Los amantes de la noche

Édouard et Caroline / Casque d’or (Jacques Becker, 1951-52)

marie-2

Lampedusa dejó escrito que Stendhal, en Rojo y negro, había conseguido resumir una noche de amor en un punto y coma. El equivalente cinematográfico de ese punto y coma podría ser el fundido encadenado, aunque su uso para eludir la representación de relaciones sexuales (prohibida durante la primera parte de la historia del cine) llegaría a convertirse en un tópico.

En Casque d’or, Becker insufló vida en el tópico en la escena en que Manda (Serge Reggiani) acude a una cita anónima en Joinville, y se queda dormido a orillas del Sena (habría que pensar en “la Sena”, porque los ríos son femeninos en francés), entre los árboles y las nubes de Une partie de campagne (1); Marie (Simone Signoret) lo despierta jugueteando con sus orejas y su gorra, y la escena se cierra con un gran primer plano de ella, que él contempla como si aún estuviera soñando; a continuación viene el fundido encadenado, y la situación se invierte: pasamos a un plano medio de Manda, que, con la misma posición, se incorpora en la cama con el torso desnudo y contempla a Marie que duerme. Resulta difícil no pensar en este momento al ver la escena final, en la que Marie permanece despierta, suspendida en las alturas como una Tosca suburbial, durante una larga noche en la que suponemos que tampoco Manda habrá podido dormir en absoluto.

boda

No sabemos cómo habría sido el cine de Jacques Becker si hubiera vivido más tiempo y conocido la nueva liberalidad de los años 60 y 70; un director que, como Murnau (Casque d’or recrea la escena de la boda por personas interpuestas de Amanecer) o Nicholas Ray, situó la intimidad de la pareja en el centro de su cine. Esta voluntad queda clara desde el principio en Édouard et Caroline, una película en la que la cámara se sitúa, siempre que los personajes se miran en él, en el lugar del espejo del salón.

Edouard et Caroline- espejo

En el espejo de la cámara se dibujan con nitidez, la misma que en Casque d’or aunque en este caso bajo la forma de la sátira, las fuerzas sociales que perturban el camino de los amantes. La película se abre con la imagen de una calle llena de transeúntes vista a través de una ventana mientras suena una música romántica de piano; un llamativo movimiento de panorámica nos conduce con decisión al interior de una modesta vivienda, donde descubrimos que la música proviene del piano de Édouard (Daniel Gélin), que ensaya para un concierto que puede significar su consagración social, organizado para esa noche por la familia de su mujer (Anne Vernon, la más perfecta antítesis del espíritu de la pesadez que diagnosticara Nietzsche).

principio

En la última escena, el movimiento de cámara se invierte simétricamente para preservar la intimidad de los amantes, cuya reconciliación viene justo después de una llamada de teléfono que anuncia el triunfo social de Édouard –contra todo pronóstico y gracias a la presencia de un “amigo americano” harto del esnobismo de la alta burguesía francesa; volvemos a escuchar la música de piano, pero ahora, para que él pueda dedicarse a otros menesteres, aparece como música no diegética –no forma parte de la acción, sino de la banda sonora, de la mente de los personajes y los espectadores.

fin

Quizá lo más característico del trabajo de Becker, del que la dirección de actores y actrices forma parte esencial, es la precisión del gesto: aprendió de Renoir que un director debe, ante todo, evitar el tópico, y no solo en las reacciones verbales de los personajes sino también, y especialmente, en sus ademanes y movimientos físicos; Becker supo captar el detalle ridículo en medio de la tragedia y el dramático en medio de la farsa, y sus encuadres, movimientos de cámara o estrategias de montaje también se convierten a veces en gestos, como los trazos con que el dibujante resalta las líneas esenciales para dar la sensación de volumen; para hacer que los personajes se conviertan en personas.

cristal

(1) Poco después, Becker citará la escena de la película de Renoir, en la que trabajó como ayudante, en que los dos amantes escuchan al ruiseñor junto al río.

Fuentes de las imágenes: php88.free.fr / dvdbeaver.com / youtube.com / chroniqueducinephilestakhanoviste.blogspot.com

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11 pensamientos en “Los amantes de la noche

  1. jadsmpa79

    Qué grande Jacques Becker, un director que no peroraba ni teorizaba sobre nada, pero que se volcaba con sus personajes (como Ray, al que aludes certeramente a través del título español de su genial opera prima). Sin duda “Casque d’or” es una de las cumbres del cine, apasionante, reconocible, pero es más difícil apreciar el encanto de “Éduard et Caroline”, por la que personalmente siento gran cariño, lo mismo que por su olvidada actriz protagonista.

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  2. elpastordelapolvorosa Autor de la entrada

    La filmoteca de Cantabria le está dedicando a Becker un estupendo ciclo, del que parece ausente Ali Babá… El cine de Becker plantea un “elogio del amor” bien distinto del de Godard (sobre el que José Andrés acaba de publicar un excelente artículo): no es intelectual sino corporal, centrado en los actores antes que en las ideas; esto solo no lo hace más valioso, pero desde luego tampoco inferior.

