Misterioso objeto al mediodía

El río (Jean Renoir, 1951)

Captura de pantalla 2013-11-28 a las 18.01.28Este comentario comparte título con una película asiática que no he visto y con uno de los blogs más interesantes que se escriben sobre cine en castellano: lo traigo porque me parece que describe bien la cualidad a un tiempo luminosa y enigmática de esta película.

Si en una reseña anterior sobre M escribí que Fritz Lang es como el fiscal de la humanidad, Jean Renoir sería nuestro abogado defensor. Podemos dudar sobre la vigencia de su visión humanista en nuestro mundo desencantado, pero no negar su belleza, como la de una fruta pintada cuyo volumen y apariencia evoca el dulzor de su carne.

El río narra acontecimientos simples (transcurre en esa franja de la vida en la que la infancia empieza a dar paso a la madurez), pero ello no implica que sea una película simple; muestra comportamientos ridículos y embarazosos, pero lo hace con un pudor que deja la puerta abierta a una expresividad que, en su tramo final, se convierte en emoción sublimada.

Esa franja entre la infancia y la madurez se describe en la película como amplia e indefinida, por el hecho de que en el retrato de los adultos aflora, indudablemente, una parte infantil: los hombres no expresan ningún poder, aunque lo posean, y destacan ante todo por sus carencias (el padre ha perdido un ojo, el capitán John una pierna, y Mr. John a su esposa). El monólogo final de este último (interpretado, o vivido, por Arthur Shields, al que recordamos como el menudo pastor protestante de El hombre tranquilo) lo deja perfectamente claro.

arthur shields

Las mujeres (la madre, la niñera Nan) parecen vivir en una suerte de prolongación melancólica de la adolescencia, y sólo se diferencian de las tres jóvenes protagonistas por su ausencia de conflictos interiores; puesto que ya han asumido la dirección de su vida.

Con Nan

En cuanto a las tres adolescentes, cada una de ellas aparece unida a una música y unos colores que reflejan su personalidad profunda más allá de las contradicciones propias de la edad.

Captura de pantalla 2013-11-28 a las 18.03.51

Melanie, el personaje escindido entre su doble condición de inglesa e india, está representada por los brillantes colores primarios (amarillo, rojo) de los saris y la música indolente y oscura del sitar, metáfora de su (aún vacilante) elección vital. Este personaje es, por cierto, muy similar al que interpretaría Ava Gardner en una película posterior de George Cukor titulada Cruce de destinos.

Valerie por el naranja (el color de su pelo), o el verde, su complementario, y por la música de vals (¿Chaikovski?) que suena en la fiesta en que conoce al capitán John.

Harriet por el azul de su rincón secreto, que anticipa el del río en su huida final, y por el aura poética de las Escenas infantiles de Schumann (que toca al piano su hermana pequeña).

Renoir no mira a ninguno de sus personajes (niños o adultos) desde arriba; cuando su visión se eleva por encima, siempre parte de ellos y los integra (como podemos ver en los escasos planos con movimiento de grúa: el que muestra la higuera sagrada junto al muro de la propiedad de la familia protagonista, y la imagen final, en la que la negación del paso del tiempo enlaza con la imagen del río en la distancia).

Aun sin saber nada de sus métodos de rodaje ni de sus cualidades personales, la mera contemplación de El río nos persuade de que su director no era un tirano perfeccionista, alguien empeñado en acomodar hasta el último detalle de las cosas a su visión personal. Renoir no pertenece a la estirpe de los directores formalistas, los que llevan ya todo pensado al rodaje, Lang, Eisenstein o Hitchcock: como un director de orquesta de la vieja escuela, él sólo cuida lo esencial y, en el resto, deja hacer a sus músicos, permitiendo que asome el azar y la imperfección de lo vivo.

final

Recordando la frase de Marx (Groucho) sobre el dinero: “hay cosas mucho mejores, pero cuestan tanto”, podríamos decir que para Renoir había cosas mucho mejores que el cine, pero que éste le servía para convivir con ellas durante los ensayos y el rodaje, para poseerlas, de alguna manera, a través de su mirada, retenida en el celuloide. Esta actitud es quizá el principal punto en común con la pintura de su padre -un tópico sobre el que no querría extenderme.

El río transcurre en un mediodía sereno pero no exento de sombras, con una fluidez que parece reclamar la comparación musical. Su transparencia esconde un misterio, como el del río que oculta su profundidad reflejando el cielo, o el de la danza que toma forma a través del cuerpo de la bailarina:

Captura de pantalla 2013-11-28 a las 18.06.22

O body swayed to music, O brightening glance,
How can we know the dancer from the dance?

(Yeats: Among school children)

Fuentes de las imágenes:

  • dvdbeaver.com
  • moviemail.com
  • divxclasico.com
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