Amar sin comprender

Como un torrente (Vincente Minnelli, 1958)

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Dave: – ¿Te ha gustado? (…)
Ginnie: – Sí, me ha gustado muchísimo (…)
Dave: – Pero, ¿qué es lo que te ha gustado?
Ginnie: – Todo.
Dave: – ¿Por ejemplo?
Ginnie: – Los personajes.
Dave: – Bien, pero ¿qué personaje?
Ginnie: – Todos.

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Si uno fuera capaz de un amor tan puro como el de Ginnie, el personaje interpretado en la película por Shirley MacLaine, aquí terminaría esta reseña. Espero no invocar la confusión mental de su contrafigura, la intelectual Gwen French (Martha Hyer), si añado algún comentario más.

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Como un torrente es, en primer lugar, un retrato detallista y cruel de una sociedad hipócrita, en la que las pequeñas virtudes, y la ocultación de los vicios, han reemplazado a la verdadera moral. También es testimonio de una época en la que el cine americano tenía aún capacidad de autocrítica: temas como el alcoholismo, la posición de la mujer, la represión sexual y el cultivo de las apariencias se abordan aquí con tremenda claridad.

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El protagonista Dave Hirsh, interpretado por Frank Sinatra, vuelve después de la Segunda Guerra Mundial a su ciudad de provincias en el medio Oeste, Parkman: desengañado, alcohólico y sincero, su irrupción pone en cuestión la vida de escaparate, envuelta en las columnas jónicas de su mansión y en el ambiente autosatisfecho del club de la alta sociedad que frecuentan, de su hermano rico Frank (Arthur Kennedy), de su mujer Agnes (Leora Dana) y su hija Dawn (Betty Lou Keim), así como el amigo de la familia, el profesor French (Larry Gates) y su hija Gwen…

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… y también la vida cómoda y agridulce, tan autocomplaciente como autodestructiva, envuelta en humo, cartas y alcohol, del tahúr Bama (Dean Martin).

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Para todos ellos, su llegada recuerda a la del misterioso “ángel” interpretado por Terence Stamp en Teorema de Pasolini (1968).

Confieso que no conozco bien la figura de Minnelli: ignoro cuáles eran sus ideas y no sabría medir cuánto de la película proviene de él o de fuentes ajenas (el novelón de James Jones, la influencia de Frank Sinatra y Dean Martin, o el peso leonino de la MGM), pero no me parece una cuestión decisiva para decidir sobre la calidad de Como un torrente.

Lo que vemos, si verdaderamente miramos (aunque un análisis riguroso exigiría varias revisiones), va mucho más allá de la ilustración suntuosa de un contenido predeterminado. La acusación de decorativismo que se le ha hecho a veces me parece descaminada: en la concepción de Minnelli (como en la de Hitchcock o Antonioni, aunque en un sentido muy distinto al de estos) los objetos son tan importantes como el guión o los actores, porque crean una narrativa subterránea que sugiere lo que no puede expresarse con palabras, o refuerza lo que, dicho con palabras, resultaría trivial o vago.

Esa narración hecha de objetos y escenarios repetidos apunta, si se prolongan sus líneas hasta el punto de fuga, a una posición ética inequívoca, que está más allá del servicio a una historia y a unos personajes.

Así, por ejemplo, el hallazgo de la habitación de la casa de los French que reúne las funciones de cocina y biblioteca evidencia la posición de equilibrio inestable del personaje de Gwen: en su primera visita, Dave (Sinatra) está encuadrado sobre un fondo de libros, mientras que los contraplanos de ella la muestran sobre los utensilios de cocina; podría pensarse en una crítica fácil de la mujer intelectual, pero el juicio que la película hace del personaje es más complejo, menos unilateral.

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Gwen es capaz de comprender las flaquezas de los escritores clásicos franceses (su apellido es tal vez irónico), pero no las de Dave, ni desde luego las suyas propias (procedentes de su entorno social y sustentadas en su elevada idea de sí misma). En la ruptura de ambos, cuando Dave sale de cuadro aparece la cama de ella, virginal y rodeada de alas blancas. En el epílogo final en el cementerio, su aparición es respondida poco después por la imagen de un ángel de piedra.

