Sueños mortales

Match Girl (Andrew Meyer, 1966)

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La cerillera de Andrew Meyer se inspira libremente en el famoso cuento de Andersen, que traspone desde la Dinamarca del XIX a los ambientes de la Factory de Andy Warhol. Pese a esta base narrativa, la película, heterogénea y fragmentaria, no constituye tanto un relato como un poema que fuera a la vez un ensayo. El cuento de Andersen aparece, en este contexto, como la mejor síntesis de los artistas pop: cada cerilla que enciende la protagonista le proporciona, con su mínima luz y calor, un sueño que la ayuda a escapar del frío y la miseria de la realidad, hasta que esa sucesión de ensoñaciones la conducen al sueño, que en medio de la nieve es hermano de la muerte. Desde fuera, los espectadores ajenos solo verán esta última, la evidencia del cuerpo congelado; el narrador (Andy Warhol en la película) subraya: “pero nadie supo las maravillas que había visto”.

Por un azar de programación, su proyección en la Filmoteca de Cantabria coincidió con la de La hora del lobo de Ingmar Bergman, cuyo planteamiento es exactamente el contrario: Johan Borg (Max Von Sydow) enciende cerillas una y otra vez para intentar no quedarse dormido, para escapar de los seres que lo acechan en sus pesadillas; la realidad exterior, de la que forma parte la dulce Alma, es una isla cuya belleza efímera será destruida por los demonios que anidan en su atormentada alma nórdica.

En el universo del pop los sueños juegan a ser también, aunque de manera opuesta, más reales que la realidad; pero obviamente no lo son. Eran solo puestas en escena, fantasmas, proyecciones, un anuncio diluido de deseo –como las letras que dicen “Hollywood”– porque era imposible comerse, ni en sueños, el contenido de una lata Campbell. (Estrella de Diego: Tristísimo Warhol. Siruela. Madrid, 1999).

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La confusión del cine y la vida que produce la fábrica de sueños de Hollywood es aquí solo un punto de partida: recordemos la Lupe de Rodríguez-Soltero, que vive en las películas una vida más plena, carente de los declives y decepciones de la realidad. Al principio vemos a Vivian Kurz protagonizando uno de los Screen Tests de Warhol, que aparece en un reflejo, inclinado sobre el trípode. Pero la película de Meyer, una sucesión de destellos, está muy alejada del rigor de aquel en el manejo de la variable tiempo; si Warhol es un primitivo que trata de recuperar el espíritu de Lumière, la película de Meyer estaría más próxima a Griffith y sus heroínas ingenuas.

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Junto a los motivos navideños de Andersen encontramos en ella las imágenes del propio cine: Marilyn Monroe, Vértigo de Hitchcock, y un libro de memorias de Renoir, que hizo una versión de esta misma historia a finales de los años 20, tendiendo un puente con aquellas primeras vanguardias. Y Gerard Malanga interpreta a un actor con chaqueta de cuero que me hace pensar, quizá arbitrariamente, en el Orfeo de Cocteau.

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Sobre la protagonista, Vivian Kurz, he encontrado este texto, publicado en el número 45 de Film Culture, la revista de Jonas Mekas, que da una buena idea del ambiente en el que nace la película:

“Vivian está en Londres y no estoy muy seguro de qué ha sido de ella. Los dos somos cáncer y nunca escribimos cartas, pero lo último que he oído es que estaba trabajando en la tienda de Pauline Fordham con un tremendo éxito y que era muy feliz. Nada me alegra más. El último verano que pasamos juntos en Nueva York y Londres fue maravilloso. Ya sabes, nunca podría imaginarla estando con nadie más que conmigo. Vivian y yo íbamos a ver montones de películas, a cenar en Serendipity (Nueva York) y Trattoria Terrazza (Londres) y a comprar cada uno la ropa del otro. La adoro. Casi nunca íbamos a fiestas, y apenas dejábamos que otras personas compartieran nuestro tiempo juntos; excepto Clare y Andy, que rápidamente se convirtieron en nuestra familia.

