Érase una vez…

Amanecer (F. W. Murnau, 1927)

esposa

Érase una vez un intelectual del viejo mundo que escuchó un moderno canto de sirena: un millonario americano lo llamó para que hiciera, en libertad absoluta, una película que fuera además una obra de arte. Abandonó su tierra nativa, cruzó el mar en un barco y … En nuestra época anti-intelectual y descreída, nadie creería que el cuento pudiera tener un final feliz.

vampiro

Amanecer es una película que se resiste a la síntesis crítica: todas las reseñas, y esta no será una excepción, se limitan a la acumulación de elogios –incluso, a veces, algunos reparos; en cuanto al análisis, reclama uno que no sea escrito, que se superponga al curso de las imágenes.

Sería ingenuo acusarla de ingenuidad, pues su verosimilitud no debe buscarse en los detalles de un argumento muy simple, que no es más que el esqueleto de la película, tejido en torno a las ideas del carácter sagrado del amor, la asociación de la infidelidad conyugal y la muerte, la participación de la naturaleza en las pasiones humanas. Eran, claro, otros tiempos, pero Amanecer no nos afecta de una forma nostálgica, no exige la condescendencia con que se admiran, a distancia, los clásicos intocables. Como toda obra que resiste el paso del tiempo, es pensamiento vivo (1); y, por tratarse de cine, pensamiento concreto, aplicado al control del espacio y el tiempo; recogiendo elementos de la pintura, el teatro y la música, pero no reducible a ninguna de esas disciplinas.

Amanecer es como una de esas plantas cuyas raíces no están en la tierra sino en algún recodo de las ramas del árbol de la historia, y cuya hojas reverdecen todas las noches en que la película se proyecta, especialmente si es en una sala pública (como la semana pasada en la Filmoteca de Cantabria).

Pienso que Amanecer tuvo que ser, ya para los espectadores de 1927, una película remota; con una estructura similar, la no menos genial Soledad, dirigida por Paul Fejos en 1928, presenta mucho más empeño en la representación del presente. En Amanecer, la concepción del amor nos retrotrae a Las afinidades electivas de Goethe, al dúo de Pamina y Papageno en el primer acto de La flauta mágica de Mozart (2); su visión de la mujer de ciudad como un ave nocturna de mal agüero podemos situarla hoy entre la evocación de las sirenas de Ulises, el vampiro de Munch y la silueta del pájaro de Twitter.

tentacion

Nosotros, seres de ciudad, vemos a la pareja protagonista igual que los que asisten como testigos a su baile en el Luna Park, tras el episodio cómico de la captura del cerdito borracho huido del puesto de feria: en vez de reír de su simpleza campesina pasada de moda, no podemos evitar la admiración. La idea central del romanticismo es que en el pasado alienta una verdad oculta que el progreso de las cosas nos ha hecho olvidar; la visión de Amanecer nos convierte a todos los amantes del cine, aunque sea por unos días, en románticos sin remedio.

Años más tarde (eran ya otros tiempos) David Hockney dijo que “California tiene las ventajas del campo y las de la ciudad“. El hallazgo de la esposa flotando en el lago es una metáfora: si la película se hubiera hecho en Alemania, habría aparecido probablemente muerta (aunque Erich Pommer impuso un final feliz en El último, Mayer y Murnau se las arreglaron, no ya para hacerlo inverosímil sino para mostrarlo como algo ajeno a la película). Su salvación resulta más profunda, y no quita peso a su muerte imaginada a conciencia, al duelo del hombre, viudo durante unos minutos; el silbido nocturno de la mujer de ciudad obtiene finalmente respuesta a través del grito silencioso de la nodriza, aquí en el papel del ángel de la resurrección.

resurreccion


(1) La expresión es de María Zambrano

(2) Pamina y Papageno, rotas las barreras sociales, cantan juntos:

Alegrémonos del amor,
únicamente por él vivimos.

Su excelsa finalidad es bien clara,
no hay nada más noble que una mujer y un hombre.
El hombre y la mujer, la mujer y el hombre,
alcanzan la esfera de la divinidad.

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