El mundo es una ventana

Sayat Nova (Sergei Paradjnanov, 1968)

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La semana pasada se proyectó en la Filmoteca de Cantabria, en la sesión del cine-club de los sábados, una versión de Sayat Nova restaurada por la Cineteca de Bolonia y la Film Foundation de Scorsese, distribuida en España por Capricci Cine. Frente a la edición soviética que se había visto hasta ahora, esta suprime la división artificial en capítulos y restaura algunos cortes: quizá lo más importante es que la película que hundió y consagró a Sergei Paradjanov recupere actualidad, y pueda verse en algunas pantallas de cine. Soy consciente de que esta reseña podrá contribuir poco o nada a la difusión de esta película excepcional, sin antecedentes ni consecuentes, pero al menos puede servir como muestra de gratitud.

Es un tópico decir que una película no se parece a ninguna otra, pero esta vez es verdad: Sayat Nova se podría comparar con una iglesia románica o un retablo medieval antes que con el resto de las películas: parece como si su amor por el pasado hubiera secuestrado a Paradjanov de su propia época, como si ignorara toda la historia del cine hasta convertirse en el contemporáneo de Muybridge o Meliés.

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Todo es relativo, y de la misma forma que Sayat-Nova, el personaje histórico, prolonga los modos de la poesía medieval en pleno Siglo de las Luces (europeas), Paradjanov evoca el pasado asiático de Armenia, refinado y brutal a un tiempo, con las herramientas de un primitivo: cámara inmóvil, mirada frontal, simetría obsesiva, representación naïf (más atenta a transmitir visiones o epifanías que a la idea de narración). De hecho, el mecanismo formal de la película parece el más idóneo para traducir un verso del último poema de Sayat-Nova, que aparece citado en ella: “El mundo es una ventana”.

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Pero el carácter remoto y, al decir de los comentaristas (desde Serge Daney, que la consagró para las miradas occidentales), casi extraterrestre de esta película tiene raíces más profundas, en la medida en que da la espalda al logos, al pensamiento abstracto: lo que falta en ella no son únicamente los recursos del lenguaje cinematográfico que forjaron Griffith, Chaplin, Eisenstein y sus herederos, sino la síntesis racional de las sensaciones puras, la idea, por ejemplo, de que exista un sujeto y tenga continuidad a lo largo de una vida.

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Así, Sayat-Nova está encarnado por diferentes actores, entre ellos una mujer (Sofiko Chiaureli), que es al mismo tiempo él y su amada. En este mundo anterior a la lógica, no hay masculino ni femenino. El protagonista podría ser Sayat-Nova, Sergei Paradjanov o cualquiera de nosotros: el pseudo-relato de su vida se inicia con las palabras del Génesis sobre la creación del mundo y del hombre, que recomienza con cada nuevo ser; la historia no existe y el yo no es centro de nada, no es más que un simple lugar atravesado por imágenes.

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Esas imágenes no son simples y directas, sino que están elaboradas para que la vista y el oído (la banda de sonido es aquí tan importante como la visual) puedan captar las sensaciones que el cine no puede entregar directamente: la humedad que nos hace conscientes de los huesos, el viento (que es una sensación física pero también invoca el espíritu del conocimiento, haciendo pasar las páginas de los libros), la soledad del niño que se refugia en el tejado de una iglesia (una imagen que vuelve en el momento de la muerte), el calor de un cuerpo sobre el que se desliza agua, jabón o leche, el rezumar de las uvas bajo los pies recién lavados, la dulzura de las granadas que comen unos monjes, el rumor del mar encerrado en una caracola, el tacto de la seda y los tejidos preciosos.

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Sayat Nova no es una película sobre un poeta, sino sobre la poesía: hermética en algunos momentos, y en otros directa y evidente. No hay que pensar que su comprensión requiera un profundo conocimiento de las peripecias de Sayat-Nova o de la cultura armenia, ni caer en la tentación de buscar significados esotéricos en todos sus signos. Por ejemplo, la imagen de unas ovejas que llenan una iglesia en el episodio de las invasiones persas (que nos recuerda como cinéfilos al final de El ángel exterminador, de Buñuel) podría tener un valor literal: si me permitís la anécdota personal, y sin necesidad de remontarnos al siglo XVIII, en un viaje que hicimos hace tres años a la provincia de Kars pudimos ver cómo las iglesias medievales armenias que ahora están en territorio turco son utilizadas por los campesinos anatolios como habitáculos para sus ocas y sus cabras. (Dicho esto, no creo que mi admiración por esta película tenga que ver con la nostalgia cultural del turista).

