Una barca sobre el océano

Límite (Mário Peixoto, 1931)

arde el mar

Dicen que no se puede trazar el límite entre el “yo” y la sociedad. ¡Qué ingenuidad! Los robinsones se encuentran no solo en las islas desiertas, sino también en las ciudades populosas. Es verdad que no se visten con pieles de animales y no tienen al lado al negro Viernes, por eso nadie los reconoce. Pero Viernes y las pieles son lo menos importante; no son ellos los que convierten a un hombre en Robinson. La soledad, el abandono, un mar inmenso e infinito en el que no se vislumbra una vela en decenios, ¿acaso son pocos nuestros contemporáneos que viven en esas condiciones? ¿Y acaso no son robinsones para los cuales la gente se ha convertido en un recuerdo lejano, difícil de distinguir de los sueños?
Lev Shestov: Apoteosis de lo infundado

Límite ha dejado de ser una película mítica de la que se hablaba sin haberla visto (Sadoul, Glauber Rocha); pero para apreciarla en toda su magnitud es algo más que un lujo verla en pantalla grande, en una sesión como la que le dedicó cineinfinito el pasado 19 de noviembre.

epifita

Esta película, el fruto más exótico de la vanguardia francesa de finales de los años 20, es singular desde su misma inspiración: como una planta epífita, no arraiga en el suelo de la “realidad” (en su sentido más restringido), sino en el tronco de otra planta –en este caso, una fotografía de André Kertesz: la imagen del rostro de una mujer rodeado por las manos esposadas de un hombre, con los puños cerrados. Una variación sobre esta fotografía aparece en el inicio y el final de la película, enmarcando su transcurso.

Podemos intuir cuál es el camino de la mano derecha y el de la izquierda: el matrimonio burgués y el trabajo mecánico en contraposición al ostracismo social y el océano sin límites. Lo que parece claro es que cualquiera de los dos caminos conduce lejos del anhelo de infinito, al menos en la “realidad” objetiva; de ahí la aspiración a crear una nueva realidad (como aquel otro americano en París, Vicente Huidobro), de ver lo nunca visto, en lugar de lo de siempre –en este punto hay que mencionar también al extraordinario director de fotografía, Edgar Brasil.

ojos

En el cine los límites más inmediatos vienen establecidos por el encuadre de cada plano; Peixoto consigue sorprender siempre en este aspecto, y eso que la película tiene ya más de ochenta años. Como ocurre con la música de Debussy, ninguna regla de composición determina lo que vendrá a continuación: geometrías dignas de Rodchenko, barridos que nos llevan a la abstracción, travellings que siguen la línea de los aleros o el dosel de los árboles, o ese plano único en el que el hombre cae misteriosamente junto a los alambres de espino –la cámara parte de su pie y emprende una panorámica ascendente que se pierde en la claridad del cielo, y luego vuelve hacia abajo, hasta encontrar una mano posada en la tierra.

La película de Peixoto es mucho más rica de lo que puede sugerir cualquier comentario sobre ella; puede evocar asociaciones ligadas al espíritu de su época, desde El ángelus de Millet, que tanto obsesionaría a Dalí, hasta la máquina de coser de Lautréamont, pero las desborda porque está desplegada hacia el futuro; vista hoy, hace pensar no solo en esas referencias históricas, o en el Epstein de Finis terrae, sino también en Brakhage o Kiarostami –Shirin aparece prefigurada en la escena que demuestra que la huida de la prisión también puede conseguirse a través de la risa liberadora que proporciona el cine (Chaplin).

Límite carece de tierra firme narrativa: incluso cuando abandona la barca a la deriva para mostrar imágenes de un pasado tan enigmático como el presente, es como si los personajes llevaran ya tanto tiempo mecidos por el vaivén de las olas que hubieran perdido el hábito de caminar sobre la tierra; la película presta mucha atención a dónde ponen sus pies –una atención de la que ellos carecen por entero, cuando caminan por las aceras elevadas de una vieja ciudad colonial, por terrenos embarrados o playas desoladas, o se introducen directamente en el agua quitándose las medias y los calcetines, remangándose el vestido y los pantalones: ¿el amor como un doble suicidio simbólico?

La luz moldea los cuerpos (que se transforman en formas arborescentes, palmeras, postes de luz), da profundidad a los rostros, dibuja oleajes en los cabellos. La película progresa mediante asociaciones visuales, en lugar de someterse a la ley de la causalidad, como si fuera un poema simultaneísta: por ejemplo, las jambas de una puerta, las hojas de un libro o un periódico, las tijeras abiertas y los dos palitos que maneja obsesivamente el hombre de la barca.

Las músicas de Satie, Debussy, Stravinsky y Prokofiev no eran en 1931 tan evidentes como pueden parecer ahora; la peculiar armonía que crean con las imágenes nos recuerda que las películas pueden aspirar legítimamente a la condición de la música como alternativa a la literatura, a la autonomía frente al relato y la palabra, a ser sentidas en lugar de entendidas.

