Puntos de vista

El sábado pasado visitamos en Bilbao una exposición dedicada al colectivo Guerrilla Girls (sobre el que podéis encontrar más información en: http://www.guerrillagirls.com; y sobre la exposición en: http://www.alhondigabilbao.com). Después vimos, en la filmoteca de Santander, Mud (película escrita y dirigida por Jeff Nichols en 2012, una de las más premiadas y alabadas del año). Este comentario nace de la confluencia de ambas experiencias.

half the picture

Las Guerrilla Girls son un grupo de artistas anónimas que se unieron en Nueva York en 1985 para, a través de pintadas y carteles, denunciar que, pese a todos los discursos igualitarios, la realidad de la dominación masculina y blanca continúa vigente en el mundo del arte, en Estados Unidos y aún más en Europa.

Confieso que el activismo y el arte comprometido no son mi género preferido, pero las “intervenciones” de estas mujeres divierten al tiempo que nos enfrentan con algunas evidencias incómodas. En contraste con las variedades lloriqueantes o rencorosas de la denuncia, ellas utilizan como arma la ironía (un recurso que asociamos más con la clase dominante que con los oprimidos). Aunque el grupo original se escindió en tres en el año 2000, y sus nuevos avatares están algo en entredicho por su deriva comercial, los blancos a los que apuntan siguen vigentes.

fascinacion

Vista en este contexto, Mud es una película que pone en escena un imaginario masculino: narra la fascinación de un adolescente por un héroe al margen de la ley que, a lo largo de la trama, se revela como un ser detenido en la adolescencia. Simétricamente, el adolescente da sus primeros pasos como héroe.

En el mundo que refleja la película, un niño se convierte en hombre cuando se da cuenta de que la dureza de la vida reclama que llegue a ser un héroe.

¿Qué es un héroe? En el mundo que refleja la película, es un hombre que sabe distinguir lo justo de lo injusto (más allá de la ceguera abstracta de la ley), y que es capaz de administrar la justicia por su propia mano.

El héroe es casi autosuficiente (aunque a veces necesite un poco de ayuda, que él sabe cómo ganarse) y vive en comunión con la naturaleza, al margen de la sociedad, de su corrupción y sus leyes: unas leyes y un orden que hacen desaparecer las viviendas flotantes sobre el río, que se alían con los cazadores de recompensas peores que Belcebú, que alejan a los padres de sus hijos cuando llega el divorcio.

¿Qué papel juegan las mujeres en la vida de un héroe? Son objetos de fascinación a los que sólo se puede mirar desde fuera, pero que, como un tatuaje indeleble, nunca te abandonan: rubias e incomprensibles, bellas y libres como los pájaros que vuelan sobre el río.

El primer enamoramiento va unido a la mordedura (ya sea real o legendaria) de la serpiente, que supone la expulsión del Edén de la infancia. Esta expulsión simbólica se superpone, en la película, al abandono de la vida en la naturaleza, de la casa sobre el río.

La enseñanza que parece transmitir Mud es que un padre heroico, real o simbólico, siempre es preferible a una mujer: él nunca te dejará tirado cuando realmente lo necesites. Las mujeres pretenden ser tratadas como princesas, cambian de idea con la misma facilidad que de novio, quieren hablar en vez de afrontar lo inevitable: que no aman vivir en una casa flotante sobre el río sino que prefieren un chalet en una urbanización próxima al Walmart. El drama es que el héroe no puede renunciar a la mujer, a la idea del amor absoluto con la que intenta llenar el vacío de amor que sintió en su adolescencia.

Como decía Nietzsche, “amamos la vida, no porque estemos habituados a vivir, sino porque estamos habituados a amar”.

Jeff Nichols

Jeff Nichols

Mud arranca con un encanto novelesco propio de tiempos pasados, pero su desarrollo malogra parte de sus sugerencias: teje demasiados hilos, y al mismo tiempo demasiado pocos. Curiosamente, para transcurrir en el sur de Estados Unidos, no aparece ningún negro. Quienes comparan la película con Huckleberry Finn olvidan el hecho de que aquí no hay ningún Jim. Este es un mundo de hombres blancos, en el que sólo hay lugar para referencias legendarias a las tradiciones de los Cherokee.

