Pasajes

Lola (Jacques Demy, 1961)

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«Todas las cosas rectas mienten, murmuró con desprecio el enano. Toda verdad es curva, el tiempo mismo es un círculo.” (F. Nietzsche)

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Como el Pasaggio Balestrero de Valparaíso que fotografió en 1952 Sergio Larrain, el pasaje Pommeraye de Nantes (1) es un lugar mágico en el que los tiempos se reúnen. En Lola el tiempo es un jardín de senderos que se bifurcan y, ocasionalmente, vuelven a encontrarse: la película transcurre en presente, pero se trata de un presente que reúne también el pasado y el futuro. En lugar de un flashback de cómo surge el primer amor, el único, de Cécile/Lola por Michel, vemos a otra Cécile, Desnoyers, que con 15 años se enamora a su vez, repitiendo la historia anterior, de otro marinero americano, Franky, que pasa tres días en Nantes. Lola siente apego por Franky porque le recuerda a Michel; y Gaspard se ve atraído por Cécile recordando a aquella otra Cécile.

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Lola está dedicada a Max Ophüls, el director del movimiento perpetuo, que no pudo llegar a filmar a Anouk Aimée (en Los amantes de Montparnasse, que acabaría haciendo Jacques Becker), y es como una versión de On the town (Un día en Nueva York) en la que la danza aparece integrada de forma sutil en las acciones cotidianas, a la manera de Tati, y en los movimientos del azar. Los personajes tienen la densidad del pasado que gravita sobre ellos, del que forma parte el pasado de los actores que los encarnan: así, Madame Desnoyers (Elina Labourdette), madre de Cécile, muestra a Roland Cassard una foto de su juventud que procede de Las damas del bosque de Bolonia de Bresson; y el propio Cassard (Marc Michel) parece arrastrar la ambigüedad de su personaje en Le trou de Becker.

Por su parte, el nombre de Lola remite a Sternberg (aunque en este caso se trata de un ángel blanco, sin ningún rasgo de fatalidad) y a Ophüls (aunque en un ambiente social diferente al de la juventud de Lola Montes); además, por su carácter ligero, ajeno a toda seriedad, nos recuerda a Anne Vernon en las comedias de Becker. Finalmente Michel (Jacques Harden) representa, antes de Wenders, al “amigo americano” que se presenta en Nantes vestido de blanco, como los marineros, con su lujoso Cadillac a juego, como un personaje de cuento de hadas.

Tras ser despedido de su trabajo por su impuntualidad reiterada, Gaspard se convierte en el perfecto flâneur, y puede sumergirse en el azar como un nadador que se estira en el agua después de un duro día de calor. Así, además de encontrarse con Madame Desnoyers y su hija, y luego, después de tantos años, con Lola, su experiencia se abre a otros mundos paralelos escondidos en la realidad cotidiana (el personaje del peluquero que trafica con diamantes, que aparece en escena de un modo que recuerda a los viejos seriales, a las novelas de Balzac).

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La primera vez que vemos a Lola, Franky le pide que se acueste con él; ella lo rechaza pero inmediatamente cambia de idea, al ver el coche que ha comprado para su hijo pequeño. En la siguiente escena, Madame Desnoyers rechaza el ofrecimiento de un libro que le hace Gaspard en una librería, pero inmediatamente cambia de idea. Como en Noches blancas de Dostoyevski, que diez años después adaptaría también Bresson, todos aman a una persona que no está libre, pero cuya unión ideal parece, en un momento dado, destinada al fracaso; así, la infelicidad de uno (Lola, Gaspard) traería como consecuencia la esperanza de otro (Gaspard, Madame Desnoyers).

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A su término, Lola transmite la sensación de que algo se nos escapa entre las manos: como decía Bataille de los dibujos de los niños, más que el designio de copiar la realidad, está animada por el horror al vacío, y así aparece llena de líneas que tratan de llenar el espacio –las trayectorias de los personajes, que se acercan o se alejan, se encuentran o se cruzan sin verse, movidos por los hilos de un azar que nunca fue más visible que aquí. El pasado tiene significados diferentes para los distintos personajes: para Lola, está unido con el futuro como una promesa de felicidad, para Gaspard es una fantasía, un tiempo lejano y sin responsabilidades como el de las películas, y para Madame Desnoyers el momento de un error, algo que ocultar.

Como ocurre con las personas, las películas envejecen; la flacidez, los achaques, las rigideces afectan a la piel, los órganos, las articulaciones, pero no a su belleza esencial. Lola fue el primer largometraje de Demy, y comparte la ingenuidad conmovedora de su protagonista, y también la voluntad de no limar los contrastes y contradicciones que evidencia la fotografía de Raoul Coutard; desborda de ganas de hacer cine, sin sujeción a ningún estilo, mezclando la precisión de Bresson (sin su dogmatismo), la interpretación no naturalista de Renoir y el sentimiento de Borzage; consigue que, después de sus últimas imágenes, cuando se apaga el eco de la música de Michel Legrand, quisiéramos volver a empezar.

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(1) Nantes: quizás la única ciudad de Francia, además de París, donde tengo la impresión de que puede sucederme algo que merece la pena, donde ciertas miradas se consumen por sí mismas con un ardor excesivo (el año pasado, sin ir más lejos, volví a comprobarlo, durante el tiempo necesario para atravesar Nantes en automóvil y ver a aquella mujer, una obrera, creo, acompañada por un hombre y que alzó su mirada: hubiera debido detenerme), donde para mí la cadencia de la vida es distinta a la de cualquier otro sitio, donde un espíritu aventurero, más allá de cualquier aventura posible, habita todavía en ciertos seres, Nantes, de donde aún pueden surgirme amigos, Nantes, donde amé un parque: el parque de Procé. –André Breton: Nadja

Fuentes de las imágenes: dvdbeaver.com / ilpost.it

2 comentarios en “Pasajes

  1. jadsmpa79

    Excelente texto, que es a la vez una novela de la película. Aunque no me gusta todo lo que hizo Demy ni comparto su devoción por el musical, me parece un ejemplo de coherencia, de amor por los personajes y por el cine mismo (que él entendía de un modo artesanal, no fabril, algo que se gestaba con emociones antes que con la técnica, por lo demás imprescindible). «Lola» es, para muchos, su mejor película. Estoy tentado de suscribirlo, pero aún prefiero «Los paraguas de Cherburgo». Convendría repasar también «La baie des anges», en muchos sentidos la hermana pequeña de «Lola», e incluso algunas de las que hizo al final, que según recuerdo pasaron casi desapercibidas.

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    1. elpastordelapolvorosa Autor

      Gracias por el comentario. Ya no recuerdo si fue «Lola», en un lejano pase de TVE, mi primer contacto con la obra de Demy: pertenece al género del musical sin números musicales (con excepción de la canción de Lola), que no solo abordaron directores expertos en el musical estándar («Gentleman Jim», «What Price Glory»); con sus diferencias de estilo, es un primer largometraje a la altura de los primeros de Truffaut y Godard, un poco anteriores en el tiempo. Antes, Demy ya había dirigido maravillosas películas, como esa mezcla de documental etnográfico y «home movie» que es «Le sabotier du Val de Loire»; o «Le bel indifferent», un ejercicio de emoción tanto como de estilo. Cineasta intuitivo, todo su genio es visible desde el principio. La filmoteca de Cantabria le está dedicando un ciclo que incluirá las películas que citas: una buena oportunidad para el reencuentro, el descubrimiento, y las comparaciones.

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