La era del capital

Silver River (Raoul Walsh, 1948)

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Silver River es otra de las mejores películas de ese amplio territorio que se extiende entre los hielos de Alaska y el paisaje mineral del Oeste americano, entre las selvas de Birmania y la jungla urbana del Chicago de la “ley seca”: el cine de Raoul Walsh. Compleja y de ritmo trepidante, la película contribuye al relato épico de la construcción del país, al tiempo que narra una historia individual de ascenso y caída con fuertes resonancias morales; pero nada aquí es genérico y convencional, sino que todo está cuidadosamente caracterizado por medio de detalles que se imponen con la fuerza de lo verdadero.

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Silver River es la última película en que Errol Flynn fue dirigido por Raoul Walsh, y su personaje, Mike McComb, es la perfecta encarnación del emprendedor americano en su versión decimonónica: su carrera empieza quemando un millón de dólares en una heroica acción militar durante la batalla de Gettysburg (acción cuyas consecuencias le revelarán la injusticia con que el mundo recompensa a los héroes ingenuos), y prosigue con su trepidante construcción (cimentada en el robo y el póker) de un gran imperio financiero en la ciudad minera que da nombre a la película, a la que suministra diversión, juego y finalmente liquidez monetaria: como un reflejo invertido del desarrollo histórico del capitalismo.

Si el prólogo de la película termina con la degradación y expulsión de McComb del ejército (1), el clímax de su desarrollo nos lo presenta sacrificando su banco a la quiebra, abandonado por su esposa, y consiguiendo apenas retener el retrato de ella cuando unos testaferros despojan su lujosa mansión de todos sus bienes muebles importados, mientras él comenta: “mejor así, la casa resultará más espaciosa”.

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Ya se sabe que para poder ganar hay que saber perder, y pocos personajes lo hacen como este Mike McComb (2), al que interpreta de forma ideal Errol Flynn (quien vivió una vida de aventurero en la que también se alternaron la gloria y el hundimiento): un héroe de moral ambigua pero inagotable poder de seducción, al que caracteriza su capacidad para mantener el dominio de sí, la frialdad irónica del jugador, y ello incluso en los momentos de mayor tensión, frente a todo tipo de agresiones: desde la del matón que regenta un saloon de campaña justo después del prólogo, hasta las de sus seres más queridos: Georgia Moore (la altiva Ann Sheridan, que vacía contra él una copa de ponche), y el abogado “Platón” Beck (Thomas Mitchell, que llega a agredirlo físicamente cuando ve que su discurso es impotente para despertar la conciencia moral de Mike).

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Otro rasgo característico de McComb es su capacidad estratégica, que siempre le permite adelantarse a las acechanzas de sus enemigos, y que revela su formación militar -algo que lo emparenta con otro aventurero que trata de ganarse la vida después de la Guerra Civil, el que interpreta Clark Gable en The tall men; aunque McComb parece también reunir en su personalidad al personaje de Robert Ryan en aquella película, por su ambición y su capacidad para decidir en qué batallas desea participar y en cuáles no, sopesando probabilidades y riesgos.

Annex - Flynn, Errol (Silver River)_01

Cuando se conocen, McComb y Beck hablan sobre César y Bruto; el desarrollo de su relación los aproximará a esas figuras históricas, y también a las del rey David y el profeta Natán (Gibbon y Shakespeare se unen así a la Biblia entre las referencias que maneja la película); pero el desenlace hace una finta, de modo que Errol Flynn acabará convertido en… Marco Antonio. No es una sorpresa, porque la escena final en que McComb arrastra a las masas para vencer a sus enemigos enlaza con la que, justo después del prólogo de la película, muestra cómo convence a un batallón de soldados para que asalten el saloon cuyo dueño lo ha humillado.

Las referencias bíblicas no se agotan en la referencia al rey David: una escena anterior, en la que McComb, acompañado de Beck, delimita visualmente sus dominios recuerda a las tentaciones de Jesucristo en el desierto; pero aquí la ausencia de agentes tentadores externos revela que la desmesura reside en el interior del mismo protagonista; en paralelo a esta secuencia se sitúa otra posterior, en la que McComb y Georgia conversan sobre una imagen en transparencia que muestra la amplitud del valle: la evidente falsedad del decorado insinúa la futilidad de los dominios terrenales.

Annex - Flynn, Errol (Silver River)_02

He citado solo algunos ejemplos, pero toda la película está construida mediante la repetición significativa de gestos y escenas: así, los discursos del personaje de Thomas Mitchell, que evoluciona desde el ámbito de la moral al de la política; los momentos en que McComb lo recoge y tiende sobre una mesa (derrumbado primero por el alcohol y luego por la mafia de mineros locales); los diversos enfrentamientos de McComb con su adversario Sweenie (en el barco, en el saloon de Silver River, en el desenlace).

El estilo invisible de Raoul Walsh (fiel a una tradición como la de Hollywood, en la que nada debía interponerse entre el espectador y el relato) se permite algunas excepciones notorias (algo que también se aprecia en otras películas suyas, siempre bajo el signo de la rapidez): me refiero a algunos reencuadres muy rápidos y llamativos, como el que vemos cuando McComb le dice a Mr. Moore, en la clausura de la escena en que ambos se conocen, que dé recuerdos a su esposa; o el que se centra en esta última cuando McComb parte con unos hombres de la mina a buscar a su marido en el territorio indio de Black Rock.

La obligatoria trama amorosa tiene un peso secundario en esta película, en la que el deseo sexual aparece visto de forma ambivalente: si al principio revela la cara más oscura del egoísmo del protagonista (como un nuevo rey David, desde el punto de vista de Beck), en último término es una fuerza redentora, la única capaz de oponerse al individualismo, a la voluntad de ganar siempre por encima de cualquier otra consideración.

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Vista en la Filmoteca de Cantabria el 12 de febrero de 2016


(1) Una imagen que muestra sólo su torso sin cabeza, en la que vemos cómo unas manos despersonalizadas arrancan las insignias y botones de su uniforme. Justo después, McComb le dice a su abogado militar que no siente amargura sino agradecimiento por la lección recibida: “No seguí sus reglas, así que me expulsaron. Pero a partir de ahora las seguiré, salvo que serán mis propias reglas. En otras palabras, si tiene que haber alguien que expulse, seré yo quien lo haga la próxima vez.

(2) Un perfecto exponente de la moral estoica que condensa Si, el célebre poema de Kipling:

Si es que puedes soñar
sin que el sueño te arrastre;
si, pudiendo pensar,
no haces tu fin pensar;
si haces frente al Triunfo
y al Desastre
tratándoles, traidores,
por igual.

(Traducción de Juan Ignacio de Laíz Molina, en: Clásicos de la lengua inglesa en traducción. Antología poética. Universidad de Extremadura. Cáceres, 2000.)

Fuentes de las imágenes: forum.westernmovies.fr / shangols.canalblog.com / sensesofcinema.com / doctormacro.com

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