Reloj de arena

Suez (Allan Dwan, 1938)

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El cine clásico se tomaba muy en serio las profecías de los adivinos exóticos; aunque los aristócratas protagonistas se burlen de él, comprendemos que todo lo que prediga el hombre del turbante, en función de lo que percibe cuando la arena cae entre sus dedos, se cumplirá: problemas, grandeza y una larga vida para la condesa de Montijo (Loretta Young) y zanjas para Ferdinand de Lesseps (Tyrone Power).

El director, Allan Dwan, retiene el gesto exótico del adivino y teje a partir de él una de esas simetrías que constituyen la esencia secreta del cine clásico, como un leitmotiv que retorna al final discretamente, sin pompa, en un registro bajo: ocurre después de la escena espectacular del tornado, maravillosamente lograda, en la que Toni (Annabella) abandona el refugio de las mujeres para socorrer al herido Ferdinand, al que ata (psicoanalíticamente) para protegerlo del vendaval (de sus deseos sublimes). Por una de esas reglas del melodrama, y con la velocidad característica del arte de Dwan (aquí todo sucede deprisa, y tanto la cámara como los personajes corren, se agitan y se interrumpen como si estuvieran poseídos por un impulso que los lleva más allá de sí mismos, hacia grandiosas aspiraciones), justo en ese momento en que ha conseguido salvar al héroe (lo que podría servir para que este, al despertar, pudiera verla por fin como mujer, más allá de su nombre masculino, su pelo corto, su familiaridad plebeya), una ráfaga violenta los separa y ella se enfrenta a una sombra negra que irrumpe vertical en el centro del encuadre. Tras una rápida transición que muestra el despertar del héroe, en un caos dominado por las antorchas y el llanto de las mujeres egipcias, pasamos al entierro: otro personaje cómico, el sargento mayor (Sig Ruman), ordena disparar unas salvas en honor de su nieta Toni, caída en la “línea del deber”, y acto seguido, desde un borde del encuadre (un travelling que avanza sobre la tumba abierta está a punto de ocultarnos el gesto) vierte un poco de arena sobre aquella.

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Ferdinand se enfrenta aquí a una última zanja. Y no hay ya futuro para Toni, un personaje que tiene su modelo arquetípico en la Liu de Turandot de Puccini, y que reaparecerá en el cine en múltiples avatares, de Mizoguchi (la hermana de Oyu Sama) a Minnelli (el personaje de Shirley MacLaine en Some came running), hasta llegar, ya muy variado, limpio de psicología y melodrama, a Une femme douce de Bresson.

El rasgo esencial del destino de Toni, la belleza ignorada, puede verse como una metáfora de la obra de Allan Dwan. Como ocurre con otros nombres del viejo Hollywood, y por razones ajenas a sus verdaderos méritos, está demasiado olvidado por el gran público para el que hizo sus películas. Con el paso del tiempo, Suez demanda un espectador que no sea como Ferdinand, el que solo tiene ojos para las obras que fracturan continentes, para las faldas monumentales, los sombreros de plumas y los rasgos perfectos de la belleza reconocida.

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6 pensamientos en “Reloj de arena

  1. jadsmpa79

    Sí, el destino se viste con atributos torrenciales a lo largo de una película que posee un maravilloso (y ya perdido) sesgo novelesco y un aliento épico que reduce el cine “espectacular” de hoy a la altura del betún. Me temo que ese gran público del que hablas se ha metamorfoseado en una masa de clientes sin apenas conexión con el cine del pasado, excepción hecha de un puñado de títulos míticos. Olvidar “Suez” no es solo olvidar una gran época y un gran director, sino una forma de entender el cine.

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  2. elpastordelapolvorosa Autor de la entrada

    Gracias por el comentario y también, desde luego, por la pista de “Suez” en tu texto de la semana pasada sobre Allan Dwan. Siempre me ha extrañado la inercia y la arbitrariedad de la “historia oficial” del cine, que convierte en míticas a unas pocas películas del pasado y olvida el resto. No se trata aquí de descubrir nada: a Dwan ya lo descubrieron los productores de su tiempo, y luego gente como Godard, Biette, etc., que supieron ver su trabajo por lo que es en sí mismo, al margen de los designios de aquellos; y hasta ha tenido recientemente una retrospectiva en el MOMA.
    Como dices, el gran público ya no existe, y a veces da la sensación de que el público de las filmotecas acudiera a algunas grandes películas del pasado guiado por una mitología selectiva que se complace en ver siempre lo mismo (como los aficionados a la ópera que solo van a una docena de títulos), y por razones secundarias (como si aquellos eligieran sus favoritas por la calidad del libreto, por ejemplo).

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  3. jadsmpa79

    Frente al cine, la música, la literatura e incluso la misma vida, tienes dos opciones: sentarte a que te sirvan o calzarte las botas, coger el bastón y salir a explorar. La mayoría hace lo primero porque le resulta más cómodo seguir la corriente general; yo creo que un verdadero espectador, como un auténtico lector o un verdadero melómano, es un buscador de oro.

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    1. elpastordelapolvorosa Autor de la entrada

      Hace poco recordaba que el personaje de Sergio Castellito en “Va savoir” de Rivette dice que lo propio de un tesoro es estar escondido: y efectivamente, está en nuestras manos ir a buscarlo. Los avances tecnológicos facilitan algunas exploraciones, pero no las dan hechas; hoy como ayer, hay quien prefiere los viajes organizados.

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  4. Rodrigo Dueñas

    Si la tenacidad ante el infortunio y los contratiempos es una de las características del héroe, el de “Suez” ha de enfrentarse (aparte de las propias de su ardua misión) a adversidades desmedidas: destierro, ser considerado por sus amigos un traidor a su causa que se ha vendido para afianzar su carrera (lo que da lugar a la muerte de su padre), rechazo (amable, que lo hace más frustrante) de la mujer que quiere. Aunque sabemos desde el principio que va a terminar su obra, la sensación de impotencia es continua, algo que transmite siempre Power.
    Él no lo ve, pero su gran fracaso es el rechazo a la felicidad que tiene al alcance de la mano, menospreciando el sencillo fez por, como acertadamente apuntas, el sombrero de plumas.

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  5. elpastordelapolvorosa Autor de la entrada

    Bien visto el contraste entre el fez de Toni y los tocados de la condesa. La oposición entre ellas se hace evidente desde la primera aparición de Toni, desnuda en una charca del desierto. Por cierto, y aunque la película no insiste en ello, la lección de psicología inversa que recibe Ferdinand para dirigir al burro en esa escena quizá le resultará útil en el futuro para enfrentarse a hombres igual de obstinados pero menos nobles que el animal.
    Ferdinand solo tiene ojos para la condesa porque es su igual: la ambición es su pasión predominante, y ambos triunfarán en lo grande a costa de sus pequeñas derrotas íntimas. En aquellos tiempos ingenuos el cine de Hollywood aún era capaz de mirar con ambivalencia (aunque fuera calculada) a los triunfadores y poderosos, en contraste con el culto indiscriminado al éxito y la auto-ayuda que se ha impuesto después.

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