Cortejando a la libertad

La marsellesa (Jean Renoir, 1938)

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Las películas que dirigió Renoir en los años 30 escenifican la unión entre miembros de distintas clases sociales, siguiendo la llamada programática a la unidad del Frente Popular. En una obra como La marsellesa, esa unión no forma parte de la trama, por razones obvias, pero sí del punto de vista de la narración: la misma o mayor importancia tienen aquí algunos anónimos participantes del batallón de Marsella que el rey Luis XVI y María Antonieta; mientras que Marat o Robespierre aparecen meramente citados. De la misma forma, los elevados actores de la Comédie Française y la soprano operística Irène Joachim se mezclan con los cómicos de estilo popular como Carette o Modot.

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El rey (cuyo retrato empieza en la caricatura pero acaba tomando profundidad, hasta acabar en un final emocionante) está interpretado por Pierre Renoir, el hermano del director; mas se diría que el inconsciente de este se siente menos unido a esa familia “real” que a la de su elección -la del pueblo, simbolizado en la pareja de ciudadanos marselleses Arnaud y Bomier. En la despedida final de ambos, Adieu, mon frère, se encuentra la verdadera mirada fraternal de Jean Renoir.

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Más tarde Arnaud compara la búsqueda revolucionaria de la libertad con el juego de la seducción de una mujer, a la que aún no se posee como amante pero que ya es consciente del deseo que despierta. La película destaca por su capacidad para expresar ideas abstractas mediante este tipo de formulaciones concretas, y también por su atención a los detalles de realidad cotidiana que se filtran entre los sucesos de la “gran historia”, desde la referencia a la estación y técnica de caza de los mirlos al inicio, hasta la discusión de los marselleses en París, que ven cómo se agotan sus víveres, sobre el valor gastronómico de las patatas.

En esa discusión, el dictamen final lo realiza el pintor revolucionario Javal (en quien acaso, más que en ninguna otra de las criaturas, se encarna la voz del autor), enrolado entre los partisanos marselleses de la primera hora (que toman la fortaleza de If -en la que estuvo encerrado el Conde de Montecristo, en la novela de Dumas), y que justifica su retraso en el alistamiento posterior para la marcha a París relatando que había estado en Avignon, haciendo un gran cuadro histórico sobre la muerte de César por Bruto, en el que aparecían 1500 ciudadanos, “cada uno de ellos claramente reconocible”: no cabe mejor metáfora para expresar las pretensiones y logros de esta película de protagonista colectivo, didáctica y dramática, refinada y popular, que concede voz a todos los bandos y un rostro concreto a todos sus miembros.

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No puedo terminar sin un reparo: el encanto indiscutible de La marsellesa pertenece a otra época que ya no es la nuestra. Su visión de la revolución peca de ingenua, al obviar sus elementos negativos e irracionales: el periodo del terror resulta inexplicable a partir de ella.

Fuentes de las imágenes:

– dvdbeaver.com
– dvdclassik.com
– commons.wikimedia.org

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