Amor ciego

El bazar de las sorpresas / The shop around the corner (Ernst Lubitsch, 1940)

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Hay convergencias que no deben ser vistas como retornos o influencias; pero en el caso de Lubitsch, que reconoció que habría vuelto a Alemania a mitad de los años 20 de no ser por la impresión que le produjo Una mujer de París, es difícil no poner en relación The shop around the corner con Luces de la ciudad. La película de Lubitsch no solo vuelve sobre el tema principal de la de Chaplin (el amor ciego e ideal, que aquí se confronta con la relación personal paralela, revelando otras dimensiones), sino también otros motivos menores de aquella (como el del hombre rico tentado por el suicidio, en un entorno de depresión económica).

Desde su mismo título (que hace referencia al espacio en que transcurre la mayor parte de la acción), The shop around the corner se centra en un ámbito cotidiano, muy alejado del lujo y el cinismo en que se desenvuelven las películas más típicas de Lubitsch, evocando otras estampas de la vieja Europa.

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Matuschek (Frank Morgan) es un rico gruñón pero en el fondo bondadoso; una especie de versión ingenua de Mr. Scrooge, ya que la película termina en Navidad, bajo la nieve. Se trata de un empresario sin criterio para dirigir su negocio, cuya buena marcha depende de la claridad de ideas de su vendedor jefe Alfred Kralik (James Stewart), con el que mantiene una relación paternal que está a punto de romperse por sus sospechas edípicas; pero el equilibrio se recuperará al final, acompañado del éxito económico, y reafirmando su vínculo con la familia vicaria que para él constituye el personal de la tienda.

Una incapacidad similar para dirigir su vida demuestra Klara Novak (Margaret Sullavan), otra empleada de Matuschek y Compañía. Quizá por eso es tan frágil como agresiva, y aunque lleva la peor parte (es la última en llegar, y la que tiene siempre menos información sobre el desarrollo de los acontecimientos), posee para lo esencial una intuición de la que carece Alfred Kralik. Él ofrece exteriormente una sensación de aplomo y seguridad en sí mismo pero sus cartas anónimas y su relación con su compañero Pirovitch (Felix Bressart) revelan a una persona muy diferente.

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Pese a la ausencia de príncipes y palacios, la película tiene la textura de un cuento, más tradicional que Lupe de José Rodríguez-Soltero; como esta, transcurre en un mundo autónomo, de modo que la confrontación última con la realidad permanece implícita, y corresponde a cada espectador. Los personajes pueden ser inocentes, pero la película no lo es: sería ingenuo pensar que Lubitsch pretende convencernos de que los empresarios sean en el fondo de su corazón como padres para sus empleados. Y pocas veces el final feliz da una sensación más provisional, menos firme: más allá de los vaivenes y el trasfondo dramático de la acción, basta pensar que esta transcurre en Budapest en 1937, y que la película se estrenó en 1940. La historia del cine establece un punto y seguido entre la peripecia de personas como Klara, Alfred y Matuschek, y la que, bajo otros nombres y circunstancias, relataría poco después Frank Borzage con los mismos intérpretes en The mortal storm, también de 1940; pero esa es otra historia.

Matuschek es proclive a la tentación sentimental contenida en las cajas de música que entonan Ochi Tchornia (Ojos negros), mientras que los demás personajes se burlan de ellas (1). En esta historia de personas sencillas y básicamente honestas, Lubitsch esquiva esa tentación por diversos medios: el contraste que aporta el chico de los recados Pepi (William Tracy), antítesis de toda seriedad y una especie de alter ego del cineasta que evoca su juventud en Berlín; la capacidad de mostrar el lado ridículo del comportamiento humano, asociado a la vanidad y a la necesidad de mantener la coraza con que el yo se defiende frente al mundo exterior; y especialmente gracias a la precisión, clave de su arte, que nunca resulta condescendiente consigo mismo. Igual que Hitchcock, Lubitsch es capaz de mantener la mente fría en los momentos de mayor emoción: así ocurre en la escena en la oficina de correos que empieza con el deambular de los empleados que colocan la correspondencia, y en la que, como ya sabemos, Klara encontrará vacío su casillero, culminando con su rostro prisionero en una celda diminuta.

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La mezcla de atracción y conflicto que une a los protagonistas se muestra de forma análoga a la que utilizó Leo McCarey en Love affair (que más tarde repetiría en An affair to remember), aunque más cerca de ambos, y a su mismo nivel: ellos permanecen opuestos pero adosados, y la cámara los encuadra con la claridad de un diagrama, desde el punto de vista de otros posibles curiosos presentes en el mismo restaurante, recordándonos que somos intrusos en la intimidad de dos personas en situación de equilibrio inestable. Entre Chaplin y McCarey, Lubitsch golpea con virtuosismo su bola blanca, y consigue ecos y resonancias inesperados.


(1) Una burla que se proyecta proféticamente sobre la película dirigida por Nikita Mikhalkov en 1987 que lleva el título de aquella canción rusa.