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Sayat Nova es estática y repetitiva: hasta los caballos caminan en ella a cámara lenta. Si la vena folclórica de Paradjanov pudo convencer a los populistas jerarcas soviéticos hasta el punto de permitirle, no sin dificultades y censuras, preparar y rodar esta película, es comprensible que su negación del tiempo como abstracción, su total ignorancia de la noción de progreso, terminara por indignarlos como una herejía. Recordemos cómo expresa la película el paso del tiempo: el niño se esconde simplemente detrás del adolescente (Sofiko Chiaureli), después de entregarle la kamancha (el instrumento musical que caracterizará al poeta-trovador); cuando el poeta entra en el monasterio, se quita su vestido de fuego y lo cambia por uno negro, en una imagen extrañamente plana, sin perspectiva, ante la fachada de una iglesia: pasamos así del mundo abigarrado de las mil y una noches al blanco y negro del ascetismo cristiano (Armenia se convirtió al cristianismo en el año 301, y se ha aferrado a esta religión como seña de identidad frente a los ataques de turcos, persas y soviéticos).

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Paradjanov, como el fotógrafo checo Miroslav Tichy, tiene algo de clochard; su estética desordenada es la del coleccionista de objetos que se convierten en mágicos: un coral rojo como la miniatura de un árbol, una caracola nacarada como metáfora de un pecho, astas de ciervo, pedrerías, alfombras, plumas de pavo real.

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También, por qué no, podemos encontrarle parentesco espiritual con las formas del teatro preconizadas por Antonin Artaud: “No ha quedado demostrado, ni mucho menos, que el lenguaje de las palabras sea el mejor posible. Y parece que, en el escenario (la pantalla), que es, ante todo, un espacio que llenar, y un lugar en el que algo ocurre, el lenguaje de las palabras debe ceder la primacía al lenguaje de los signos, cuyas apariencias objetivas nos impresionan de un modo más inmediato.” (1)

Quizá Sayat Nova no logra mantener el nivel del arranque, y tiene algunas caídas en su desarrollo; en el balance final, el sentimiento que transmite es, no obstante su sensualidad, de tristeza: coronas de espinas, truchas que se agitan fuera del agua, las entrañas de los corderos sacrificados que caen en grandes platos metálicos igual que al principio lo hacían las telas recién teñidas de azur, rosa y púrpura, los tejidos que envuelven a los muertos como crisálidas, el sonido balsámico del duduk, la asociación del puñal con la dulzura de la granada, o el pan relleno de tierra que entrega al poeta el ángel de la muerte, ciego y vestido con una casaca roja cubierta de extrañas condecoraciones.

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El mundo es una ventana
Estoy cansado de tantas ventanas
El que mira a través de ellas está herido
Estoy cansado de tantas ventanas
Ayer era mejor que hoy
Estoy cansado de mañanas. (2)

La música es otra de las señas de identidad de la cultura armenia. Para quien tenga curiosidad por el sonido del kamancha, incluyo aquí una versión instrumental de un poema de Sayat-Nova dirigido al rey de Georgia antes de su exilio, en el que afirma (como podría hacerlo el cineasta) que su arte “es de una escritura diferente”. (3)

(1) Antonin Artaud: El teatro y su doble. Edhasa. Barcelona, 1999.

(2) Agop J. Hacikyan, Gabriel Basmajian, Edward S. Franchuk, Nourhan Ouzounian: The Heritage of Armenian Literature: From the sixth to the eighteenth century. Wayne State University Press, 2002.

(3) Esprit d’Arménie. Héspèrion XXI. Jordi Savall. Alia Vox, 2012.

Fuentes de las imágenes: worldscinema.org / dvdclassik.com / deadpassarita.blogspot.com theguardian.com / americansuburbx.com

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