer leer algo tan hermoso sobre esta película, una de mis diez favoritas. «Marruecos» es inagotable, entre otras cosas porque los que sabéis escribir continuáis al acercaros a ella descubriendo riqueza, y ofreciéndonosla.
    Esta noche la volveré a ver y luego volveré a leer este escrito.

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    1. elpastordelapolvorosa Autor

      Muchas gracias, Rodrigo. Tuve ocasión de volver a verla el pasado viernes en el Doré, aprovechando que estaba de paso por Madrid, y en pantalla grande es toda una experiencia.

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  2. jadsmpa79

    De acuerdo con Rodrigo: el último párrafo es un ejemplo de lo que alguien llamó «crítica de relaciones», impracticable hoy por la mayoría, que ve y lee «en diagonal». Aunque «Marruecos» no tiene tanta fama como otras de la dupla, está entre las mejores (y entre las mejores, también, del fascinante ciclo dedicado a la legión extranjera, por entonces en boga). A título personal siempre me ha impresionado la transformación de la actriz en un corto periodo, el que de «El ángel azul» a este debut norteamericano. La mujer de Sternberg/Dietrich es una creación única, y pertenece por entero al cine.

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  3. Jesús Cortés

    También yo asentía con la cabeza mientras leía el último párrafo. Varios de los grandes americanos y Hawks en particular se conocían bien el cine de vieneses y eslavos.

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  4. elpastordelapolvorosa Autor

    Bogdanovich contó que Dietrich, después de ver «Tener y no tener» le dijo a Hawks que el personaje de Bacall era ella 15 años atrás. Y que Hawks le contestó: «Sí, y dentro de 15 años lo volveremos a hacer con otra chica».
    Tengo lejana «El ángel azul»; aunque es una buena película, me parece que está muy lejos, en todo, de «Marruecos».

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    1. elpastordelapolvorosa Autor

      Pues habrá que volver a verla. Sé que es un gran actor, pero Jannings siempre me resultó un poco cargante, y para mí su presencia va también en contra de «La última orden».

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  5. jadsmpa79

    Todo el ciclo Sternberg-Dietrich raya a gran altura: en el primer encuentro, «The Devil» fue mi favorita, y «Blonde Venus», la que menos me gustó. No voy a decir que las preferencias se han invertido, pero la segunda se ha aupado a lo alto. Ckaramente «El ángel azul» es la más misógina del lote junto a la «española», pero no menos excelente. Al menos yo la prefiero a la novela de Heinrich Mann, que tan buena prensa tiene. Jannings pertenece a su época y aparece en tan grandes películas que cuesta desmerecerlo.

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  6. elpastordelapolvorosa Autor

    No conozco la novela de H. Mann. En «El ángel azul» el balance se decanta del lado de lo grotesco; es menos romántica, pero no diría que es misógina. Sternberg decía que es el profesor Unrat quien se hunde a sí mismo.

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