Dentro del cristal

Trapline (Ellie Epp, 1976)

luz

Los antiguos pensaban que los lugares tenían sus espíritus protectores, representados en algunas tradiciones bajo figuras de adolescentes: genius loci, domovói, zashiki warashi… El título de la obra de Ellie Epp que hemos podido ver gracias a Cineinfinito presenta la estructura de la propia película (una serie de planos fijos que transcurren con tempo variable, pero en general reposado) como una línea de trampeo concebida para asediar, en un sentido obviamente metafórico, el espíritu de una antigua casa de baños en Londres: un espacio entre el agua y el cielo (este último se hace presente a través del amplio tragaluz de la cubierta); un espacio público concebido para el placer, al que la cineasta se aproxima en un momento de decadencia, preludio de su futura desaparición.

Las imágenes de Trapline raramente muestran presencia humana (esencialmente, niños al borde de la adolescencia), pero la banda de sonido incluye huellas más abundantes de esa presencia, como una figuración poética de lo que queda de las personas que frecuentan un lugar cuando se ausentan de él. Así, la disociación de imagen y sonido añade una dimensión adicional (el tiempo) a la representación de un espacio que se construye de forma predominante a través de imágenes deshabitadas, paisajes interiores: escenas en negro, líneas refractadas sobre las que el agua ondula creando fascinantes ritmos visuales, cabinas, escaleras, reflejos luminosos que palpitan como un corazón humano.

Supongo que todos hemos tenido la experiencia de pararnos a mirar esas ondulaciones y reflejos en el agua, y sin embargo el cine –que ha tendido a privilegiar lo excepcional antes que lo cotidiano– rara vez ha explotado su fascinación; dentro del cine clásico, el ejemplo que primero viene a la cabeza es un momento justamente célebre de Cat people de Jacques Tourneur:

La película de Ellie Epp es como una elongación de la escena de Tourneur; sus colores son tan exquisitos como los matices del blanco y negro fotografiados por Nicholas Musuraca, pero carece de suspense y de un hilo narrativo que mantenga unidas las piezas. Sin embargo, Trapline transmite una sensación de plenitud y placidez, como si participara de la ingravidez de los reflejos y ecos que registra, de la decisión con que un nadador silencioso surca las aguas. Como ocurre en Cat people, hay algo escondido en las imágenes, algo que no se muestra y que constituye su núcleo esencial; pero aquí ese misterio concierne directamente a la autora y al espectador, ya que no existen personajes que hagan de mediadores.

Ellie Epp ha escrito: “Cuando trato de pensar sobre la metáfora, lo que en realidad quiero saber es cómo pensar sobre el hecho de que una parte de lo que soy permanece en la oscuridad”. La metáfora convive con la sinécdoque en Trapline, una película que no incluye ningún plano general de la casa de baños, ni siquiera de la piscina; todas las imágenes son fragmentos de una realidad más amplia, a la que remiten sin mostrarla directamente.

La ausencia de relato convierte el problema de la duración (¿cuándo cortar cada plano?) en una cuestión matemática antes que literaria, en la que la sensibilidad prima sobre el sentido. A este respecto la autora ha dejado escrito estas palabras: “Técnicamente la duración es algo muy particular. Cuando sigues viendo algo que no cambia demasiado te estabilizas en su interior, cambias, te vuelves sensible, cruzas un umbral, algo sucede. Es útil para cualquiera aprender a hacer esto. Es una fuente inagotable de placer y conocimiento. Y sin embargo es frecuente que sea lo más difícil para las personas que no saben que se trata de una convención. Es como si fuera el refinamiento fundamental de los cineastas experimentales. Todos tenemos que aprenderlo. Probablemente todos recordamos en qué película lo aprendimos. Yo lo hice con Hotel Monterey, que Babette Mangolte fotografió para Chantal Akerman. Casi una hora, una lentitud extrema. Allí hice el paso. Fue un éxtasis. En esto consiste: la atención profunda es en sí misma extática.”

reflejo

La película se vuelve hacia sí misma: lo esencial de ella no es el motivo aparente, la descripción de una piscina o una casa de baños. En otro lugar, Ellie Epp ha dicho que viendo Hotel Monterey comprendió lo que quería hacer: la idea de “utilizar una película para diseñar un cambio en la conciencia”.

La atención que reclama Ellie Epp tiene una connotación erótica que resulta claramente perceptible en Trapline, aunque sería inútil tratar de justificar esa percepción; en lugar de ello, prefiero recurrir una vez más a las palabras de la autora, que en este caso se refieren a otra de sus películas, Bright and dark: “describir el erotismo de las mujeres como pasivo implica una estúpida equiparación entre atención y pasividad. La atención profunda es intensamente activa. Recibir una caricia es tan activo como darla –a veces más activo, más lleno de habilidad y de consecuencias. La atención erótica no es un cuenco vacío desde el que el tacto se vierte o en el que se introduce; es más bien como una antena viviente con un millón de fibras que investigan activamente el espacio de una caricia a través de su forma y significado”.

figuras

Todas las citas e imágenes provienen del libro sobre la cineasta editado por Mike Hoolboom, que puede descargarse gratuitamente aquí.

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4 pensamientos en “Dentro del cristal

  1. Roberto Amaba

    Hola, qué tal,

    El otro día leí no sé dónde a uno de los responsables de efectos especiales de “Blade Runner 2049” comentar una cosa sobre el trabajo digital en el rostro de Rachael. La dificultad que les suponía hacer encajar la luz cenital de la escena. Pero, al mismo tiempo, terminaba agradeciendo esa imposición porque generara sombras y reflejos, esto es, emociones para un rostro vacío, doblemente prefabricado. Buena parte de las estancias de la Corporación Wallace jugaban con este efecto del agua.

    Es curioso y tiene que ver con lo que dices muy bien por aquí sobre los hombres y los espacios. El caso de Blade Runner es que esos reflejos que tienden a ser imprevisibles y cambiantes por naturaleza, devienen patrón. Dejan de fascinar. Un telón móvil sobre la piedra o la madera que, si lo pensamos, se convierte en la metáfora perfecta de la dificultad creativa. De crear lo que sea, en este caso un humano. El agua en movimiento, el reflejo replicante que resulta estéril y hasta irritante sin la intervención del azar, de la mutación.

    Un saludo.

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    1. elpastordelapolvorosa Autor de la entrada

      Un buen ejemplo de que la tecnología puede imitarlo todo excepto lo irregular, lo imprevisible, lo vivo. La riqueza puede pagarlo todo menos la emoción. Y sin embargo, “Blade Runner 2049” está por todas partes, mientras que es casi imposible ver “Trapline”.
      Un saludo, y muchas gracias por la aportación.

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  2. jadsmpa79

    Una vez más tú texto sugiere cosas que apetece conocer y que, en mi caso, sugieren una contraimagen de “Deep End” de Skolimowski, vaciada de argumento y de personajes. Creo que en “BR2049”, su director ha hecho lo que ha podido, aunque pasados los meses tengo la sensación de que con menos se podrá haber hecho más.

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    1. elpastordelapolvorosa Autor de la entrada

      Anotada la sugerencia de “Deep End”: una prometedora cita a ciegas, gracias a tu memoria cinéfila.

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