Fuentes de las imágenes: cabingoat.blogspot.com / ktismatics.wordpress.com / zanjero.de

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6 pensamientos en “Amor ciego

  1. jadsmpa79

    Debió ser uno de los primeros Lubitsch que vi y aún hoy (cuando las hadas han desertado) se me antoja uno de los más felices. En todos los sentidos. Que se toque con Chaplin y McCarey, con Capra y con el Borzage “europeo”, responde a una lógica que va más allá de los argumentos y que tiene que ver con una sensibilidad común frente a los problemas de la gente. A despecho de su americanización, Lubitsch siempre pensaba en clave (centro)europea, los teatros, las tiendas, los bulevares, el viejo mundo que había dejado atrás y que invocaba con secreta nostalgia.

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    1. elpastordelapolvorosa Autor de la entrada

      Sí, aunque es curioso que James Stewart, el perfecto intérprete del “americano medio”, se convierta aquí en el “húngaro medio” sin que cambien más que unos pocos nombres propios. Recuerdo que Lourcelles escribió que es una película tan poco representativa de Lubitsch como “Qué bello es vivir” lo es de Capra. En ambas se ve que nuestras nuestras posesiones y certezas resultan inútiles o ilusorias, y son nuestras carencias lo que nos define como humanos.

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  2. jadsmpa79

    No sé si Lourcelles estuvo muy atinado en esta ocasión. Cuando oigo o leo que una película es “poco representativa” de su director o que, directamente, no lo representa, me entran repentinas dudas, y no precisamente en relación con la película o el director. Por otro lado lado, huelga decir que la “hungaricidad” de “El bazar de las sorpresas” es una “hungaricidad” travestida, para hacerla accesible al público americano y, por extensión, al de otras latitudes. Lubitsch era también maestro del disfraz, cf. la Alemania de “Broken Lullaby”, la Francia de “Trouble in Paradise” o la Polonia de “To be or not to be”, sin que por ello sus ficciones pierdan un ápice de credibilidad. En todos los casos, el lugar deviene convención; lo que importa es la historia y los personajes. Pero siento que estoy diciendo cosas muy obvias.

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  3. elpastordelapolvorosa Autor de la entrada

    Supongo que Lourcelles se refería a que Lubitsch abandona aquí la sofisticación asociada a las clases altas del viejo mundo y se centra en otro medio social diferente; en todo caso, estoy de acuerdo en que las películas “poco representativas” suelen revelar más sobre el punto de vista de sus autores que las “especialidades de la casa”. En el caso de Lubitsch, basta pensar también en “El príncipe estudiante” o en “Broken Lullaby”, que citas; a veces ni siquiera una película completa, un breve chispazo nos traslada a otra perspectiva: el caso más evidente es el pasaje de “Ser o no ser” en el que Felix Bressart declama el monólogo de Shylock.

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  4. Rodrigo Dueñas

    Sí, esta película se aparta de aquello con lo que, abusivamente, se tiende a asociar a Lubitsch: brillantez, cinismo, clases altas. Toca un tema nada glamuroso, el del trabajo (que incluye las tensiones entre los compañeros, la prevención ante los superiores –quienes pueden llegar a ser injustos y tiránicos-, el paro, el miedo a perder un empleo –que no es ninguna maravilla y que apenas da para vivir-, el despido), y sus protagonistas son gente del montón y que viven uno de los romances más amargos que he visto: se desprecian y se atacan con saña mientras comparan al otro con el dechado de perfecciones de su correspondiente corresponsal, su antítesis. Y no saltan a la vista los gags y los “toques” del director como acostumbra en su cine, quizás porque esta es una de las ocasiones en que se centra más (o mejor: aún más) en los personajes, en esos seres humanos peculiares y únicos. Por lo demás la película es un prodigio de construcción, planificación, ritmo, diálogos, modulación de tono y cambios de tono, hecha, ya digo, de forma discreta y secreta (algo propio de los grandes al final de sus carreras). Discretas y secretas son escenas extraordinarias como la del apenas entrevisto intento de suicidio o justo la siguiente, donde, desde el exterior del café, el protagonista descubre paulatinamente la identidad de su amada sin que nosotros nunca lleguemos a verla.

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    1. elpastordelapolvorosa Autor de la entrada

      El desarrollo del cine sonoro y también la experiencia del cineasta hacen que esta sea una película formalmente reposada, que deja tiempo a los actores para expresar todos los matices de la ilusión, la ansiedad, el desengaño y la sorpresa sin necesidad de valorar mediante cambios de plano cada mirada, cada gesto (algo que, por otra parte, Lubitsch hacía como nadie: basta pensar en la escena del hipódromo de “El abanico de Lady Windermere”).
      También, como comentas muy acertadamente, el uso del fuera de campo es aquí más sutil, aunque no menos expresivo, que los célebres juegos de puertas de “Design for living”, etc. Estoy de acuerdo en que esta renuncia a la brillantez demasiado evidente es un signo de estilo tardío: Lubitsch ya no necesita demostrar nada, y puede adaptar sus maneras a esta sencilla historia romántica entreverada con rasgos de “comedia de equivocaciones”, volviendo al espíritu de “El príncipe estudiante” pero ya sin príncipes ni autoridades.

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