Al margen de las cuestiones de género y raza (que podrían ser anecdóticas si la película estuviera lograda), el problema es que la figura de Mud carece finalmente de ambigüedad: a diferencia de John Silver en La isla del tesoro, de Jeremy Fox en Los contrabandistas de Moonfleet, el personaje desborda positividad. Sus rasgos negativos no menguan su estatura heroica; sus flaquezas (la impulsividad, la violencia, la predisposición a contar la leyenda cuando es más bella que la realidad) no lo ponen en cuestión, sino que aumentan su capacidad de fascinación.

Si se objeta que la película está narrada desde el punto de vista de un muchacho adolescente, hay que recordar que esto no es estrictamente así: cuando al narrador le interesa, no se resiste a distanciarse del punto de vista de Ellis para mostrarnos el encuentro de Mud y Tom en la isla, la llegada al motel del personaje de King (Ellis sigue el consejo de Mud y no se acerca a él), o el desenlace que mantiene viva la leyenda del héroe.

La película refleja la idealización romántica con que los hombres miran a las mujeres, pero lo hace de forma sentimental e idealizada: ya que renuncia a mostrar el daño que les produce a ellas esa mirada (1). Aquí quien golpea a Juniper no es Mud, sino otros hombres. De esa forma, parece que es la mujer la que no está a la altura de la visión ideal que el hombre tiene de ella: la película asume el punto de vista del hombre sin ninguna ambigüedad ni autocrítica; cuenta una leyenda dirigida a hombres, que acaso la encuentren más bella que la realidad.

Al final tenemos la sensación de que hemos visto sólo una mitad del cuadro. Ante el éxito y la masiva aceptación de la película entre los círculos de amantes del cine (no se trata de una película comercial en el sentido más mayoritario del término), no podemos evitar acordamos de las Guerrilla Girls.
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Esto nos lleva a importantes problemas: ¿quién decide qué películas se pueden hacer, y cuáles pueden verse? (me refiero a la decisión de que tengan la opción de llegar a su público potencial). Esta pregunta está englobada en otra más amplia que, implícitamente, plantean las Guerrilla Girls: ¿quiénes deciden lo que es arte y lo que no lo es?

Su lucha no sólo afecta a la justicia social y la igualdad de oportunidades, sino que trata de ampliar el campo de visión, dar entrada a otros puntos de vista -que necesitan de nosotros tanto como nosotros, los espectadores, necesitamos de ellos. Sólo hubo una Emily Dickinson: la creatividad necesita ser vista y apreciada para convertirse en acto, como las plantas necesitan tierra, agua y luz. Que exista o no una combinación adecuada de estos elementos, y no otro tipo de predestinación o don intrínseco, es lo que determina la existencia del bosque o del desierto.

Nuestros gustos no son inocentes. ¿Podemos imaginar una película parcialmente fallida como es, a mi juicio, Mud, que tuviera un punto de vista femenino unilateral? ¿No sería ridiculizada con superioridad por los críticos, no se hablaría de sensiblería o resentimiento, en lugar de autenticidad o poesía?

No pienso que exista una conspiración mundial de productores y críticos, de comisarios y galeristas, pero sí que el número de personas que tienen capacidad de decisión en estos ámbitos es muy inferior al de sus potenciales espectadores. Hoy que está en el orden del día quejarse de lo alejados de la realidad que están nuestros representantes políticos, deberíamos reflexionar sobre la hipótesis de que nuestra sociedad, abierta en otros campos, esté delegando en estos intermediarios un poder excesivo.


Notas

1 No se trata de ser feminista. Hitchcock no tenía nada de feminista pero, como dice Paulino Viota, su enfoque de la cuestión en películas como Vértigo o Marnie resulta mucho más honesto y ajustado.

Procedencia de las imágenes: http://www.guerrillagirls.com / imdb.com

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