Otro ejemplo de refuerzo es la presencia, en el despacho del hermano rico de Dave, Frank (Arthur Kennedy), de dos pequeños cuadros con los retratos de su mujer y su hija: sus imágenes contemplan fijamente los tres estadios del adulterio de Frank: la negación inicial, el inicio de la seducción y la revelación final de Dave. En la moral de los habitantes de Parkman, todo está permitido si se mantiene oculto; lo prohibido es todo aquello que los demás pueden criticar. Pero la película muestra que nada permanece oculto: las paredes tienen ojos, literalmente.

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La relación del jugador Bama con las mujeres se expresa no sólo en su reacción frente al compromiso de Dave, sino también en la imagen de una lámpara sostenida por una figura de mujer con una falda giratoria que tiene en su casa.

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En medio de este mundo cerrado, banal y férreamente masculino, el verdadero ángel no es Dave, sino Ginnie: el único personaje que ve claro desde el principio porque es capaz de amar sin comprender, sin tenerlo todo controlado.

Como un torrente no se reduce a la crítica social: es también un torrente de emociones, y resulta imposible no emocionarse en escenas como la de la seducción de Gwen en el cenador (cuando ella se suelta literalmente el pelo, que lleva siempre recogido en un peinado muy similar al de Dawn, la sobrina idealizada de Dave):

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… la de la conversación de Ginnie y Gwen en el instituto, que contrapone dos formas de amor y, por extensión, dos formas de vida; y toda la escena posterior en la casa de Bama, en la que Dave cambia repentinamente su forma de mirar a Ginnie.

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Otros objetos como el almohadón que Dave regala a Ginnie, o el sombrero del propio Bama, puntúan este relato paralelo.

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La gran escena final en las ferias me parece ahora, recién vuelta a ver la película (además en pantalla grande, como regalo navideño de la Filmoteca de Cantabria), quizá la más bella del cine americano clásico (1). En ella el azar o el destino reúne a todos los personajes para un desenlace que, como contrapunto de la sobriedad y el lento discurrir que hasta aquí ha tenido la película, está rodado como un musical, en un estilo desatado y operístico, lleno de movimiento y color.

El cine fue para Estados Unidos lo que la ópera para los italianos un siglo antes, y Ginnie se nos aparece finalmente como una hermana de Gilda (de Rigoletto) o Liù (de Turandot): la mujer nacida en una clase social inferior accede, por la intensidad de sus sentimientos, por su ausencia de vanidad ligada a la opinión ajena, a la condición de víctima trágica. La caracterización de Shirley MacLaine había tendido hasta entonces a resaltar la vulgaridad del personaje, que chapoteaba en torno a Dave como una especie de patito feo. Por contraste, y antes del gesto de homenaje del epílogo, la escena culmina en la composición, filmada desde distintos puntos de vista, de una pietà profana, en la que ya sólo se muestra su belleza: la muerte la transforma en cisne.

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(1) O quizá habría que decir “manierista”, de acuerdo con la clasificación de J. González Requena.

Fuentes de las imágenes: dvdbeaver.com / lasothemovies.com / elegant-age.blogspot.com / giphy.com / lookatthesegems.com

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4 pensamientos en “Amar sin comprender

    1. elpastordelapolvorosa Autor de la entrada

      Dos formas de expresión que supieron ser populares sin dejar de ser artísticas…
      Muchas gracias por el comentario, Sergio.

      Responder
  1. Sergio Sánchez

    Y ya que lo dices, habiendo sido populares ahora son contempladas (por quienes sean que encarnen lo popular) como formas de expresión intelectuales. O han perdido ese favor popular o cierta intelectualidad se ha adueñado de ellas.

    Responder
    1. elpastordelapolvorosa Autor de la entrada

      Estoy de acuerdo. Iba a contestar que el concepto de lo popular se ha rebajado, pero me corrijo. Quizá sea más correcto decir que la cultura se ha estratificado de forma muy compleja: donde antes sólo había dos o tres niveles (lo extremadamente elitista, lo popular sin pretensiones, y el territorio intermedio del que hablábamos), ahora se pueden encontrar decenas, que luchan por encontrar su espacio y auto-afirmarse de forma excluyente como las únicas formas válidas de cultura… De ahí viene, me parece, el desprecio por la “alta” cultura, tan característico de buena parte de la cultura que hoy se pretende popular.

      Responder

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