El año pasado en Boston, en Cambridge especialmente, ella era la princesa reinante. Boston está ávida por un buen pedazo de cualquier cosa, de modo que la interacción social resulta allí mucho más estrecha e incestuosa que en Nueva York. Aquí la gente es capaz de deslizarse dentro y fuera de la escena. Pero el año pasado en Boston había casi un reparto fijo: Ed Hood, Gordon Baldwin, Don Lyons, Patrick, Andy Meyer, y unos pocos más. Pero Vivian era la favorita de la corte. Una vez ella comparó su vida con la claustrofobia paranoica de Paris nous appartient de Rivette. Cuando un miembro del contingente de Nueva York visitaba la ciudad de Harvard, el tratamiento de alfombra roja era alucinante. Aquí nunca podríamos igualar su hospitalidad. Y Vivian tenía aquel encantador apartamento de Harvard, desbordante de objets d’art y collages de Bruce Connor, y un flujo constante de amigos e invitados. Su salón no era la pista de aterrizaje de la Jet Set Junior de la misma manera en que lo fue el histórico del número 19 de la Octava Avenida, sino una especie de casita de chocolate para adolescentes fuera de moda, siempre abierta para quienes la amaban –que eran muchos.

Vivian era verdaderamente una estrella brillante en el firmamento del cine. Pero nunca fue capaz de presionarse a sí misma, porque carecía de la ambición que cualquier superestrella necesita para estar en primera línea. Ella siempre careció de la cualidad esencial del espíritu de grupo: era incapaz de venderse a sí misma. Como Debbie, la más elusiva de las estrellas, tenía un alma y una belleza demasiado grandes para llegar a ser una primera figura.

Pese a todo, su filmografía es impresionante, y ninguna otra estrella ha trabajado con cineastas tan importantes. Bruce Connor hizo una película entera sobre ella: Vivian. Y fue inmortalizada como protagonista de la primera obra maestra de Andy Meyer: Match Girl. Interpreta el papel de hermana de Andy en Corruption of the Damned de Kuchar. Y Gerard rodó con ella parte de su Cambridge Diary.

El cuerpo de Vivian es digno de una top model: alta, delgada, maravillosamente atractiva; su cara es de otro siglo, como un cameo victoriano. Pero quizá es la suavidad pulida de su nuca y su balanceo de niña pequeña lo que más me gusta de ella.

Su director favorito es George Cukor (creo que también un cáncer; ¡tiene que serlo!). Alucinamos viendo The Chapman report. Y tanto ella como Andy tendrán siempre Cena a las ocho como una de sus más bellas experiencias compartidas. Esto es lo más característico de Vivian: caer rendido ante una experiencia o una relación con el pensamiento constante de que después, ya sean unos minutos o unos años más tarde, aquella experiencia aún continuará dominando y superponiéndose a las siguientes. En cuanto se enamora, ella piensa en el momento en que la relación habrá terminado, pero también en lo bello que será entonces volver con el pensamiento al tiempo de aquel breve espacio de felicidad.

Vivian no podía participar en los juegos de Nueva York y nunca se sintió verdaderamente a gusto con sus reglas. Boston y Londres se parecen lo suficiente como para que ella pueda volver ahora al momento de su mayor éxito y felicidad. Le deseo lo mejor.”

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Las imágenes provienen de cineinfinito / voxultra.blogspot.com

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2 pensamientos en “Sueños mortales

  1. jadsmpa79

    Sin haber visto el film, me maravilla cómo algunas historias vertebran discretamente la historia del cine, ya sea la épica de Juana de Arco o la humilde de Andersen, que reaparecen en distintas épocas y países. ¿A quién pertenece el texto de Film Culture?

    Responder
    1. elpastordelapolvorosa Autor de la entrada

      Sí, hay arquetipos que siempre vuelven, a veces de manera insospechada; en este caso, el relato de Andersen aparece como una posible clave de acceso al mundo de Warhol, con su unión de los sueños y la muerte. No obstante, la película de Meyer (no disponible, que yo sepa, en internet), es muy diferente de las de aquel (hasta donde conozco).
      No he podido localizar quién es el autor del texto de Film Culture. También es interesante leer el texto adjunto a la sesión de cineinfinito sobre la carrera posterior de Meyer, que revela que algunos de estos cineastas que se movían por los círculos del “underground” no tenían la voluntad de limitarse a ellos; otra cosa es que luego consiguieran, o no, un lugar en la industria del cine más convencional.

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