Lorelei

Niágara (Henry Hathaway, 1953)

marilyn-souvenirs

Si uno quiere ir a lo esencial, escribir sobre Niágara resulta tan difícil como hacerlo sobre cine experimental: no porque la película carezca de “contenido”, sino porque este tiene un interés muy limitado en relación con la belleza de sus imágenes. Quizá porque se mantiene en una especie de segunda división de la mitología hollywoodiense (por su importancia para la carrera de Marilyn Monroe y su combinación de respeto a las convenciones del género negro con un escenario natural y un colorido en las antípodas de aquel), pocos cinéfilos se han esforzado en su recuperación crítica –algo a lo que tampoco ha ayudado el prestigio ambivalente de Henry Hathaway, un cineasta sin carisma de autor.

La película sería más apreciada si la hubiera firmado Hitchcock (1) u otro director de mayor prestigio, pero la labor de Hathaway parece difícil de mejorar, lo que demuestra una vez más, si hiciera falta, la fertilidad del Hollywood de los años 50; en este caso hay que recordar al director de fotografía, el gran Joseph MacDonald, al que corresponde sin duda una parte del mérito –la composición de las imágenes parece mucho más trabajada que otros aspectos de la puesta en escena, como la dirección de actores. El plano inicial de la película nos conduce hasta la imagen del arco iris en las cataratas, a la que sigue una reproducción a escala irónica: el arco iris aparece en miniatura en torno a los surtidores de las fuentes que riegan los parterres en las proximidades del puente internacional “Rainbow Bridge”; luego, toda la película parece teñida con la viveza y la falta de profundidad de los colores del arco celeste.

El núcleo de la trama resulta algo trivial, tanto como lo es la comparación de la pasión destructiva del protagonista con el ímpetu con que el río se desploma en las cataratas; pero esa trivialidad no deja de ilustrar el subconsciente del varón americano de la época, ya que la película narra un caso de lo que ahora llamamos “violencia de género” narrado desde el punto de vista del marido –o de un hipotético abogado defensor. Marilyn Monroe, con su andar ondulante, interpreta el papel de Eva en un paraíso en el que, por desgracia para él, hay más hombres además de Adán; el personaje está visto unilateralmente, desde el punto de vista de Mr. Loomis (Joseph Cotten), e incluso la otra mujer protagonista, Mrs. Cutler, la contempla como una adúltera antes que como una mujer.infidelidad

En contraste con esa pareja descompuesta y atormentada, la película presenta como pareja “normal” a los esposos Cutler (Jean Peters y Max Showalter, quien resulta mucho más antipático que Mr. Loomis). Las “Rainbow Cabins” en que se cruzan sus caminos son uno de esos moteles que poco después recorrería Humbert Humbert con Lolita, en la más feroz parodia de esa América que, tratando de olvidar la guerra, se sume en el sueño de la prosperidad a través del turismo de masas, la publicidad, la música popular; un sueño que solo turba la amenaza de la infidelidad femenina, frente a la que el hombre resulta pequeño y débil.

Ella escogía en el catálogo (mientras yo la acariciaba en el automóvil estacionado en el silencio de un camino misterioso, sazonado por el crepúsculo) algún alojamiento junto a un lago, profusamente recomendado y que ofrecía toda clase de cosas magnificadas por la linterna que deslizaba sobre ellas –vecinos simpáticos, comida rápida entre horas, asados al aire libre–, pero que evocaban en mi mente odiosas visiones de malditos estudiantes de secundaria con las camisas abiertas y mejillas como ascuas apretadas contra Lo, mientras el pobre doctor Humbert, sin abrazar otra cosa que dos rodillas masculinas, enfriaba sus almorranas sobre el césped mojado”.

El trailer de la época compara al personaje de Marilyn Monroe con Lorelei; una criatura de las aguas cuya roca o castillo es, finalmente, la torre del carillón situada en el lado canadiense del “Rainbow Bridge”; el reverso del mito lo encontramos, tras las aproximaciones de Brentano, Heine o Apollinaire, en un poema de Sylvia Plath, que podemos recordar al ver la escena que muestra el silencio de las campanas del carillón: “Pero peor aún / que vuestro canto enloquecedor / es vuestro silencio”. A la mañana siguiente, cuando el empleado abre la puerta del vestíbulo de la torre, resulta impresionante el contraste entre el silencio interior y la agitación de los árboles movidos por el viento.

