¿Qué fue de Sylvia Bataille?

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Ya que la actriz Sylvia Bataille ha aparecido en los dos últimos post, he aquí una pequeña contribución a su recuerdo (con algo de cotilleo cultural). Quizá por el hecho de que no desarrolló una “carrera” en el sentido estricto de la palabra, seguir su pista aquí y allá resulta especialmente fascinante.

De soltera Maklès, hija de emigrantes rumanos de origen judío, Sylvia se casó en 1928 con el apóstol de la transgresión Georges Bataille (al que, la verdad, resulta difícil imaginar como marido; tal vez por eso la pareja se separó en 1934, aunque no se divorciarían hasta 1946). Sylvia Maklès ha relatado que se conocieron en una exposición de pintura: Bataille era amigo del pintor surrealista André Masson y su novia (que no era otra que Rose Maklès, la hermana de Sylvia, seis años mayor que ella); entonces Sylvia estaba aún en el instituto; tenía 16 años. Más tarde, uno de los numerosos días en que ella hacía novillos, lo encontró en los alrededores de la estación Saint-Lazare. Él dijo: “¿no me reconoce? Soy amigo de su hermana”. Ella respondió: “Ah sí, ya le recuerdo”. Y así empezó todo.1

Por la época de su matrimonio, cuatro años después de aquel encuentro (y uno antes del estreno de Un perro andaluz de Buñuel y Dalí, que se inicia con la célebre imagen del ojo rasgado), Georges Bataille publicaba con nombre falso un relato pornográfico que contiene estas palabras:

Me extendí sobre la hierba, con el cráneo apoyado en una gran piedra plana y los ojos abiertos a la Vía Láctea, extraño boquete de esperma astral y de orina celeste, que atravesaba la bóveda craneana formada por el círculo de las constelaciones; esta rajadura abierta en la cima del cielo y compuesta aparentemente de vapores de amoníaco, brillantes a causa de la inmensidad, en el espacio vacío, se desgarraba absurdamente como un canto de gallo en medio del silencio total; era un huevo, un ojo reventado o mi propio cráneo deslumbrado y pesadamente pegado a la piedra proyectando hacia el infinito imágenes simétricas (…) A muchos el universo les parece honrado; las gentes honestas tienen los ojos castrados. Por eso temen la obscenidad. No sienten ninguna angustia cuando oyen el grito del gallo ni cuando se pasean bajo un cielo estrellado. Cuando se entregan “a los placeres de la carne”, lo hacen a condición de que sean insípidos.

(Historia del ojo: traducción de Margo Glantz)

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En 1935 Sylvia Bataille posó en los Écrins para la fotógrafa surrealista Denise Bellon. En esta imagen, la modelo oculta con el brazo la ingenuidad de sus ojos: así resplandece, como una llama fría, la rotundidad simétrica de su torso, cuya desnudez acentúa el grueso cinturón de su pantalón de esquiadora. La imagen es tan bella como misteriosa: tiene la sencillez de lo inexplicable que se impone como evidente, y trae a la memoria la serie de La buena fama (1938-39) del mexicano Manuel Álvarez Bravo.

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Un año después, en 1936, se produjo su encuentro con Jean Renoir, que le ha dado la inmortalidad como efímera actriz (aunque hizo otras películas con directores como Carné, al que despreciaba como persona, y Feyder). Con Renoir rodó El crimen de Monsieur Lange y, ya en el papel protagonista de Henriette, Une partie de campagne: el cineasta escogió para ella este relato de Maupassant porque intuyó que “algunas cosas irían bien con su voz”2.

Durante la accidentada filmación Sylvia Bataille discutió con Renoir, que había abandonado el rodaje, dejando la película inacabada; aunque finalizada la guerra, y tras su estreno en 1946 (diez años después) se reconciliaron, ella siguió viendo a Renoir como un burgués vergonzante que ansiaba convertirse en proletario, y no soportaba esa faceta suya; pero también reconocía que era un director muy muy muy grande, con quien el trabajo se convertía en placer, y que era capaz de extraer y sacar a la luz lo que un actor encerraba en su interior3.

Algunos críticos han señalado que, en la imagen de esta película que he copiado más arriba, Sylvia Bataille mira a cámara. Quizá es cierto que el ángulo de su mirada no respeta las reglas establecidas para que el espectador olvide el artificio que son las películas, pero, al igual que ocurrirá posteriormente con la mirada a cámara de Harriet Andersson en Un verano con Mónica de Ingmar Bergman, aunque de una forma aún más sutil, la teórica mirada al espectador se convierte en una mirada dirigida hacia el interior del personaje: se diría que Henriette ve, en ese momento, toda su vida ante sí, como la tradición popular imagina para los que están a punto de morir. De este modo, y de forma insospechada, enlazamos de alguna manera con la obscenidad de Georges Bataille, cuyo poder perturbador radica, según Susan Sontag4, en que el objeto de su obra no es en realidad el placer o el sexo, sino la muerte.

No obstante, cualquier contacto es superficial, porque son obras que pertenecen a mundos estéticos diversos: la de Renoir al de la belleza clásica y el placer; mientras que la de Bataille pertenece al territorio de lo sublime romántico, del goce (según la distinción de Lacan).