    Para mi gusto, “Édouard et Caroline” es la primera obra maestra del estilo humanista de Becker, y supera a las notables “Dernier atout” y “Falbalas” en el modelado de los personajes. Quizá Anne Vernon suena más como la madre de “Los paraguas de Cherburgo”, pero solo esta película de Becker bastaría para recordarla siempre.

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  3. jadsmpa79

    Veo, Javier, que me has cogido al vuelo la alusión a Godard. Ah, yo siento debilidad por “Falbalas”, la mejor película sobre el mundo de la moda… completamente desconocida por quienes se dedican a ella (para mí la mejor de las primeras, por encima de “Goupi mains rouges”). Como supondréis, adoro las dos últimas, tanto la devastadora “Montparnasse 19” como la apasionante (e insuperada en su campo) “Le trou”. “Ali Baba” es una película al servicio de Fernandel, actor al que no trago y al que no le encuentro la menor gracia, da igual quién le dirija o quién le escriba los diálogos.

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    1. elpastordelapolvorosa Autor de la entrada

      De las primeras prefiero “Dernier atout”, que podría verse, teniendo en cuenta sus condiciones de realización, como una sutil fábula política (no siempre el que está con el enemigo es un colaboracionista), pero que se mantiene viva como cine sin necesidad de ninguna defensa de ese tipo. Como escribió Lourcelles, “el autor se toma su trabajo con la mayor seriedad posible, pero se guarda bien de hacer otro tanto consigo mismo”.

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  4. Rodrigo Dueñas

    Becker resplandece por su precisión, claridad y vitalidad a la hora de narrar y de describir a los seres humanos. Como bien dices, de Renoir aprendió el rechazo al cliché y, sobre todo, consecuentemente, la búsqueda de la verdad en los personajes.
    Es uno de los grandes directores franceses, menos valorado y recordado de lo que merece.

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    1. elpastordelapolvorosa Autor de la entrada

      Tienes razón; habría que recomendar todas sus películas a los admiradores de Truffaut, porque ningún otro cineasta influyó tanto en él como Becker. En cuanto a Renoir, su relación con la realidad es más compleja que la de este, y su dirección de actores más libre y atrevida; pero, de nuevo, es imposible saber lo que habría hecho Becker de haber vivido más tiempo.

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  5. Rodrigo Dueñas

    Sí, Renoir es además más diverso, imprevisible e inasible. Vaya, nos encontramos con el peligro de comparar a un grande con un gigante.
    ¿Truffaut seguidor de Becker? Pudiera ser, como lo fue de Renoir, Hitchcock, Rossellini, Lubitsch o de Ophuls. Demasiados directores y demasiado grandes como para pretender seguirles a todos. Algo semejante a Spielberg, que durante buena parte de su carrera ha tenido en mente a Kubrick, Lean, Disney y, sin confesarlo, a Hitchcock y DeMille, y de quienes, sobre todo de los últimos, sólo se ha quedado con los aspectos más secundarios.

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    1. elpastordelapolvorosa Autor de la entrada

      Truffaut tuvo muchos modelos pero pienso que su admiración por los cineastas que citas era más lejana, casi devocional, mientras que en Becker veía a alguien en quien se podía, de alguna manera, reconocer: un cinéfilo antes de la era de la cinefilia militante, un francés que había aprendido el oficio viendo cine americano, y que además tuvo la suerte de encontrarse con Renoir (como le ocurriría también al propio Truffaut en el rodaje de “French Cancan”); me parece que, especialmente en sus comedias y en sus películas de género criminal, la naturalidad y el sentido del ritmo de Becker constituye el modelo al que aspiraba Truffaut, aunque no llegara a rozarlo.

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      1. Rodrigo Dueñas

        Tal como dices, y puestos a tomar uno, Becker debiera haber sido el mejor modelo para Truffaut. Pero el caso es que (según creo yo) sí siguió de cerca, o lo pretendió, a los grandes que he citado, así al menos, respectivamente, en Le dernier metro, La mariée était en noir, L`enfant sauvage, Domicile conjugal y L`histoire d`Adèle H., hechas “a la manera de” con tristes resultados. Para mí el mejor Truffaut es el del comienzo, el de La peau douce y sobre todo el de Les quatre cents coups, el que cuenta lo que ha vivido y lo que siente sin estar pendiente de ningún magisterio.
        Becker también tomó modelos, pero los delimitó: por un lado, Renoir (y, sensatamente, se quedó con sólo uno de los muchos Renoir, el más clásico, el de La grande illusion, La bête humaine y alguna de sus películas americanas), y por otro el cine hollywoodense de aventuras y negro, basado en la economía y agilidad narrativas.

  6. elpastordelapolvorosa Autor de la entrada

    Coincido contigo en la preferencia por “Los cuatrocientos golpes” y “La piel suave”, y en considerar muy fallidas las restantes que citas de Truffaut –que quizá se tomó a sí mismo demasiado en serio a partir de un cierto punto; en esto coincidió con Godard, que, sin embargo, sí acertó a integrar en su cine, de forma creativa y no mimética, la herencia de aquellos grandes cineastas; pero en un ámbito expresivo muy alejado ya de Becker.

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