Pero lo esencial de esta película sin pretensiones culturales, que data de una época en que la fotografía “artística” estaba aún condenada al blanco y negro, es el placer irresistible de las imágenes: Niágara no solo se adelantó a Hitchcock, sino también, y en más de una década, al reflejo de los colores de los Estados Unidos que sacaron a la luz fotógrafos como Stephen Shore o William Eggleston, y muchas de sus composiciones no desmerecen de las de estos.

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(1) Algunas escenas comparten o adelantan tópicos del cine de Hitchcock: la amenaza en espacios abiertos (el ruido de las cascadas convierte las pasarelas en lugares amenazadores a plena luz del día, donde resulta imposible pedir auxilio), o la inutilidad de la policía (aquí manifiesta en la persecución final por el río), por no hablar de la escena en la torre, que parece una premonición de Vértigo.

Fuentes de las imágenes: iletaitunefoislecinema.com / dvdbeaver.com / ferdyonfilms.com / phaidon.com / ojoacromatico.blogspot.com / youtube.com

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5 pensamientos en “Lorelei

  1. Teo Calderón

    En esta ocasión, el trabajo de Henry Hathaway, uno de los más seguros, hábiles, prolíficos, eclécticos y, en ocasiones, inspirados artesanos de aquel Hollywood fenecido, brilló especialmente en este tenso drama resuelto en clave hitchcokiana (sin duda, al maestro Hitch le hubiera gustado filmar este argumento de haber caído en sus manos) y enmarcado en un espectacular y metafórico escenario que cobra casi tanto protagonismo como los personajes.
    No obstante, por encima de todo, debemos suponer que se trataba de conseguir un vehículo diseñado por la Fox para que sirviera de fulminante lanzamiento a la emergente Marilyn Monroe. Y ¡vaya si lo consiguieron! Ella, desde su primera aparición en el film adormilada en la cama bajo una reveladora sábana, luce especialmente bella y sensual y a partir de ahí, la película contiene prolongados planos y movimientos de cámara cuyo único fin no es hacer avanzar dramática­mente la trama, sino mostrarnos en todo su esplendor la exhuberante y liberada carnalidad de Marilyn. En este sentido, la cámara efectúa estratégicas panorámicas y travellings exclusivamente dedicados a su legendaria, esplendorosa y cimbreante popa). Por eso el prolongado climax final al borde de las cataratas, ya sin ella, carece de temperatura pese a lo bien filmado que está.
    Eso sí, la película se cierra con el interesante personaje de la modosita Polly (una espléndida Jean Peters inevitablemente eclipsada por Marilyn) ya a salvo y reinsertada en su conformista normalidad de recién casada, efectuando unas jugosas reflexiones en voz alta.

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    1. elpastordelapolvorosa Autor de la entrada

      La película de Hathaway no solo afianzó el mito de Marilyn Monroe sino también el de las cataratas del Niágara como el lugar perfecto para inaugurar la convivencia matrimonial –o para destruirla, si se sobrepasan ciertos límites; en este sentido, la aventura extramarital de Polly, metafórica e inconsciente pero inequívoca en su presentación en imágenes, advierte con claridad de esos límites.
      La combinación de la explotación sexual que se hace de Marilyn con ese moralismo de fondo no resulta especialmente simpática, pero la película se sostiene, al margen de la sociología, por sus imágenes arrolladoras, testimonio de una edad de oro en que todas las películas americanas eran buenas, y algunas mejor que buenas.
      Un saludo

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    1. elpastordelapolvorosa Autor de la entrada

      Muchas gracias por el comentario. En el cine de Hollywood de los años 50 (por no entrar en otras épocas y lugares) hay tanto que ver, que sorprende que los comentaristas vuelvan siempre a los mismos viejos lugares comunes; algo que no ocurre en tu blog recién iniciado, que me permito recomendar desde aquí a los que aún no lo conozcan: https://ultramontana.wordpress.com/
      Un saludo

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      1. jadsmpa79

        Muchas gracias a ti, anónimo compañero. Siempre he dicho que hay que volver a verlo todo, con nuevos ojos. A ver si entre todos logramos salvar esa especie en vías de extinción que es el espectador de cine. Saludos.

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