Por cierto, Georges Bataille aparece en Une partie de campagne como extra: es uno de los seminaristas que se detienen extasiados al ver a Henriette en el columpio, en concreto el situado más a la derecha, con la cabeza ladeada (el que está a su lado es un joven Henri Cartier-Bresson).

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Tras su separación de Bataille, en 1938 o 1939 Sylvia se convirtió en amante del mismo Jacques Lacan, el pensador tan brillante como hermético que refundó el psicoanálisis moderno, con quien se casaría en 1953. Lacan no simpatizaba (por decirlo suavemente) con los actores, y su actitud determinó seguramente el hecho de que Sylvia decidiera, no sin pesar, abandonar su profesión. Su carrera en todo caso se había interrumpido por las circunstancias: su condición de judía en la Francia ocupada por los nazis supuso un primer impasse; también el hecho de que su primera película como protagonista tardara diez años en estrenarse, y ello gracias a la insistencia de su productor, Pierre Braunberger, y a que el negativo fue salvado milagrosamente por Henri Langlois (después de que los alemanes destruyeron la primera copia).

Dos años después de casarse, los Lacan adquirieron en París el cuadro pornográfico El origen del mundo que Gustave Courbet pintó en 1866 (y que, por comparación, hace parecer a la escandalosa Olympia de Manet, tres años anterior, como una pintura para niños, un placer insípido de los que hablaba Bataille). Para preservar su carácter secreto y su fuerza subversiva, decidieron mantener la tradición de sus anteriores propietarios (entre los que figuran un diplomático turco enfermo de sífilis y un noble húngaro cuya colección de arte fue robada por los nazis y recuperada por los soviéticos) de ocultar el lienzo detrás de otra pintura -que sólo se retiraba ritualmente para los más allegados: Sylvia encargó este marco deslizante a su cuñado, André Masson, quien pintó un paisaje denominado Terre érotique que sigue las curvas del desnudo. En esta página pueden verse la tapa y el interior:

http://www.lacan.com/courbet.htm#

Sylvia Lacan fue la última particular que poseyó el cuadro. Tras su muerte en 1993, sus herederos donaron el cuadro al Estado francés para pagar el impuesto de sucesiones, y desde entonces se ha convertido en una de las imágenes emblemáticas, que aún sigue causando asombro a pesar de su inusitada difusión, del Museo de Orsay.

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Por los testimonios que nos han llegado de ella y la evidencia de las personas que compartieron su vida, Sylvia Maklès o Bataille o Lacan fue una mujer extremadamente inteligente, y quizá no es casual que en su breve carrera como actriz participara en la escena más bella del cine de Renoir (una opinión que él mismo le trasladó a ella tras su reconciliación). En todo caso, la mayor parte de su talento lo reservó para su vida, donde no podemos más que atisbarlo entre los intersticios del tiempo pasado; a través de las huellas que las cámaras captaron de su cuerpo y su voz, que nos devuelven un eco de las nieves de antaño por las que preguntaba el poeta.


Notas:

1  Jamer Hunt: Abscense to presence. The life history of Sylvia [Bataille] Lacan (tesis doctoral). Universidad de Rice. Houston, 1995. Disponible en internet: e.edu/bitstream/handle/1911/16832/9610654.PDF?sequence=1
Los argumentos centrales de la tesis (que confieso haber leído en diagonal) no me convencen, pero contiene información interesante, en especial una entrevista con la propia Sylvia Batalle.

2 Jean Renoir: Entretiens et propos (Jean Narboni, ed.). Éditions de l’étoile/Cahiers du Cinéma. París, 1979. Citado en el anterior.

3 Jamer Hunt: op. cit.

4 Susan Sontag: La imaginación pornográfica, en Estilos radicales. Taurus. Madrid, 1997.

Fuentes de las imágenes: weekendpants.tumblr.com / lesmaitresfous.blogspot.com / cinematheque.fr

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2 pensamientos en “¿Qué fue de Sylvia Bataille?

  1. jadsmpa79

    Aunque luego siguió actuando, y nos la encontramos por ejemplo en la versión francesa de “The Cheat”, rodada por L’Herbier, siempre he pensado en esta actriz como intérprete de una sola película, tal vez por reflejo con su compatriota Marie Falconetti, la “desaparecida” del cine por antonomasia. No sé cuánto tiene esta impresión de subjetivo. Tal vez lo que eran únicos eran los filmes de Dreyer y Renoir, y la imagen de Sylvia se adhirió a la textura de este último, integrándose para siempre en su memoria. Gracias a tu texto sabemos que hubo vida más allá de “Une partie de campagne”.

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  2. elpastordelapolvorosa Autor de la entrada

    El pasado miércoles, en el curso que imparte en la filmoteca de Cantabria, Paulino Viota recordaba la fugaz aparición de Cécile Sorel en “Las perlas de la corona” de Sacha Guitry, testimonio de una actriz y de un estilo interpretativo que, de no ser por esa breve escena, solo se recordaría en los libros de historia.
    En el cine francés hay otros muchos ejemplos fascinantes de actores y actrices “de una sola película”, y el mismo ejercicio podría hacerse con muchos de los “modelos” de Bresson… pero me gusta que hayas recordado precisamente a Falconetti, que podría formar con Sylvia Bataille una especie de díptico de amor sagrado y amor profano.

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