Invitación al viaje

El tigre de Esnapur / La tumba india (Fritz Lang, 1959)

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Como Coleridge después de soñar con Kublai Khan, en El tigre de Esnapur y La tumba india Fritz Lang erigió un palacio en el aire: un gigante con pies de barro, en el que toma cuerpo una dualidad presente desde la misma concepción en dos partes de la película: el palacio radiante entre el sol y el agua, las oscuras cavernas subterráneas.

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Esta fue la anteúltima película de Fritz Lang, producida en Alemania y rodada en Berlín y Rajastán, tras sus años de exilio californiano; su rigurosa estructura (Lang era, como su héroe en esta historia, arquitecto), basada en paralelismos que funcionan a modo de premoniciones y leitmotivs, crea una sensación de orden y necesidad en la sucesión de los acontecimientos, como si formaran parte de una gigantesca maquinaria, de una invención similar a la de Morel en el relato de Bioy Casares. Daré unos ejemplos, a riesgo de resultar aburrido para los que no tengan reciente la película (y quizá aún más para los que sí).

La escena inicial de El tigre de Esnapur muestra al héroe Harald, sentado junto a la muralla de una pequeña población del norte de la India: observa a los locales, y le llama la atención un niño con un perro. Tras un peculiar toque de queda, vuelve sus pasos hacia el interior del pueblo, donde protagoniza su primera acción caballeresca cuando acude en auxilio de una mujer que es molestada por unos soldados, a los que pone fuera de juego con una técnica digna de un personaje de cómic: ella resulta ser Baharani, la criada de Seetha (Debra Paget), quien se le presenta poco después, casi como una aparición sagrada a través de un hueco en la pared del patio de su pensión, para darle las gracias. Esta primera conversación de ambos se ve interrumpida por la narración rápida y sintética de cómo el tigre de Esnapur acaba con el niño del comienzo, que se había alejado por las estrechas calles del pueblo en busca de su perro perdido.

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Ese episodio (que los protagonistas no presencian, aunque sí presienten) prefigura la escena del ataque del tigre a la propia Seetha, en su camino hacia el maharajá de Esnapur escoltada por Harald -que encarna a un moderno y exótico Tristán: la lucha entre este y el tigre (que tendrá su repetición al final de la primera parte) es interpretada por ella como la lucha entre dos tigres. A su vez, esta visión adelanta el motivo central de la película: el enfrentamiento por la mujer de dos hombres de gran fuerza, tanto material como psíquica. Paralelamente, la imagen del maharajá Chandra alimentando a los tigres en sus jaulas alude (como queda claro en el resumen que abre La tumba india) a su relación con su hermano Ramigani, su cuñado Padhu y los sacerdotes -tigres ellos también, encerrados en sus prisiones cortesanas.

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Los bailes de Seetha forman el núcleo de las dos películas: justo antes del que tiene lugar en la primera parte, el montaje paralelo nos muestra a Chandra subiendo las escaleras en el exterior del templo, y a Harald que asciende otras escaleras en los subterráneos: la mujer (Seetha es casi la única que aparece en la trama, junto a su doncella Baharani y a Irene, la hermana de Harald) es el objeto que impulsa a los hombres a superarse.

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La primera imagen de Seetha hospedada en las estancias del palacio de Udaipur (que parecen salidas de un escenario de las mil y una noches) nos la muestra, en una metáfora naíf y transparente, con expresión triste junto a un pájaro encerrado en una jaula dorada. Pero la película va más allá: el monarca, que en esos momentos de toma de contacto pretende dar una imagen liberal de sí mismo a su amada, abre la puerta al pájaro, que escapa volando. El motivo se retoma más adelante (el pájaro volverá a la jaula, y terminará muriendo en ella), pero me interesa resaltar otro paralelismo: Chandra muestra otro ser antitético cuando, hacia el final de la primera parte, hace perseguir a Harald por los subterráneos hasta encerrarlo (una puerta de barrotes que cae) en la jaula de los tigres.

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La película de Lang se inserta en la remota tradición del folletín popular que enlaza, en los años de su producción, con la edad de plata del cómic americano; podría ser una de las fuentes de esa parte del cine contemporáneo que se resume en el nombre de Tarantino. La diferencia, esencial, radica en el punto de vista: Lang se enfrenta a su añejo guión sin ninguna distancia; asume todas las ingenuidades y convenciones con el gesto impasible de un jugador de póquer, sin ninguna pose de superioridad, incredulidad o humor.

