Desde las alturas

El árbol del ahorcado (Delmer Daves, 1959)

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Gary Cooper maduró con el tiempo, al paso del cine americano; a diferencia de sus personajes en las películas de los años 30, bellos como héroes griegos, no murió joven. Los westerns de los años 50 no evocan tanto los mitos griegos (pese a la célebre frase de Godard sobre The searchers) como la Biblia: un mundo que, en el mejor de los casos, solo conserva del Edén la apariencia exterior. Un mundo en el que la inocencia no existe, pero en el que, no obstante, el perdón puede vencer al destino y redimir el pasado. En 1959 el actor venía de interpretar a un ex forajido que cumple una versión perversa de la parábola del hijo pródigo en El hombre del Oeste de Anthony Mann: una película más cruel que El árbol del ahorcado, pero no más ambivalente.

Aquí Gary Cooper es el doctor Frail: un nombre que ilustra sus esperanzas sobre la naturaleza humana. Cambiar de nombre es una forma de tratar de ser otro, de dejar atrás un pasado doblemente oscuro, ya que no se nos desvela –más allá de algunas insinuaciones: un triángulo amoroso con una mujer entre dos hermanos, una casa incendiada.

Si ponemos entre paréntesis su escenario, los bosques de coníferas y los buscadores de oro de Montana, vemos que El árbol del ahorcado está construida como un melodrama. La ceguera tiene un lugar central en la película, a través del personaje de Elizabeth Mahler (Maria Schell): pero ella no es la única. En realidad, parece que todos los personajes son ciegos, vistos desde la perspectiva del doctor Frail, al que su clarividencia le impide alcanzar la paz interior. Como si la vida fuera una partida de póker, él parece saber siempre a qué atenerse sobre el curso que tomarán los acontecimientos.

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Su punto de vista superior se despliega desde su casa situada sobre un cortado, una brecha en la roca que domina la población minera de Skull Creek. Según otro personaje que lo frecuentó años atrás, quizá el doctor lleva el alma en su maletín negro. Su misión no consiste solo en curar los cuerpos, sino evitar que los demás hombres y mujeres se hagan daño a sí mismos. El predicador ciego al que interpreta George C. Scott lo aborrece como a un profeta rival.

Cuando llega la noticia del hallazgo de la joven extranjera víctima de un asalto a la diligencia, el doctor no se apresura a ir a atenderla: él tiene en ese momento una responsabilidad más grave, que es acompañar la muerte de una mujer del saloon, “la pelirroja”. Ahora no recuerdo ningún otro momento de una película que, con tanta discreción como este, pueda ilustrar lo que Maurice Blanchot postulaba como el fundamento de toda comunidad: “hacerme cargo de la muerte del prójimo como única muerte que me concierne, he ahí lo que me pone fuera de mí, he ahí la única separación que puede abrirme, en su imposibilidad, a lo Abierto de una comunidad”.

Más tarde, el doctor Frail cuidará de Elizabeth hasta que pueda recuperar la vista, aunque ello suponga encerrarla bajo su custodia: una relación paralela a la que mantiene con Rune (Ben Piazza), una especie de hijo adoptivo forzado. El sentimiento de transferencia de ella hacia Frail, más la atracción juvenil que supone Rune, amenaza con generar una nueva relación triángular que al doctor no puede dejar de recordarle la que vivió en su pasado: él, que no se permite a sí mismo el “derecho a olvidar”.

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El episodio final de la película desplaza el punto de vista elevado del doctor Frail a una nueva circunstancia, cargada de ironía trágica. En el desenlace asistimos a una redención doble: Elizabeth consigue que Frail descienda hasta su nivel, que deje de mirarla desde lo alto. El plano final, intemporal, con su perfecta geometría y su suave movimiento de retroceso, parece cobrar vida desde un retablo de 1400. El relato se disuelve en la claridad de la estampa, igual que las figuras se funden con el paisaje dorado; prestando tan poca atención a su futuro como antes lo había hecho a su pasado.

2 pensamientos en “Desde las alturas

  1. jadsmpa79

    Repito aqui lo que he dicho en otros lugares: Daves, un maestro sin apenas seguidores, y “The Hanging Tree”, una de sus grandes películas (con el mejor y más sombrío Gary Cooper, que ciertamente prolonga su torturado personaje de “Man of the West”). Cuando se repuso en 1981 ya era un “western” poco apreciado; no quiero pensar ahora.

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  2. elpastordelapolvorosa Autor de la entrada

    Quizá a Delmer Daves lo ha perjudicado la comparación con Anthony Mann, cuyos westerns (salvo quizá “Devil’s Doorway”) tienen poco que ver: casi cualquier director saldría mal parado si se lo juzga respecto al grado de tensión formal de Mann, y en todo caso la tonalidad de Daves es más lírica, menos virulenta. La historia de filiación adoptiva de “El árbol del ahorcado” también recuerda a “Run for Cover” de Nicholas Ray, pero la película de Daves me parece más lograda.

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