Caminar

Beggars of Life (William Wellman, 1928)

tren

A mediados de 1929 la apuesta de las grandes productoras por la tecnología del sonoro, que tan rentables resultados produjo a la pionera Warner, decretó la muerte prematura del cine mudo; poco después, en octubre, el reloj de la bolsa de Nueva York marcaría el final anticipado de los despreocupados años 20. El año anterior, Beggars of Life fue la primera película con efectos sonoros de la Paramount (aunque las versiones sonoras se han perdido y solo se conservan las mudas que se distribuyeron para los cines no adaptados a la nueva tecnología). La película demuestra que seguir las andanzas de los vagabundos no fue una innovación de la era de la Gran Depresión: el protagonista, Richard Arlen, con esa esencialidad característica del cine mudo, ni siquiera tiene nombre (es “el chico”); poco sabremos de su pasado, y de su presente solo que se dirige a Canadá, a la granja de unos parientes que emigraron y han prometido darle trabajo. Sus pies caminando abren y cierran el prólogo; su destino es moverse permanentemente. Cuando se nos muestra su cara comprendemos que tiene hambre: asomado a la puerta de una casa donde un hombre está sentado de espaldas ante un rotundo “desayuno americano”. Como decía Bresson, el cine sonoro (aunque sea en ciernes) descubre el silencio: en este caso, el silencio dramático del hombre que no responde a las frases del vagabundo.

descubrimiento

Ese pequeño suspense dramático se resuelve en un drama mayor, cuando el chico se acerca y descubre que el hombre está muerto: entonces irrumpe Louise Brooks, su hija adoptiva, que explica lo sucedido con imágenes que se superponen al movimiento de sus labios. Beggars of Life se vio muy poco hasta su reciente recuperación, pero añade algo de claroscuro al perfil de William Wellman en los primeros años de su carrera, más allá de su fama de director pendenciero y vitalista, amante de la velocidad y de los extras: el prólogo es serio y artificioso, lleno de fundidos encadenados, de encuadres muy trabajados en que el cuerpo sin vida se sitúa entre los dos jóvenes como si los separara, aunque en el fondo los une insensiblemente.

Su unión se afianza en la primera noche que pasan juntos, a su pesar: la cámara penetra mágicamente en el agujero en el heno que el chico abre en un almiar –una inmersión de exotismo comparable a la entrada en el iglú de Nanuk. Incluso las frases para la galería en los intertítulos reflejan a su modo la trascendencia del momento: cualquier frase es ridícula frente a la intimidad del contacto físico, plasmada en imágenes que permiten intuir, sin necesidad de rayos infrarrojos, el calor de los cuerpos. La escena se cierra y el chico mantiene los ojos abiertos: empieza a ver a su compañera de camino como mujer, y no solo como una fuente de complicaciones.

almiar

La noche siguiente la pareja se une a una banda de vagabundos cuyo líder provisional, Arkansas Snake (Robert Perry), descubre también que ella es una chica a pesar de sus ropas masculinas, con una mirada fija que podemos imaginar en un personaje de Sade. Luego se une también al grupo Oklahoma Red (Wallace Beery), el otro protagonista, que rivalizará con Snake para adoptar el papel que dejó vacante el padre adoptivo de la joven. Las incursiones de la policía, que busca a la chica por el asesinato de aquel, contribuirán a salvarla de forma momentánea y paradójica; pero la pareja indefensa necesitará de una protección alternativa para escapar tanto de las fuerzas de la ley como de las del caos (que parodian a aquellas, sugiriendo su identidad esencial).

en el tren

Como en La carta robada de Poe, el mejor disfraz será vestirla de mujer; y en una cabaña abandonada, el último de sus refugios siempre provisionales, ante la presencia de otro cadáver reciente (aunque fallecido por causas naturales, no deja de ser como un fantasma del padre asesinado), el chico culminará su proceso de descubrimiento de ella en una escena que trae ecos del prólogo, y también de la noche en el almiar.

disfraz

Si la amenaza sexual a que está continuamente sujeta Louise Brooks anticipa sus personajes en el díptico que rodaría el año siguiente con Pabst (aunque aquí con más carácter y respeto por sí misma, y menos sumisión ingenua al destino), Oklahoma Red es como un esbozo tosco del personaje de John Wayne en El hombre que mató a Liberty Valance; pero la película de Wellman es simple e inocente, con su mezcla de observación de la realidad e idealización sentimental, su movimiento perpetuo que no detiene ninguna prevención por mantenerse en el campo cerrado de lo verosímil.

Fuente de las imágenes: dvdbeaver.com

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2 pensamientos en “Caminar

  1. jadsmpa79

    Aunque prefiero “Wild Boys on the Roads”, “Beggars” es muy representativa de Wellman, que en aquellos años y más adelante cantaba (sin miserabilismos, pero colocándose en el umbral de tolerancia de las productoras y luego del Código) los avatares de los humildes y desfavorecidos. Ojalá reaparezca algún día una de sus compañeras de cosecha: “The Legion of the Condemned”, de la que hay un pálido reflejo en su obra final (“Lafayette Escadrille”). Ahí encontraríamos otra de sus facetas: el riesgo, personificado en soldados, aviadores, legionarios, aventureros…

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    1. elpastordelapolvorosa Autor de la entrada

      Tengo pendiente “Wild Boys…”, y también “Heroes for Sale”. En realidad, conozco muy mal la obra de Wellman, y en esos años hacía tantas películas y tan diferentes que, como ocurre con otros de sus colegas, resulta difícil definirlo. Consiguió hacer muy buenas películas en todas las épocas, y se ganó el respeto de la industria (y al mismo tiempo, el de personas como Louise Brooks que fueron muy críticas con su banalidad), pero no se le puede considerar un “autor” en el sentido francés; él creía en la división del trabajo, y aunque a veces se le puede reprochar su transigencia con ese espíritu de “Reader’s Digest”, resulta difícil imaginar que las películas pudieran hacerse mejor manteniendo el mismo punto de partida.

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