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Popular sin rastro de sentimentalismo, pero destinada a la incomprensión de buena parte de la crítica y el público por su aparente ingenuidad pasada de moda, sus personajes bidimensionales trazados con colores simples, su ausencia total de profundidad y dobleces intelectuales, El tigre de Esnapur / La tumba india es, a pesar o gracias a todo ello, una suerte de enciclopedia de la historia del cine: Harald dispara al sol como hará Belmondo el año siguiente en Au bout de souffle de Godard, y poco después los amantes fugitivos se dan la mano en lo que parece ser su último aliento, como en Duelo al sol o Colorado Territory: en el mundo de los sueños, no sólo se vive una vez. Aquí conviven los seriales del mudo y (como ha apuntado Miguel Marías -cuya presentación de la película el pasado viernes en la Filmoteca de Cantabria me perdí, por desgracia) el sentido del espectáculo de Cecil B. de Mille, las películas de aventuras en technicolor de los años 40, y la estructura laberíntica de los filmes de Jacques Rivette.

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El surrealismo fue el primer movimiento que reivindicó determinadas formas del arte popular (incluido el cine) como poseedoras, por su propia simplicidad, de una potencia onírica superior a la de los productos más elevados de la cultura racional burguesa: esta potencia es perceptible en El tigre de Esnapur y La tumba india, que aparecen pobladas por magos y eremitas, por figuras animales de resonancias míticas (tigres y cocodrilos, la cobra, la araña, los caballos); quizá la imagen más turbadora es la de los leprosos que tratan de tocar a Harald e Irene, y a través de ellos a nuestro inconsciente.

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Un proceso similar al de los surrealistas siguieron los críticos franceses que escribían en Cahiers du cinéma: ellos fijaron un canon que sigue siendo en gran medida el nuestro, y que reivindicó los géneros populares del cine americano, desdeñando otras películas de pretendida profundidad. Lang forma parte de su panteón de hombres ilustres, encaramado por sus obras menos ambiciosas desde el punto de vista cultural: no tanto Furia o Nibelungos, sino Rancho Notorius o La gardenia azul.

El tigre de Esnapur y La tumba india recrea, con trazas de fábula, un oriente preciso y onírico: como en el poema de Baudelaire cuyo título he utilizado para esta reseña, todo allá es orden y belleza, y desde luego lujo y voluptuosidad, aunque la calma sólo aparece ocasionalmente. Lugar de extremos contrastes, escenario del poder más absoluto y de la suprema renuncia, oriente se define como polo de oposición y fascinación para los europeos. Para ello la película recurre al motivo clásico de la mujer mestiza, escindida entre una madre india y un padre europeo (que sólo se nombran, porque ningún personaje tiene aquí, de forma presencial, padre ni madre: todos son huérfanos que parecen haber sido arrojados a un mundo lleno de pasiones y peligros, como el niño con el perro del inicio). En una expeditiva sesión de psicoanálisis junto a un estanque, Harald hace recordar a Seetha la canción irlandesa que su padre le cantaba cuando era una niña (en un intento de que renuncie a su parte hindú, que la atrae hacia su futuro rival, Chandra).

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Ese proceso puede verse también como una imagen del protagonizado por el propio Fritz Lang, que recupera en esta película una parte de su antiguo ser, el guionista y director de seriales en la Alemania de los años 20; y una imagen también del espectador (ideal) al que está dirigida, que vuelve a ser, por encima de los años y las experiencias, un niño: no en el sentido de la imposible inocencia, sino en el de la crueldad y la fascinación por la carne y la sangre, por los animales salvajes, por la belleza que siempre reside lejos; un ser espontáneo cuyas reacciones son anteriores a todo cálculo y se imponen bajo el único signo del placer.

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Fuentes de las imágenes:
– dvdbeaver.com
– jonathanrosenbaum.net
– mubi.com
– bostonrepfilm.wordpress.com
– truequemental.blogspot.com

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2 pensamientos en “Invitación al viaje

    1. elpastordelapolvorosa Autor de la entrada

      Desde el punto de vista de la belleza visual me parece, sí, la cumbre de Lang, así que verla en sala es una suerte y un privilegio, que debemos a la Filmoteca de Cantabria (donde veo la mayor parte de las películas que comento aquí). Gracias por el comentario.

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