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Fuentes de las imágenes: abcine.org.br / dvdbeaver.com / stellasenra.com / cineinfinito-cineinfinito.blogspot.com

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6 pensamientos en “Una barca sobre el océano

  1. Rodrigo Dueñas

    Este tan sugerente artículo me ha movido a volver a ver “Límite”, a entrar de nuevo en otro mundo, que parece este, pero donde el tiempo es otro. Como en las tres ocasiones anteriores, penetro esperando encontrar el sentido de lo que se me muestra, o al menos a desvelar parte de su misterio… y no lo consigo: al rato constato que no puedo abarcarla y, subyugada y fascinada, mi mente divaga. Y cuando termina, entre la extrañeza y la sorpresa, sé que he de volverla a ver una vez más.

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    1. elpastordelapolvorosa Autor de la entrada

      Gracias, Rodrigo. Tu comentario describe muy bien la experiencia de ver “Límite”. Desde el mismo rótulo del título, la película se presenta como líquida (ya hay demasiadas cosas sólidas en este mundo), y por tanto, inevitablemente, se nos escapa de las manos. Una experiencia parecida es escuchar la música de Debussy (pienso en obras como “La mer” y “Jeux”, y no tanto en el cuarteto, el fauno y “Fetes”, que aparecen en la banda sonora de la película): los acontecimientos sonoros no siguen ninguna regla clásica que guíe la escucha, de modo que es fácil perderse, y al rato ser capaz de escuchar con atención (una atención ligada al puro presente, dejando descansar a la memoria), y así sucesivamente.

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  2. Jesus Cortes

    El gran cine experimental y vanguardista se acaba estos años y con obras como esta asombrosa “Limite”. Luego no ha dejado de haber cosas, pero lo que abundan son las falsificaciones, los fraudes y en todo caso las migajas.

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    1. elpastordelapolvorosa Autor de la entrada

      Hombre, yo no soy un experto en este tipo de cine (ni en ningún otro), pero me parece que la segunda ola de la vanguardia (la que empieza en los años 60 y llega hasta, digamos, los 80) también dejó cosas valiosas; de la misma forma, algunas películas experimentales de los años 20 tienen hoy un interés principalmente histórico. En todo caso estoy de acuerdo en que los años finales del cine mudo fueron, tanto para el cine de vanguardia como para el narrativo, una época dorada difícil de igualar.
      Al margen de la densidad de películas excepcionales, me parece que la diferencia principal radica en que al principio el cine era uno: todos los directores, desde Griffith a Vertov y desde Chaplin a Buñuel, pese a la diversidad de manifiestos y escuelas de los vanguardistas de entonces, formaban parte de la misma corriente principal y se dirigían a un público común (aunque luego su grado de penetración fuera variable); pero a partir de los años 60 la unidad se quiebra y parece díficil acoger bajo un mismo manto a los practicantes del cine posclásico con autores tan dispares como Godard, Huillet-Straub, Akerman, Kubelka, Warhol, Markopoulos o Bill Viola, con independencia de lo que opinemos de sus obras respectivas. Algo parecido ocurre en la música, la fotografía y otras disciplinas.

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  3. jadsmpa79

    Bien vistas muchas cosas, tanto en el acercamiento como en las respuestas. Solo querría añadir que si “Límite” es una película única se debe, entre otras cosas, a que a MP le anima una voluntad de experimentación en la que el experimento no es el fin en sí mismo, como luego sucederá en tantos filmes (auto)colocados bajo esa etiqueta. Respira y transmite libertad, como esa obra de Ravel que oportunamente citas en el encabezamiento. A propósito de Peixoto y de su singular creación, me permito recomendar un excelente documental de Sérgio Machado: “Onde A Terra Acaba” (2002), que quizà todavía circule por la red.

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    1. elpastordelapolvorosa Autor de la entrada

      En Peixoto y sus coetáneos de la primera vanguardia también hay una voluntad deliberada de “film d’art”, así que creo que la diferencia con sus continuadores es menos de actitud individual (siempre habrá motivos para enfrentarse o ir más allá de lo aceptado por la sociedad) que del entorno (la evolución del “mercado del arte”).
      A pesar de sus estrategias publicitarias (el escrito apócrifo de Eisenstein, la invitación de Vinícius de Moraes a Welles para que viera la película), Peixoto murió, aunque mayor, olvidado por casi todo el mundo, y “Límite” estuvo a punto de autodestruirse; por el contrario, muchos vanguardistas posteriores han obtenido un reconocimiento crítico inmediato, por muy minoritario que sea, basado fundamentalmente en sus pretensiones y puntos de partida.
      Gracias por la pista sobre el documental de Sérgio Machado, que todavía anda por ahí.

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