Retorno a Moonfleet

Moonfleet (F. Lang, 1955)

poste-indicador

El pasado 24 de febrero la Filmoteca de Cantabria proyectó Moonfleet. No la veía desde hace más de 20 o 25 años, y la experiencia comparativa, si tal cosa es posible, demuestra la vieja tesis de que uno nunca se baña dos veces en el mismo río.

Para un espectador ingenuo como John Mohune, se impone la apariencia de película ingenua de aventuras, con ángel gótico, princesa gitana y cueva de contrabandistas, como una especie de variación apócrifa de La isla del tesoro; todo perfectamente estilizado, sin perjuicio de que en medio de los colores que impone la convención aflora un reflejo de verdad.

john mohune

Para el que piensa en ella con canas cinéfilas, después de haber seguido con perseverancia los ejercicios espirituales de San Serge Daney (la expresión es de Roger Koza) y haberlos encontrado provechosos, otro punto de vista se superpone al recuerdo borroso de la propia película: Moonfleet encarna la metáfora del cine (de las películas que vieron nuestra infancia y que volvemos a ver para recordar cómo fuimos) como un verdadero padre adoptivo, con el que tratamos de llenar una orfandad irreparable.

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En una carta a Daney, Deleuze recordaba la frase de Proust de que el verdadero soñador es el que viaja para verificar algo. ¿Quizá para encontrar la vieja morada en ruinas, el jardín abandonado, sus leones de piedra cubiertos por la maleza? Volver a Moonfleet, más allá del experimento autobiográfico, permite dejar atrás la visión de feligrés beato de las sectas de Cahiers o Mac-Mahon para intentar reconquistar el placer puro del espectador ingenuo, volver a ver con los ojos de John Mohune, aunque uno tenga más bien la edad de Jeremy Fox.

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Al principio, un ángel con ojos de piedra nos recuerda que lo bello no es más que el comienzo de lo terrible que aún podemos soportar. Tras el juego de las presentaciones, el joven John Mohune deberá escapar de la diligencia que lo transporta hacia una educación formal y represiva; y después sostener la mirada vacía del ángel del cementerio para descubrir el pasaje hacia la cueva de los contrabandistas; y, una vez allí, en las entrañas de la tierra, atreverse a mirar a la muerte para encontrar el mapa de su riqueza soñada (el diamante perdido de Barbarroja).

Moonfleet contrapone dos formas de miedo: el irracional del niño, que se siente indestructible a pesar de su fragilidad, pero que irrumpe en las pesadillas, en la soledad de la noche; y el irracional de los adultos, aspirantes a una inmortalidad que su razón sabe imposible. John Mohune queda cautivado de inmediato por Jeremy Fox porque este, como Sigfrido, es una especie de superhombre que no conoce el miedo ni la represión; admira el baile de la gitana como si estuviese solo con ella, como si toda la sociedad que está a su alrededor pudiera desaparecer solo con dejar de mirarla, y se enfrenta con igual indiferencia a la amenaza de la ley (el ahorcado cuyos pies reciben al fugitivo John Mohune en su segunda llegada a Moonfleet, que rima con la imagen de los pies de la bailarina), de los contrabandistas rebeldes, y del despecho de una mujer.

En pocas películas el peso del pasado se hace presente con tanta intensidad, con tan pocos elementos, haciendo recordar las palabras de Freud: “En la vida psíquica nada de lo una vez formado puede desaparecer jamás; todo se conserva de alguna manera y puede volver a surgir en circunstancias favorables”. El acceso a la madurez se asocia a la inmersión en cuevas y pozos subterráneos; a través del inesperado hijo adoptivo al que se resiste a abandonar, el héroe excava sus propios pasajes a través del tiempo y la memoria. Como Sigfrido, tiene un punto de debilidad en forma de chispa de conciencia, de sentimiento, que se descubren después de tanto tiempo enterrados; este descubrimiento lo conducirá a un desenlace que recuerda al de El pirata de Conrad. Moonfleet no narra una historia sentimental: su conclusión es trágica, y muestra que las decisiones movidas por la ética no garantizan, más bien lo contrario, una recompensa feliz.

pozo

Fuentes de las imágenes: dvdbeaver.com / fp.reverso.net / laescueladelosdomingos.com / twofistedfilmgazer.blogspot.com / forum.plan-sequence.com / ganarseunacre.blogspot.com

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2 pensamientos en “Retorno a Moonfleet

  1. Roberto Amaba

    Esta película nunca se acaba. Cuando Granger ya está herido, hay un momento en el que Lang compone el plano con el dándonos la espalda. Vemos la cara del niño y conocemos la herida del padre. El sacrificio congelado. Creo que es una variante del tercero que pones, ahora no estoy seguro. Las ventajas del Scope: poner toda la información a la vista sin que todos puedan verla.

    Un saludo.

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    1. elpastordelapolvorosa Autor de la entrada

      La película de Lang abandona pocas veces el punto de vista de John Mohune; la más significativa es la escena de la fuga y retorno de Fox, que culmina en el plano que comentas; pero nunca entramos en la mente de Fox, en su pasado (ningún flashback), en las razones de su sacrificio.

      En esa mezcla de claridad y misterio radica la fascinación de la película. Serge Daney escribió sobre “Siete mujeres” de Ford: “Si el yo es verdaderamente yo –única y magra certeza en un mundo en el que todo lo demás va a la deriva– un niño es, por definición, el Otro. Perdido, adoptado, encontrado, salvado: un niño es la broma más seria que puede ocurrirle a un hombre”.

      Un saludo

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